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    Me parece que era un día de mucho calor, demasiado quizás. Ese sol implacable, penetrante, que cae sobre las cabezas en el techo del mundo, en el altiplano boliviano.
    ¡Putas que hacia calor esa jornada!, si con decirte que la gente comía helados como desaforados, 3, 4, 5 helados per capita, y sin ningún asco, y yo que bramada por una cerveza, una Huari heladita, traspirada como dice un amigo mío medio chicharra.
    Bueno, el tema es que en pleno desayuno supe que el Evo estaría presente en el Te Deum religioso de esa tarde. Se daría cita en la catedral metropolitana con lo más pulento, y graneado, de la curia paceña.
    Esta es la mía, dije. Me la juego y concreto un encuentro cercano del tercer tipo con el indio revolucionario.
    Dicho y hecho. Luego de una sobredosis de café negro, y un buen licuado de naranjas, tomé la prensa, y partí, rajado, a plaza Murillo. El día sería largo, y más vale estar a la altura de las circunstancias, por lo cual una pasadita al baño, y su respectiva manito de gato, no estaban de sobra.
    El Prado, la Montes, Ayacucho y Comercio.
    20 minutos de caminata me separaban de mi objetivo, 20 minutos que como imaginará compadre, no son lo mismo en Viña que en La Paz.
    Medio afectado por esto del ejercicio en las alturas, me ubiqué primero en un costado de la plaza, con todo el populacho heladero y el tremendo lote de cabros chicos, que puro hacían atados, y me miraban y se reían, y se miraban y me reían, los muy palomillas.
    En eso me escurro y pienso: “La verdad, acá no voy a ver nada de nada y estos pendejos ladillas me tienen loco… “ . Agarré mis pocas pilchas, y a la catedral se ha dicho. En esta papita me anoto como sea.
    Esquivando viejas feas canutas, y uno que otro borrachín trasnochado, me introduzco en el templo sagrado. Para mi sorpresa, el lugar está más libre de lo que imaginé, y la seguridad, si bien existe, es la misma que para un recital de Zalo Reyes, cojito y todo.
    Si bien no soy muy experto en estas materias, me percato que la misa empezó hace unos minutos. Entre tanta cabeza oscura, ubico al Evo y al Álvaro en primera fila, ojitos blancos los dos, mirando al curita, que habla, y habla, de algo que, la dura, no se entiende, y, la verdad, tampoco interesa mucho.
    ¡Re chupalla mi hermano! pensé, como llego al altar, como me acerco pasando piola con tremenda estatura y belleza. No es fácil andar libre de polvo y paja por las grandes alamedas con semejante talle y rectitud. En serio mi brother, no deja de ser un tema.
    Pero filo no más, le damos para adelante. Y partí.
    Existe una instancia en la sagrada misa, en la cual los parroquianos se dan el saludo de paz los unos a los otros. Festival de abrazos, y parabienes lastimeros, al primer bonachón que se cruza por la cabeza.
    Perfecto, ideal. Instancia lógica para tomar ventaja, y ganarme al costadito de las autoridades de palacio, todas bañaditas y perfumaditas para la ocasión.
    A escasos 6 metros del mocetón, me instalo a esperar, con paciencia, que la liturgia acabe. La idea, intentar captar la atención del Evo, y, con astucia, clavar su mirada en la mía.
    Bendiciones, más, bendiciones menos, el asunto llega a su fin.
    Morales toma rumbo por el pasillo central, flanqueado por la virgen, el Álvaro, y un matón de turno. Dos, tres pasos decididos, y el encuentro se torna inminente. Lo siento, lo huelo, el indio tiene olor. Pienso en Felipe Quispe: “Huele a indio en palacio quemado”, otro paso, se acerca raudo a mi encuentro. Su mirada es inminente, severa, protocolar. Me entusiasmo, tirito, como mocoso llorón.
    Impávido observo, extasiado espero.
    3 metros, quizás 2, y disparo; clic, clack, el flash, el brillo, todo se congela, la catedral, el matón, la banda presidencial, el rostro, sus ojos negros.
    Quedamos flechados, de lo más camaradas, como diría mi abuela.
    En ligero saludo, cerramos nuestro trato existencial. En aquel cruce de miradas tuve certeza de que era un hombre bueno, trabajador y humilde. Entonces comprendí todo, y di gracias, muchas gracias.
    En paz, resuelto, y sin más que hacer en lo quedó de día, me dediqué, severo, irresponsable, a saciar la sed, y a matar el calor.
    La paz, Bolivia

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