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    La exposición al conocido pesticida diclorodifeniltricloroetano (DDT) durante el embarazo podría aumentar el riesgo de que un niño desarrolle autismo.

    El agente fue famoso por sus impactos ambientales en la década de 1960 y desde entonces se ha prohibido en la mayor parte del mundo. Sin embargo, varios países todavía lo usan y la decisión de prohibirlo en todo el mundo no ha sido firme.

    Un equipo de investigación liderado por la Universidad de Columbia en EEUU, utilizó datos recopilados de madres finlandesas para un estudio prenatal sobre el autismo. La investigación fue publicada en el American Journal of Psychiatry.

    Identificaron a 778 niños nacidos entre 1987 y 2005 que fueron diagnosticados con autismo, combinándolos con muestras de sangre materna tomadas durante el embarazo. Luego se seleccionaron otros 778 grupos de control para comparación.

    Las muestras de sangre se analizaron tanto para el pesticida DDT como para el metabolito que este forma a medida que se descompone en nuestro cuerpo: p,p’-diclorodifenil dicloroetileno (p,p’-DDE).

    El equipo de investigación también midió los niveles de otro grupo de contaminantes potencialmente tóxicos, llamados bifenilos policlorados (PCB).

    No hubo signos de una relación entre el autismo y los PCB, pero encontraron un riesgo significativamente mayor de que un niño fuera diagnosticado con autismo si la madre se encontraba entre el 25% superior de los niveles séricos de DDE.

    El niño también tenía el doble de probabilidades de tener una discapacidad intelectual en comparación con los casos de autismo entre el 75% más bajo de los niveles de DDE.

    Ni el DDT ni los PCB tienen buena reputación y podemos agradecer al ambientalismo de mediados del siglo XX por esto.

    El DDT era un pesticida sintético común desarrollado en los ’40 con el propósito de eliminar mosquitos a gran escala. Fue tan efectivo que se usó en todo, desde los cultivos hasta la alacena de la cocina, para mantener a raya a cualquier insecto no deseado.

    Una bióloga marina con el nombre de Rachel Carson fue la primera en poner la alarma sobre el potencial daño ambiental de esta sustancia, en su libro “Silent Spring”.

    Gracias a su popular libro, la idea de que algunos productos químicos potencialmente tóxicos pueden concentrarse a lo largo de la cadena alimentaria, se ha convertido en conocimiento público. En 1972, diez años después de la publicación del libro, el gobierno de Estados Unidos dejó de usar el insecticida.

    Este hito ha sido alabado como una victoria para el medio ambiente y la salud pública, pero no todos han estado contentos con la difamación del DDT.

    El pesticida es increíblemente eficaz para controlar la propagación de la malaria matando a su vector, el mosquito. Si bien es posible que las afluentes naciones occidentales tengan poca preocupación por esta plaga mortal, la realidad es que esta enfermedad sigue siendo uno de los mayores asesinos de la humanidad.

    Incluso hoy, la Organización Mundial de la Salud recomienda el uso interno del DDT en áreas donde la malaria se considera una amenaza lo suficientemente significativa. Muchos países africanos siguen rociando regularmente con el pesticida, por lo que la controversia está lejos de detenerse.

    El producto químico en sí se menciona solo como moderadamente tóxico, lo que significa que debe haber una exposición bastante grande para morir por sus efectos.

    A lo largo de las décadas se han acumulado evidencias de impactos en la salud, sutiles pero graves, y se ha reforzado la reputación del DDT como un villano. Ahora podemos considerar agregar el autismo a su lista de efectos secundarios preocupantes.

    El estudio en sí no puede decirnos cómo el DDT podría afectar el desarrollo cerebral, o incluso afirmar que su metabolito causa autismo, especialmente dada la naturaleza compleja del trastorno.

    La afección se caracteriza por dificultades en el procesamiento sensorial, la comunicación y la socialización, y parece implicar diversas vías neurológicas y funciones cerebrales.

    Hoy en día se lo conoce como trastorno del espectro autista o TEA, para tener en cuenta la amplia gama de severidades y manifestaciones de sus características principales.

    Sin duda, la genética juega un papel importante en su desarrollo, pero no se puede descartar las influencias ambientales.

    Con la preocupación de que el TEA parece aumentar en el mundo occidental, los contaminantes -y otras características de nuestro mundo moderno- a menudo son los primeros sospechosos.

    Puede ser difícil separar la multitud de causas detrás de esta complicada condición y, como siempre, se necesita más investigación. Estudios como este podrían no apuntar a soluciones fáciles, pero es necesario tomar decisiones informadas.

    Fuente: Science Alert

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