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    Tímidamente durante los últimos años los nortinos nos vamos dando cuenta
    de que el desierto fértil y fecundo, lo ha sido más por el agua que por
    otra cosa. Lo es más por el agua que en forma de llovizna, “lluvia
    altiplánica”, bajada de río, camanchaca, termas o aguas subterráneas,
    permite la vida; entre ellas la vida humana y el desarrollo económico del
    norte.
    Y se va cayendo -aunque sea doloroso para algunos-, el mito de que el
    salitre antes, el yodo y el cobre ahora, son los que lo hicieron y hacen
    fecundo este territorio.
    Para darnos cuenta de ello, hemos tenido que ajustar el lente, limpiarlo.
    Y así enterarnos de noticias antiguas y actuales -aunque todas vigentes-,
    como la extinción lenta pero segura de Quillagua, de la brusca
    desaparición del Valle de Quisma, de que la resiliencia de los ecosistemas
    tienen su límite, y cada vez con más frecuencia, escuchar que por estos
    lados “no hay agua”. Todo lo anterior cuidadosamente respaldado por
    nuestra legislación hídrica.
    En La Tirana, los parceleros señalan que cada vez hay que hacer los pozos
    más profundos para encontrar agua. Los agricultores del Valle de Azapa
    advierten una vez más sobre el descenso en los niveles del acuífero que
    los alimenta a ellos y a la ciudad de Arica. Los salares de Atacama y
    Punta Negra ya no son lo mismo que años anteriores y en la zona de Copiapó
    se han encontrado de golpe con un déficit hídrico general, que ha llevado
    a la Intendenta Regional a decir que evaluarán la posibilidad de decretar
    zona de emergencia. Más al sur, los campesinos de las comunidades
    agrícolas de la IV Región, han intentado sortear por largos años períodos
    de sequía a punta de subsidios y voluntad, pero esto no es suficiente.
    A lo anterior se suma una creciente preocupación en las ciudades de Arica,
    Alto Hospicio, Iquique, Calama y Antofagasta, esta vez no por la
    disponibilidad de agua, sino más bien por la calidad de ésta.
    Surge entonces la pregunta: ¿Es posible alcanzar un uso sostenible del
    agua en el desierto más árido del planeta? ¿Cómo hacer para compatibilizar
    los usos industriales, con los urbanos y los ancestrales?
    Plantearnos la sostenibilidad de todas las formas de vida y culturas
    presentes en el Gran Desierto de Atacama, a la vez que se expande la
    actividad minera, crecen las ciudades y se impulsan nuevos polos de
    desarrollo económico, parece ser un objetivo demasiado ambicioso, pero al
    menos necesario de plantear para desde allí sincerar los diálogos. La
    factibilidad de lo anterior, está por verse.
    Frente a ello, cada actor en el Gran Atacama tendrá que aceptar jugar un
    rol. Los sectores industriales, particularmente el minero, tendrán que
    apurar el desarrollo de proyectos para disminuir drásticamente el uso de
    agua dulce. Las sanitarias jugarán un rol particular no sólo en el
    mejoramiento de la calidad de las aguas que venden a la sociedad, sino que
    también en la construcción de alianzas con otros sectores empresariales
    para complementar usos.
    La institucionalidad pública, particularmente aquella especializada en
    temas hídricos, jugará un rol no sólo direccionador, sino que con especial
    énfasis en la promoción de espacios de participación entre Empresas,
    Gobierno y Sociedad Civil.
    Por su lado, la Sociedad Civil jugará un rol fundamental en el
    perfeccionamiento de la legislación hídrica, así como en la promoción de
    espacios concretos y de largo aliento para la participación activa y
    organizada en mesas de trabajo tripartita, cuencas hidrográficas u otras
    instancias de manera de ejercer control ciudadano en un marco de Estado de
    Derecho.
    Estos espacios de cogestión requerirán de las partes involucradas visiones
    de largo plazo, voluntad política y compromiso para lidiar con los
    desafíos y tensión de intereses. Por ello, es conveniente agregar a la
    reflexión que el tema de la escasez de agua en el Gran Atacama, no es sólo
    cuestión de sequía, es también cuestión de ceguera: aquella que impide que
    distingamos la dimensión democrática del uso del agua en este desierto.
    Mayor participación ciudadana y nuevos y mejores espacios de cogestión
    entre Gobierno, Empresas y Sociedad Civil se traducirá en más ojos
    interesados en el uso sostenible del agua en el desierto más árido del
    planeta.
    En el norte ya se dan los primeros pasos: los damos por necesidad y
    también por conveniencia colectiva. Y aunque el éxito no está asegurado,
    existe la voluntad para avanzar hacia modelos de cogestión que aseguren un
    uso más sostenible del agua y en consecuencia, del resto de los recursos
    naturales de esta zona. Todo, con la esperanza de que el desierto siga
    siendo fecundo, no por el salitre, por el cobre ni los nitratos, sino que
    por la existencia del recurso natural que posibilita el uso de todos los
    otros y por cierto de la propia vida humana.

    Por: Claudio López, Red Puna Sustentable, Grupo Agua – Socios Fundación
    AVINA

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