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    En la época de la inquisición no existía la presunción de inocencia, por tanto, el acusado siempre  era culpable. Se trataba de que inquisidor usara de la astucia y el engaño para conseguir la auto-confesión del acusado, por consiguiente, la tortura era un instrumento necesario para lograr el fin perseguido.

    Se supone que tanto quien “admite su culpa”, como el que se niega a auto-culparse, se considera hereje, pero el acusado nunca sabe quien lo denunció y por qué se su condena. La astucia del inquisidor consiste en mezclar la lista de testigos de cargo a fin de que desconozca a los delatores.

    La tortura es necesaria para llevar al hereje a la confesión y al patíbulo, condición para la salvación de su alma inmortal.

    En los manuales sobre la actuación del inquisidor existían varias recomendaciones: los niños y los viejos debían ser torturados con menos rigor que los adultos jóvenes. En la inquisición también existía el clasismo: en el patíbulo no se trataba de igual manera al noble que al plebeyo, pues al primero, el rey los cardenales, por ejemplo, quedaban exceptuados de la pena capital, (en casos especiales  al noble se le aplicaba la muerte por medio del hacha, que fue el caso de Tomás Moro); cuando el verdugo era compasivo podía rociar con agua la leña que quemaría al condenado, asì moriría ahogado y no quemado.

    El humor negro dice que lo primero que se enfría luego de la muerte son las piernas, lo que no ocurrió con Juana de Arco.

    En la época contemporánea la tortura juega, en esencia, el mismo papel que en la inquisición: se supone que hay una doctrina verdadera, la de la dictadura, la del tirano, que es salvar a la patria. Se trata de eliminar una herejía y al hereje, en algunos casos, el comunismo, en otros,  el social-fascismo, (en el caso del estalinismo de los torturadores de la guerra de  Argelia, salvar al país de los terroristas árabes.

    Pinochet y Bolsonaro, (candidato a Presidente de Brasil), en varias ocasiones han hecho apología de la tortura, considerándolo como el método para conseguir la confesión y desbaratar las redes “terroristas” que se oponen a la dictadura y atentan contra la paz. En definitiva, se trata de eliminar el comunismo, pues el único comunista bueno es el muerto. El castigo, la muerte o la mutilación tiene una función “salvífica”, y en algunas casos, integrar al hereje a la sociedad libre, en otros, como en Argelia, salvar una colonia muy preciada por Francia y, además, proteger la convivencia entre los pie-noires y los árabes.

    Las sociedades civilizadas han avanzado al condenar la tortura y a los tratos crueles e inhumanos, sin embargo, este método se emplea cotidianamente y existe en el mundo aún apologistas de la tortura, mes recientemente, el caso del hijo de Krassnoff, Miguel Krassnoff Bossa, quien  hizo un homenaje en un recinto, propiedad del Estado de Chile, pagado con el dinero de todos los ciudadanos, cuyo padre ha sido sentenciado a más 600 años de cárcel por crímenes de lesa humanidad, que han incluido asesinatos y torturas, entre otros delitos.

    La desaparición de personas viene desde la inquisición: se trata de quemar al hereje para borrar todo rastro de su existencia. En el caso contemporáneo, el consejo de un funcionario del Departamento de Estado norteamericano, que entendió muy bien que la llegada de sacos grises con muertos en la guerra de Vietnam provocaba, en la opinión pública, una reacción negativa, insinuaba al dictador Rafael Videla hacer desaparecer los cadáveres, es decir, “el asesinato limpio”, y tratar de conducir al olvido el paso por este valle de lágrimas al hereje, simplemente, los desaparecidos no existieron.

    Augusto Pinochet y el diario La Segunda fueron mucho más burdos: El Diario aseguraba que se mataban entre ellos, y Pinochet agregaba que se habían “arrancado” de sus esposas o, simplemente, que estaban en otro país gozando de la buena vida, y así justificaban el lanzamiento de los cadáveres al mar, (esto cuando no eran arrojados vivos al fondo del océano), cuya clave era el “traslado de televisores”.

    Michel Foucault, el filósofo, que trata magistralmente la idea de poder, escribe cómo se extiende cual pulpo, abarcando toda la cotidianidad de la vida humana. El poder siempre crea una reacción: se trata de evitarla logrando la aquiescencia de la sociedad respecto al poder – por ejemplo, en el caso de Pinochet, un alto porcentaje de la población lo apoyaba, incluso, llegó a un 40% y, hasta hoy, hay un número de damas pinochetistas que lo añoran -.

    El caso de Jair Bolsonaro es aún mes grave: es posible que llegue a un 50% en la segunda vuelta y mes de 50 millones de votos. Partidos democráticos y gente que se dice demócrata manifiestan su apoyo al ultraderechista, (incluso, diputados chilenos de la bancada canuta confirmaron su asistencia, a lo mejor para celebrar su triunfo). El miedo a la delincuencia hace que personas, que antes honestos y sencillos padres de familia, ahora hace que vote por Bolsonaro, entre ellos negros, habitantes de las favelas, en general y mujeres, aunque son frecuentemente insultados, van a votar por su torturador racista, clasista, homofóbico… Es el famoso síndrome de Estocolmo – la víctima termina amando a su victimario -.

    La democracia no puede defenderse sólo con leyes, ni siquiera por medio de la coerción: en Alemania, por ejemplo, existe exclusión completa del nazismo, sin embargo, actualmente surgen grupos nazistas muy peligrosos, que se ensayan con los inmigrantes, y asì sucede en la mayoría de los países, incluido Chile. Es preciso recordar que el nazismo que Hitler triunfò electoralmente debido a la división entre socialdemócratas y comunistas, y Mussolini, por el fracaso de la toma de fábricas, en Torino; en Francia se pudo postergar el triunfo del petainismo por el encuentro de socialistas y comunistas durante la marcha contra las Ligas que estuvieron a punto de tomarse la Asamblea Nacional si no lo hubiera impedido el cruce de fuego del coronel La Roque.

    La experiencia histórica demuestra que siempre la desunión de la izquierda lleva al triunfo de la ultraderecha: en el primer bienio de la República española cayó el gobierno de Azaña debido a la matanza de anarquistas en Casas Viejas, y fue posible el Frente Popular gracias a la unión de las fuerzas progresistas y al voto anarquista, motivado por la liberación de los presos políticos, ofrecida por Azaña.

    Dialécticamente, el ultra izquierdismo fascista surge en el campo abonado de la insensatez de la izquierda, que se manifiesta en oportunismo, sectarismo, fanatismo e intereses mezquinos personales. Es muy difícil poder entusiasmar a la ciudadanía cuando el tribuno progresista se ha corrompido y, abusando del poder, se convierte en nuevo rico. Este es el drama, por ejemplo, del Partido de los Trabajadores, en Brasil que, después de la hazaña de sacar a 40 millones de personas de la pobreza extrema, cayó en el juego de un sistema corrupto que se le fue de las manos, bajo el pretexto de que todos los partidos políticos lo hacían y que no se podía gobernar sin comprar diputados.

    Los tiranos y sus secuaces siempre han sido cobardes: Pinochet culpó de todos los crímenes de la dictadura a Manuel Contreras; Fujimori, a Vladimiro Montesinos, en el entendido de que el tirano chileno no le daba órdenes a Contreras y que Fujimori tampoco a Santiago Martín Rivas, el jefe del Grupo Colina.

    Cuando el miedo es cosa viva los criminales se esconden en su supuesta enfermedad o en su avanzada edad y lloran pidiendo la amnistía. Es el caso de Krassnoff y sus compañeros del Hotel de Punta Peuco, (para más remate tienen capellanes que celebran misa en ese recinto, convencidos o no de que los chacales y lobos se han convertido en mansas ovejas y están arrepentidos de los atroces crímenes, entre ellos, el haber lanzado hasta personas vivas drogadas, atadas a rieles, al fondo del mar).

    Es el colmo que nuestra democracia, tan débil, sorda, muda, ciega y coja, no tenga el valor de condenar la apología de la tortura y excluir inmediatamente a quienes propiciaron crímenes de lesa humanidad. La alabanza a la dictadura a la dictadura no tiene nada que ver con la libertad de expresión, pues la ley prohíbe incitar al crimen y menos santificar al torturador.

    Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

    15/10/2018

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