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    La ministra de Educación venía haciendo gala de una mala conducta política que podría explicarse únicamente por venir ella del “mundo técnico”, esto explica que no mida la capacidad de su lengua y que trate a estudiantes y profesores –quizá los sectores sociales más potentes que hay en el país- con la prepotencia del arribista que tiene a su primera nana. Hasta que un poco de música le puso atajo, haciendo agua la sonrisita burlesca con la que venía bajándole el perfil a las movilizaciones y a las iniciativas del movimiento estudiantil y del magisterio.
    Es probable que la gota que rebalsó el vaso hayan sido las torpes declaraciones de la ministra cuando se le consultó por los más de 100 mil chilenos y chilenas que se habían pronunciado en la Consulta Nacional de Educación. En un caso como ese, la respuesta –políticamente hablando- es destacar el gesto técnico de la participación ciudadana, nadie le pedía que votara ni que se mostrara de acuerdo con las preguntas, pero 100 mil personas, participando tranquilamente por todo chile y sin contar a los que trabajamos activamente del proceso, es una muestra clara de los niveles de organización e inteligencia que expresa este movimiento social por la educación. Pero la señora es torpe de torpeza absoluta.
    Pero cuidado, detrás de su peinado cargado a la laca, de su tono de abuela con pachorra y correctora, está el discurso de los sostenedores que tienen a su mejor ejemplar para la protección de un sector económico que se mete miles de millones de pesos anualmente al bolsillo. En otro contexto, en ningún país del mundo se pone a la cabeza de un ministerio como este a una representante de los sectores que harían un lobby feroz para evitar que los estudiantes desordenados les erosionaran su negocio. Pero acá sí. La ministra, en su primera declaración a la prensa, señaló que para aceptar el cargo había tenido que hablar con Jesús (sí, él mismo, el hijo del pulento) y a la pregunta de su posición respecto del lucro, dijo que no estaba en contra.
    Desde el ministerio han emanado en los últimos meses y semanas, sendos instructivos para que los directores de colegios y funcionarios municipales de educación sepan cómo se debe manejar a los estudiantes conflictivos. Desde el ministerio se presiona y se hace fuerza común con los alcaldes para contrarrestar las manifestaciones de descontento juvenil y del magisterio para evitar el quiebre de las corporaciones que administran la educación municipal. Es represión en todos los niveles.
    La represión callejera no es responsabilidad de la mojada ministra, pero la que se viene ejerciendo en los establecimientos sí, en ellos, insólitamente el ministerio ha recuperado tutela, esa que señala no tener cuando colegios y liceos expulsan niñas embarazadas o cuando discriminan escandalosamente a quienes quieren estudiar en sus aulas o cuando toman medidas altamente violentas marginando a niños y niñas cuando sus padres no han podido pagar la mensualidad. Ahí el ministerio no tiene poder, no tiene influencia, no tiene tutela.
    La tutela ministerial se basa hoy en el ejercicio de todas las atribuciones que les da la legalidad para usarla contra el movimiento de estudiantes y profesores. Esa es en parte la responsabilidad de la ministra.
    El que sigue en silencio es el ministro del Interior, responsable directo de la violencia que Música (Sepúlveda, la que tiró el jarro) denunciaba anoche con brillante y tranquila certeza. El allanamiento a una radio comunitaria de Estación Central (La Voz); la detención arbitraria e ilegal de la representante del Centro de Alumnos del Confederación Suiza, las golpizas indiscriminadas en las calles, el uso abusivo de gases lacrimógenos y carros lanza-aguas, las detenciones por 6, 8, 10 en incluso 16 largas horas en las comisarías (un lanza está detenido en promedio 2 horas ha mostrado recientemente la televisión)… son todos factores que no deben ser aislados al momento de construir el contexto en que una jarra de agua moja certeramente a una ministra de Estado.

    ¿PROTAGONISMO INFANTIL O ARREBATO?

    Asombra, por otra parte, el discurso de “los nuestros”, esos que vienen opinando en los foros que revientan Internet en estos momentos del día después. Esos y esas que, aparentemente desde nuestra propia vereda señalan que “la niñita no tenía idea de lo que hacía…pero ¡gracias!”. La “niñita” es, para efectos de quienes aportamos a la defensa del liderazgo y el protagonismo infantil-popular, un ejemplo clarísimo de la referencia que hacemos cuando sostenemos que la cuestión de la ciudadanía no se explica por la edad o por estar o no inscritos en los registros electorales. Se trata de un ejercicio político que se da en la medida que se adquiere conciencia de los derechos que se tienen, y se manifiesta cuando se toma conciencia que parte de esos derechos son sistemáticamente vulnerados.
    No vamos a minimizar la acción de Música sosteniendo acá que se veía tan frágil, que no sabía lo que hacía o que la jarra de agua fue un acto de pura irracionalidad. Vamos a relevar el acto como una acción política directa, de enfrentamiento cara a cara con la expresión simbólica del poder por parte de una niña que ha participado activamente del movimiento, que ha marchado, que se ha tomado su liceo, que ha recibido palos, que ha sido detenida… estamos hablando en toda propiedad de una compañera, y se siente un cierto orgullo al decirlo.
    La legislación chilena, desde la Ley de Responsabilidad Penal Juvenil, sostiene que desde los 14 años se puede ser responsable penalmente por los actos que se cometan. Hay obviamente una atención especial sobre las conductas antisociales y la penalización de las mismas. Bajo la ilusión de que esas conductas podían frenarse respondiendo con más represión, desde el Estado, otra vez con el acuerdo entre la concertación y la otra derecha (la alianza), tuvo que aceptarse el hecho que desde los 14 años niños y niñas ya tienen la capacidad de discernir entre lo bueno y lo malo. Pero la legislación, en general, no recoge ese principio y no entrega alternativas para la participación institucional: no votan (y no es que uno quiera algo como eso para ellos y ellas); no pueden acceder a una licencia de conducir; no puede ingresar a un motel con su polola o con su pololo; no pueden representar legalmente a un Centro Juvenil, Cultural u otra organización social, incluyendo un Centro de Alumnos. La lista es mucho más larga.
    El ejemplo de Música, desde la perspectiva de su condición militante y protagónica, no es otra que la que se ve diariamente en las calles donde se arrincona la pobreza y pequeños e invisibles destacamentos de niños y niñas de su misma edad asumen funciones económicas muchas veces imprescindibles para sus familias. En las ferias o en la vega, cargan, reponen, gritan, acomodan, pesan y desarrollan una serie de actividades inscritas en el mismo patrón social, cultural y político que Música a sus 14 años: lejos del rebaño, asumen protagónicamente su vida y con ello impactan positivamente la vida de sus entornos sociales más o menos directos, sean estos sus familias o sus compañeros y compañeras de lucha.
    Al adultismo de derecha le resulta fácil y cómodo hablar de la “niñita”, cuestionando el tipo de formación familiar que ha recibido y hacen de ella ejemplo para dar cuenta de una crisis mucho más profunda: la pérdida de respeto a la autoridad como debilidad del gobierno. Más complaciente, el adultismo de izquierda entiende la acción de Música como arrebato juvenil, “está bien, pero está mal…”; “no estaba planificado”.
    Dejar todo en manos del arrebato significa quitarle la condición política a la acción de Música, nosotros no le vamos a privar de ello a la compañera.

    Por Carlos Soto

    Coordinador de Planeta Luchín
    Miembro del Movimiento Surda

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