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    “La Concertación será un partido único”, dice el titular de la entrevista al Secretario General del Partido Socialista publicada hace un par de semanas por “Ercilla”. Allí Marcelo Schilling señala que no hay ya diferencias entre los cuatro partidos que integran la Concertación: “yo casi no puedo expresar ninguna”. Y anuncia: “Tal vez no ahora y bajo modalidades que yo no puedo predecir, pero puedo casi asegurar que la Concertación va a terminar siendo el partido de la Concertación”.

    Estos planteamientos visibilizan un debate indispensable, gracias a la disposición de Schilling para asumir riesgos políticos a cambio de promover los proyectos que considera deseables. No es poco en una Concertación que ha hecho de la hipocresía política un método y que es hasta ahora incapaz de romper con el molde del continuismo.

    Sería cómodo criticar al Secretario General esgrimiendo un “nacionalismo de partido”. Los partidos no son sólo ideas, poderes y frías razones, también son emociones, memorias e identidad. Pero, no es esta la línea argumental que quisiera desarrollar ahora. Me parece de más interés aquello que Schilling pone sobre el tapete sin sentimentalismos: los partidos son entes históricos y por tanto no son inmortales. Deben cumplir una función específica para justificar su sobrevivencia.

    El actual Partido Socialista vivió hace unos años una tentativa, frustrada a pesar de estelares apoyos partidarios y externos, cuyo propósito era la fusión con el PPD. Previamente, el proceso de reunificación socialista de 1989 y la posterior inscripción legal del PS fueron intervenidos por la idea de absorber los segmentos socialistas dentro del instrumental Partido por la Democracia. Eran los tiempos cuando algunos preferían no tener historia a tener una tan marcada como la de los socialistas y de la izquierda, cuando la conveniencia de corto plazo era carecer de referentes teóricos o hacerlos lo más difusos posibles. En aquella época muchos evitaban pronunciar el nombre de Allende y comenzaban a desbordar la “renovación” original para llevarla al paroxismo travestista al que ha llegado. Pero el propósito explícito de la entrevista de revista “Ercilla” es más abarcador: no se trata de fundirse con el PPD, sino con el conjunto de la actual Concertación.

    El objetivo es coherente con la tercera etapa histórica de la política de alianzas que vive hoy el Partido Socialista: la alianza preferencial con los democristianos (la primera privilegió al Partido Comunista, la segunda el entendimiento con los partidos concertacionistas laicos PPD y PR). El Partido Demócrata Cristiano, sin embargo, no comparte el horizonte del Secretario General del PS. Soledad Alvear ha señalado de inmediato que su partido no está disponible para renunciar a sus definiciones doctrinarias. No debiera sorprender: es poco razonable creer que la disolución del Partido Socialista y su incorporación al Partido de la Concertación, como horizonte político, no despertarán a lo menos ciertas dudas. Por mi parte, quisiera exponer algunas.

    Si el Partido Socialista llegara a autoeliminarse no será simple recoger sus principios  esenciales en una fuerza política como el Partido de la Concertación y sostener definiciones socialistas y de izquierda. Tampoco será posible hacer olvidar su ideario y tratar de enterrarlo con un funeral de primera. Entonces, la eutanasia socialista dejaría a miles como yo sin partido pero con las ideas socialistas, sin partido pero con una visión de izquierda. El Partido Socialista habría terminado, pero las ideas socialistas no.

    La Concertación, en vez de sustentarse como una coalición entre fuerzas de centro y de izquierda, ha tendido a convertirse en un consorcio de centro-izquierda excluyente. Su conversión en un partido que absorba a sus integrantes actuales culminaría esa tendencia perjudicial. Un camino positivo, en cambio, sería reconstruir un acuerdo democrático y popular mediante un nuevo pacto inclusivo, capaz de sobrellevar y respetar claras diferencias entre componentes de centro y de izquierda aunados por un programa común.

    Efectivamente, los avances que Chile necesita con urgencia requieren de mayorías democráticas sólidas. Pero, ¿cuál mayoría? ¿La mayoría de los ciudadanos? ¿La mayoría de los votantes? La pregunta no es menor. Un segmento creciente de ciudadanos no vota ni planea hacerlo. Se trata de un fenómeno macroscópico y grave que la “Concertación coalición” no ha podido enfrentar. No se divisa ninguna razón por la cual la idea de la “Concertación partido” pueda hacerlo exitosamente.

    Por otra parte, las mayorías se construyen, hay que batallar en las instancias sociales para lograrlas. Ha sido esta una de las falencias de la Concertación: haber perdido la fuerte conexión que tuvo con la ciudadanía, contribuir a un cuadro de indiferenciación en que no siempre es fácil discernir entre el progresismo y el conservadurismo. ¿Podría la inmolación del Partido Socialista en los altares del conformismo resolver este problema? Me asiste la convicción que, por el contrario, tendería a acentuarlo.

    El ánima del socialismo chileno es una presencia incómoda en el escenario de la embarazosa transición chilena. Por eso en más de una oportunidad se le ha querido imponer la extremaunción al Partido Socialista. Es una paradoja, ya que el aporte socialista a la reconstrucción de una democracia mínima, aunque incompleta y excluyente, ha sido apreciable. Pero los poderes consolidados en la postdictadura desean domesticar o acallar todo lo que perturbe su ejercicio autoritario y socialmente injusto. Una segunda paradoja es que los propios socialistas no sean capaces de valorar su herencia y su futuro.

    Por Jorge Arrate
    (*) Jorge Arrate fue Presidente del Partido Socialista.

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