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    La magnifica inauguración de los Juegos Olímpicos en Beijing 2008 muestra los esplendores del montaje mediático en el siglo XXI, un tiempo en que el mundo entero ha devenido espectáculo. Hoy se sabe que los fuegos de artificio y la pequeña niña que entonaba un dulce himno no eran sino un “simulacro”, un logro de la Alta Tecnología Digital al servicio de una “performance”.

    Desde la antigüedad, el espectáculo y la política han estado íntimamente ligados. Lo que hemos visto en Beijing 2008 hace evidente un fenómeno al que, casi sin darnos cuenta, ya estamos habituados: la hiperindustrialización de la cultura para públicos hipermasivos. Esto quiere decir que todo acontecimiento “histórico” sólo existe en cuanto es construido en lenguaje audiovisual para las pantallas del mundo; sea que se trate de las noticias, los personajes, las catástrofes o las modas.

    Las autoridades chinas, muy al corriente de las nuevas claves culturales que se agitan en el mundo, han convertido la inauguración de estos Juegos Olímpicos, en una ocasión propicia para ofrecernos una “puesta en escena” que nada tiene que envidiarle a Disney World o a Hollywood. Más que sentirnos sorprendidos por los “efectos especiales”, cabe celebrar su virtuosismo estético y tecnológico.

    La cuestión inquietante, sin embargo, radica más bien en la relación entre la dimensión estética del espectáculo y su alcance político. Hemos asistido a un mega evento transmitido al mundo entero, en que las masas seducidas por los destellos celebraban alborozadas los logros de una China con vocación de gigante. Bajo el liderazgo de un partido único, con una estrategia de modernización capitalista, este país levanta la bandera del futuro.

    Las masas poseen un doble rostro, por una parte representan la fuerza y la pasión modernas; pero al mismo tiempo muestran el espeluzno de la voz única, regimentada, que no admite singularidad ni disenso. La China de hoy, en efecto, acalla las voces que disienten, vigila y controla toda expresión política que se aleje de las directrices oficiales.

    Hay un leve y sutil hilo de seda, imperceptible, que une este momento histórico con otro bien conocido: Berlín 1936. Un pueblo extasiado por un mañana que se prometía milenario. La magnificente puesta en escena estuvo a cargo de Albert Speer y los efectos visuales quedaron registrados para siempre por Leni Riefenstahl. Hoy sabemos cómo todo el espectáculo administrado por Goebbels adquirió el macabro tono ceniciento de los crematorios para acallar los lamentos de las víctimas.

    La China actual está atravesada por paradojas y contradicciones, pues junto a sus inmensos avances tecno-económicos, exhibe rasgos políticos ya desacreditados hace décadas en gran parte del mundo. La irrupción de una forma económicamente capitalista en un contexto militarista y autoritario, no es novedad. No olvidemos la especial amistad que unió siempre a las autoridades chinas con el gobierno de Pinochet. Lo nuevo, quizás, es su instalación como espectáculo de masas en la era de la virtualidad digital.

    Surge inevitable una inquietante pregunta sobre el plumaje que tendrán las aves incubadas en este “Nido de Pájaros”, al calor de la seducción digital de las masas, obnubiladas por la promesa de un destino luminoso en el mundo del mañana.

    Por Álvaro Cuadra
    Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados (ELAP).

    Arena Pública, Plataforma de opinión de Universidad ARCIS.

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