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    El 9 de septiembre de 1973, el secretario general del Partido Socialista, senador Carlos Altamirano, daba un discurso en el estadio Chile, al cual muchos sectores golpistas apuntarían posteriormente como uno de los “grandes motivos” para que las Fuerzas Armadas “se decidieran a actuar” contra el gobierno de Salvador Allende.

    La historia al respecto señala que “ese domingo 9 de septiembre concluía el pleno del PS reunido ese fin de semana, en el que participan los miembros del Comité Central, los 36 secretarios regionales y los 32 parlamentarios. La comisión política encomienda el discurso de cierre al secretario general, sobre quien recae -en ese momento crucial- la responsabilidad de definir el tono y contenido en un contexto particularmente difícil”.

    El relato corresponde al trabajo del profesor Jorge Magasich, en su libro “Los que dijeron NO”, historia de los marinos antigolpistas de 1973, que investiga a este grupo de uniformados constitucionalistas y partidarios de Allende que desarrollaron un plan para detener el golpe de Estado, siendo detectados, neutralizados y brutalmente torturados en agosto de 1973.

    Y es que, justamente, la asonada golpista llegó en momentos que la coyuntura política estaba centrada en la ofensiva de la Armada contra Carlos Altamirano, Miguel Enríquez, líder del MIR, y Oscar Guillermo Garretón, del MAPU, a quienes se acusaba de “infiltrar la Marina con elementos subversivos”. De hecho, la vista de la petición de desafuero de Altamirano y Garretón -por sedición-, estaba programada para el martes 11 de septiembre en los tribunales de Valparaíso.

    A todos ellos se les acusaba de promover la subversión en la Armada, cuando lo que verdaderamente hicieron fue reunirse con los marinos constitucionalistas, escuchar sus denuncias de los planes golpistas de la oficialidad, y proponer un plan para hacer frente al golpe que se venía.

    En ese contexto, el discurso de Altamirano del 9 de septiembre “asume que la defensa de los marinos se transforma en quizás la última reivindicación de la base del gobierno”, según apunta el profesor Magasich en su libro: “Durante los últimos días de democracia hay signos de preparación de una campaña de envergadura contra las torturas. Hacia el 6 de septiembre, el director de la escuela de teatro de la Universidad de Chile, Marcos Portnoy, es contactado por otros profesores de izquierda de la universidad para constituir un comité para alertar a la opinión pública sobre las torturas en la Armada”, señala la investigación.

    En el mismo libro, Magasich entrega la versión de Altamirano: “En 1973, él se opone a organizar una manifestación masiva, pues están en una situación sin salida; si el discurso es débil y desmovilizador, liquidan la capacidad de negociación y precipitan el golpe; si el discurso es combativo, pueden echar más leña a la hoguera. Pero la comisión política del PS resuelve realizar el acto”.

    Así, ineludiblemente, Altamirano deberá referirse a la situación de los marinos antigolpistas, torturados y detenidos en esos momentos en Valparaíso, lo que significa ponerse directamente en confrontación con la Armada.

    Continúa el relato en “Los que dijeron NO”: “Al mediodía del 9 de septiembre el Estadio Chile está repleto de una muchedumbre socialista que grita ¡crear, crear, poder popular!, y clama por medidas contra el golpe inminente. En el discurso, Altamirano desarrolla su argumentación: la oposición no quiere una salida democrática sino una con vehemencia criminal, busca la guerra civil y para ello ha montado una gigantesca empresa publicitaria y de terrorismo”.

    Y en mitad del discurso, el tema espinudo: “Se me acusa de haber asistido a reuniones con marineros y suboficiales: la verdad es que concurrí a una reunión a la cual fui invitado para escuchar las denuncias de un suboficial y de algunos marineros, en contra de actos subversivos perpetrados presuntamente por oficiales de esa institución armada. ¡Y concurriré todas las veces que se me invite para denunciar cualquier acto en contra del gobierno legítimo y constitucional”, afirmó Altamirano en esa ocasión.

    La historiografía conservadora construyó este discurso de Altamirano como el detonador del golpe, y hasta hoy, algunos le asignan el rol de culpable absoluto: no olvidemos que el historiador de derecha, Gonzalo Vial, dedicó, en septiembre de 2003, cinco artículos en La Segunda alegando que el Golpe “lo provocó el discurso de Altamirano”, apunta el libro del profesor Magasich. Por ello, enseguida, el mismo volumen entrega la brillante respuesta de Altamirano, respecto a su famoso discurso:

    “Por cierto, las reuniones subversivas eran las mías y no las del alto mando de la Marina. Por cierto, eran subversivas las reuniones de quienes defendían al gobierno legítimo, y eran patrióticas las de quienes atentaban día a día, hora a hora, contra las instituciones. En alguna oportunidad todos, absolutamente todos los altos mandos de las Fuerzas Armadas han reconocido su participación en el golpe. Pero al parecer estos reconocimientos carecen de importancia”.

    “Qué terrible y fascinante al mismo tiempo es la capacidad de la vieja clase dominante chilena para transformar su verdad en sentido común. El asesinato del general Schneider, el asesinato del comandante Araya, el putsh de Souper, los mil actos terroristas, la participación defendada de Estados Unidos, la provocación constante, la invocación obsesiva al caos económico y diez mil hechos más de esa naturaleza no valen nada. Lo que sí es definitorio es un discurso, y que este discurso haya sido dicho por Altamirano Orrego. Esto se transforma, por arte de magia, en el problema central y único. Y con ello, todo lo demás, crímenes, terrorismo, invitación descarada a la subversión, pasa a segundo plano y se pierde en la noche de los tiempos”.

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