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    *Texto escrito para el conversatorio sobre misoginia en CasAcción – Valparaiso, diciembre de 2018

    Primero que nada esta es una invitación a recuperar la conversación como una herramienta de construcción de conocimiento colectivo y erradicar la idea de que cualquier interacción con otro diferente a mí, es una guerra por ganar. Aquí nadie gana sino que compartimos el conocimiento que hemos generado en nuestro camino.

    Esta es una instancia para tejer una verdad común, una comunidad de experiencias y saberes donde nadie es igual a otro y nadie piensa exactamente igual, pero tenemos la intensión de tejer esta verdad común, esta suerte de Frankestein compuesto de todas las verdades de las que nuestros cuerpos pueden dar testimonio.

    Esta es una invitación para compartir la sabiduría de nuestras opresiones sin oprimirnos.

    Este conversatorio no es un decreto ley ni pretende serlo, sólo pretendemos contrastar puntos de vista, caminos que nos permitan delinear los límites siempre borrosos de nuestro común enemigo, la misoginia, el odio a la diferencia, el odio al más débil, la necesidad de oprimir de un ser hegemónico que requiere confirmar su hegemonía constantemente a costa de los demás.

    ¿Cómo rompemos con eso? ¿Cómo identificamos esa opresión y la erradicamos incluso y sobre todo cuando viene de nosotras mismas hacia nosotras mismas o hacia las demás? ¿Cómo nos liberamos sin oprimir al otro?

    Estas son preguntas éticas en un tiempo que ha perdido toda dirección y donde hablar de ética puede ser tremendamente vanguardista. Volver a la ética pero no a la moral, son dos cosas diferentes.

    Según Wikipedia, la palabra misoginia, de origen griego, proviene de los términos miseo (“odiar”) y gyne (“mujer”), y se define como la aversión y también el odio hacia las mujeres o niñas. Y según la Real Academia Española la palabra “misoginia” designa a un odio irracional a las mujeres o a aquel que es percibido como mujer.

    Y este punto es para mí muy importante porque nos va a permitir desnaturalizar la misoginia como un fenómeno biologizante y nos va a abrir el camino para pensarla como una construcción cultural donde existe la “feminización” de un otro.

    Se podría decir que existe misoginia en muchas de las mitologías del mundo antiguo occidental, así como en la mayoría de religiones monoteístas existentes. Además, muchos de los pensadores más influyentes de nuestra colonizada civilización han sido catalogados como grandes misóginos: Platón, Aristóteles, Freud, Nietzche, Schopenhauer, naturalizaron el odio a lo femenino y lo hicieron un sistema de ideas “moderno y científico”.

    Volvamos a Grecia, cuna de la civilización occidental. No es extraño que el “odio hacia las mujeres” fuera conceptualizado por primera vez en el mundo helénico, una democracia perfectamente cimentada sobre las espaldas de dos grupos esclavos, los ilotas y las mujeres, lo que permitió a los patricios reproducir su estirpe sin transar ninguno de sus privilegios con nadie.

    Estudios feministas recientes afirman que la misoginia es un fenómeno imparable en plena expansión. Existen en todo el mundo, entre 113 y 200 millones de mujeres demográficamente desaparecidas. Cada año, entre 1,5 y 3 millones de mujeres y niñas pierden la vida como consecuencia de la violencia o el abandono por razón de su sexo. La misoginia plantea hoy el desafío de que no es medible ni mensurable y de hecho no es punible, está completamente ausente de los códigos legales existentes.

    La misoginia es un odio completamente sistémico orientado a condenar la “debilidad” y a glorificar la “fuerza” masculina de una minoría. Un odio sin cuya virulencia no sería posible la acumulación de capital en tanto opresión “feminización” de cuerpos explotados y una naturaleza feminizada desvastada.

    ¿Cuáles son los cuerpos que el sistema feminiza? Niños, ancianos, cuerpos con diversidad funcional, minorías étnicas, disidencia sexual y mujeres biológicas. En resumen cuerpos que no son importantes o que sostienen la base de la pirámide en la producción de capital.

    Como ya hemos dicho la misoginia en tanto ejercicio de una centralidad opresiva puede ser reflexiva, es decir que puede uno ejercerla sobre una misma. Cuando el macho interno, el macho que tengo intronizado desde generaciones atrás, el abuelo conquistador cuyo ADN navega, querámoslo o no, por nuestra sangre, continúa sediento de otredades a quiénes “colonizar”.

    Según un enfoque ecofeminista la primera colonización opresiva de nuestra sociedad ocurre cuando la mente coloniza al resto del cuerpo y se erige al pensamiento racional como el único legítimo en desmedro del conocimiento que se puede generar desde otros lugares del cuerpo, por ejemplo el conocimiento de los órganos.

    La misoginia tiene un componente colonial muy importante ya que para el conquistador todo el territorio a conquistar debe ser profundamente odiado y luego sometido. No hay empatía posible en el ejercicio colonial, donde todos nos volvimos mujeres.

    En este sentido es importante recordar que la relación entre feminicidio y ecocidio es directa y proporcional. Una cosa es el signo visible de la otra. El feminicido es la marca, el signo para que los feminizados no olvidemos quién manda y quiénes son los dueños de nuestra vida así como de nuestro territorio.

    Erradicar la misoginia comprende un cambio paradigmático que no creo honestamente que yo viva para verlo. Tal vez juntarse a hablar de ello puede ir abriendo y ampliando nuestros caminos hacia relaciones que trasciendan la dicotomía opresor / oprimido.

    Por Eli Neira

    Foto Portada: Eli Neira

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