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    Una vez instalado en el poder tras el Golpe de Estado, varios opositores políticos atormentaban al dictador Augusto Pinochet. Miguel Enríquez (clandestino en Chile), Carlos Altamirano y Orlando Letelier (exiliados), eran algunos de los nombres que para Pinochet y su círculo cercano, podían poner seriamente en peligro la legitimidad de la Dictadura, tanto en el frente interno como el exterior.

    Pero, ya transcurridos varios meses desde la insurrección del 11 de septiembre, otra figura comenzó a emerger hasta adquirir características que resultaron “inaceptables” para Pinochet. Se trataba del general Carlos Prats, quien esperaba en Argentina el pasaporte chileno para viajar a Europa y dedicarse a hacer clases.

    La relación de Pinochet con su antiguo maestro aparece magistralmente consignada en el libro “La secreta vida literaria de Augusto Pinochet”, de Juan Cristóbal Peña. Allí, se señala que el general Prats estaba advertido del plan de asesinato en su contra, a través de Carlos Altamirano.

    “Carlos Prats sabía que andaban detrás de él. El arma que cargaba consigo cada vez que salía a la calle reafirma esa certeza. También sabía que andaban tras sus memorias. De ahí el apuro por escribirlas y la precaución de guardarlas en la caja fuerte de su departamento en Buenos Aires. Había recibido amenazas telefónicas y mensajes de advertencia. El más claro se lo hizo llegar el ex senador Carlos Altamirano por intermedio de un abogado chileno exiliado en Argentina: los servicios de seguridad de la República Democrática alemana habían sido advertidos de un plan para matar al general chileno”, apunta Peña en su trabajo de investigación.

    Pero, ¿qué hizo que Pinochet decidiera asesinar en la forma en que se hizo, a un camarada de armas, que siempre confió en él, al punto de recomendarlo especialmente al Presidente Allende para ocupar el cargo de comandante en jefe en plena crisis de agosto de 1973? ¿De dónde aparece tanto odio?

    Peña entrega los antecedentes precisos: “Prats se dio por enterado en agosto de 1974, un mes antes del atentado, pero no hizo nada más que lo que estaba haciendo hace meses: cuidarse y esperar los pasaportes chilenos que la embajada de su país demoraba en entregarle. Tenía una oferta de trabajo en una universidad española y la posibilidad de viajar con documentos argentinos. Tenía todo para escapar de su destino pero ahí seguía, testarudo, orgulloso. Saldría con pasaportes de su país o no saldría. Era un asunto de dignidad, decía, confiando en la seguridad que le brindaban los servicios de inteligencia argentinos”.

    “La seguridad, sin embargo, no fue la misma desde el 1 de julio. Ese día Juan Domingo Perón murió y las cosas ya no fueron como antes en Argentina”, añade el relato de Peña. “La amenaza también era un secreto a voces en los círculos de poder al otro lado de la cordillera. Federico Willoughby, el secretario de prensa de la Junta de Gobierno, declaró a la justicia argentina que en los días previos al atentado se le acercó el coronel Pedro Ewing para manifestarle que se había generado un ambiente muy peligroso para Prats”.

    El relato consigna que lo que fue generando irritación en Pinochet, fue que Prats tuviera gravitación en el extranjero “y porque este reprobaba al régimen militar”. En este punto, Peña cita una anécdota clave que incluso podría haber sentenciado la suerte del militar constitucionalista chileno.

    “Los que presenciaron la escena se quedaron paralizados. No era primera vez que veían algo así: en privado, entre camaradas y colaboradores de terno y corbata, el general solía dar rienda suelta a sus arrebatos de ira. Quienes lo trataban de cerca en esos días comenzaban a acostumbrarse a ese genio. Sin embargo, ese día fue distinto. Más intenso y explosivo que nunca. Todo por un artículo de prensa que alguien dejó sobre su escritorio”.

    Continúa el relato de Juan Cristóbal Peña: “La prensa extranjera solía enojarlo, sobre todo cuando se refería a los horrores de su régimen. Por ese motivo sus colaboradores le ocultaban algunas publicaciones. Pero esta vez alguien juzgó conveniente que el artículo de una publicación argentina, firmado con el seudónimo de Lautaro, llegara a manos del general”.

    “Federico Willoughby, el asesor de prensa, recuerda cómo el rostro del general se iba descomponiendo a medida que leía. Y no avanzó demasiado. Bastaron un par de párrafos para que el general lanzara un grito destemplado y tirara por los aires la publicación. Pinochet había maldecido a Carlos Prats, el verdadero autor tras el seudónimo Lautaro”.

    Pero la situación va más allá del arrebato: “Inocentemente”, la publicación de “Lautaro” (Prats), trataba las implicancias geopolíticas del la crisis árabe-israelí, “es decir, Carlos Prats había escrito sobre geopolítica, una materia en la que Pinochet se suponía experto”, puntualiza el libro de Peña.

    “Ese pudo ser el momento en que la suerte de Carlos Prats quedó sellada”, explica la investigación, que añade otro posible motivo que gatilló la furia de Pinochet: Una carta que le envió Prats el 5 de junio de 1974, “donde se quejaba de una maquinación concertada en su contra. Días atrás, el agregado militar de Chile en Colombia había dado una entrevista de prensa en la que ironizaba sobre el buen pasar económico que supuestamente llevaba el ex comandante en jefe del Ejército chileno en su exilio en Buenos Aires”.

    Escribió Prats en esa carta a Pinochet: “Quisiera manifestarle que no me parece que haya sido formulada espontáneamente por él; porque es inconcebible -en la práctica de las virtudes militares- que un coronel en servicio activo ataque públicamente a un ex comandante en jefe”.

    Además, aprovechó de dar cuenta detallada de su precaria situación económica y no pasó por alto otros ataques verbales de los que había sido víctima desde su salida del país. La de Prats era una carta enérgica y resuelta que terminaba así: “Desde que dejé las filas (del Ejército) no me he entrometido en el quehacer de mi sucesor”.

    Para Peña, “esa última frase tocó una fibra sensible que Pinochet juzgó ponzoñosa, pues veía en ella una amenaza y un desafío a su autoridad. Su respuesta fue una carta redactada en un estilo seco y notarial, que marcó un punto de no retorno”.

    Esa misiva está fechada el 24 de junio, el mismo día en que Pinochet fue designado Jefe Supremo de la Nación. Escribió Pinochet: “Con respecto a su afirmación de que no se ha entrometido en el quehacer de su sucesor, estimo que no es procedente tal declaración puesto que el suscrito, en su calidad de presidente de la Junta de Gobierno y comandante en jefe del Ejército, no se lo aceptaría ni al señor general ni a nadie”.

    “Esa fue la última comunicación entre ambos. A partir de entonces no hubo más que decir. Era el turno de la acción”, concluye Peña.

    ¿Motivación política o motivación personal?

    La investigación de Juan Cristóbal Peña señala que Pinochet recelaba de los contactos y aptitudes de su antecesor, no necesariamente porque pusieran en riesgo su posición de poder, sino porque acusaban sus propias limitaciones intelectuales.

    “Desde sus años de cadete militar, cuando debía esforzarse el doble que sus compañeros para conseguir logros que no superaban la medianía, Pinochet resintió una adversidad que muy probablemente juzgaba injusta. A diferencia de Prats, que tuvo una carrera brillante, la de Pinochet estuvo marcada por claroscuros”, explica Peña en su texto.

    “Prats egresó de cadete como primera antigüedad y más tarde, en la Academia de Guerra, volvió a ser el alumno más destacado de su generación. Pinochet, en cambio, fue un estudiante del montón: nunca entre los primeros pero tampoco entre los últimos. Así las cosas, no fue casual que Prats alcanzara la Comandancia en Jefe del Ejército; lo casual fue que un alumno de calificaciones regulares como Pinochet llegara a un puesto que tradicionalmente era y es ocupado por los mejores oficiales de cada generación”, añade la narración.

    “Más que encono, Pinochet debería haber sentido gratitud hacia Prats: fue él quien lo promovió a comandante en jefe, creyéndolo capaz y, sobre todo, leal. Si algo de eso hubo, no duró más que diecisiete días. Roto el juramento de obediencia al presidente Allende, la gratitud derivó en encono. No porque Prats haya tenido responsabilidad alguna en las dificultades que Pinochet sorteó en su carrera, sino porque las ponía en evidencia”.

    En ese sentido, en su biografía sobre el dictador, el historiador Gonzalo Vial dice que Pinochet era consciente del menosprecio intelectual que Allende y otros políticos de la Unidad Popular sentían por él: “No había cómo pensar otra cosa. En confianza, en reuniones sociales o de trabajo, Pinochet solía hablar de gestas bélicas y anécdotas de cuartel. Esos eran sus temas. Pinochet representaba mejor que ningún otro oficial de ejército esa concupiscencia y frivolidad, esas limitaciones intelectuales y culturales de las que habló Prats en su carta de 1974 a la viuda de José Tohá”, detalla Peña.

    En ese y otros sentidos, Prats era una excepción en el ejército chileno. Podía hablar de igual a igual con Allende y otros dirigentes de la Unidad Popular. Podía conversar de gestas bélicas y anécdotas de cuartel pero también de literatura, arte y política. Sus conocimientos eran amplios y ponían al descubierto las deficiencias de Pinochet. No solo ante dirigentes políticos, sino que también ante sus propios compañeros de armas.

    Un bombazo en el auto como fin de la disputa

    La bomba instalada en el chasis del automóvil Fiat 125, y activada mediante control remoto la madrugada del 30 de septiembre de 1974 por dos agentes civiles de la Dina, provocó un efecto devastador. El informe que la policía argentina levantó en el lugar de los hechos dio cuenta de restos calcinados de carne humana esparcidos en un radio de cincuenta metros, indica la investigación de Peña.

    “A Sofía Cuthbert, que ocupaba el asiento del copiloto, le faltaban ambas piernas y el brazo izquierdo, además de presentar quemaduras de primer grado y carbonización de cráneo, cara, muslo superior derecho, tórax y abdomen. En tanto Carlos Prats, que había bajado a abrir la cochera del estacionamiento de su casa al momento de producirse la explosión, tenía quemaduras de cabellos, cejas, pestañas y bigotes, destrucción traumática de brazo, antebrazo, mano derecha y del miembro izquierdo”, señala el parte policial.

    59 y 57 años, respectivamente. Carlos Prats y Sofía Cuthbert tenían tres hijas y cinco nietos. La muerte de ambos y sus circunstancias, impactaron a los oficiales que lo habían tratado de cerca, que no eran pocos. Varios habían estado de visita en su casa, especialmente sus compañeros del cuerpo de artillería y sus alumnos de la Academia de Guerra.

    “Pocos jefes militares habían sido tan queridos y respetados como Prats. Aunque exigía disciplina y obediencia, era cercano, cálido y justo con sus subordinados”, en palabras del autor de la investigación. Pero, no obstante el alto impacto del crimen, nadie se atrevió a lamentarse en voz alta, menos a preguntar o pedir una explicación: “Todos sabían que para Pinochet y su grupo de incondicionales, Prats había traicionado al Ejército, y la traición se pagaba con la vida”, concluye Juan Cristóbal Peña.

    Para finalizar, una última anécdota. Julio Canessa Robert, director del Comité Asesor de la Junta Militar, que en rigor asesoraba únicamente a su jefe en materias políticas y administrativas, y que después llegó a ser vicecomandante en jefe del Ejército y senador designado, declaró al autor de la investigación que a pesar de todo, “guardaba un gran afecto por Carlos Prats”, quien fuera profesor suyo en la Academia de Guerra.

    “Canessa asegura que la muerte de su profesor le duele hasta estos días. Le duele y no cree que el gobierno del que formó parte, ni menos quien lo encabezó, hayan tenido algo que ver con ese crimen. De hecho, a los pocos días de  ocurrido, dice que salió de la duda. A puertas cerradas se plantó ante Pinochet y preguntó:

    -Mi general, ¿fuimos nosotros?

    -Cómo se le ocurre, Julito -respondió el general-. Nosotros no tenemos nada que ver con eso”.

    Fuente: “La secreta vida literaria de Augusto Pinochet”, de Juan Cristóbal Peña

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