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    El Consejo de Rectores de las universidades chilenas -estatales y de vocación pública- decidió postergar en un par de semanas la rendición de la PSU, debido a la pérdida de clases como consecuencia de las manifestaciones de estudiantes secundarios. Supuestamente, dos o tres semanas más podrían variar los resultados de esta prueba, lo cual es bastante poco probable, como sabemos quienes nos dedicamos a la educación.

    Este tipo de decisiones refleja, en parte, la mirada que nuestra sociedad tiene de los procesos educativos. ¿Quién puede creer que dos semanas más de preparación mejorarán los resultados de una examinación? Claramente, lo que no se aprendió en los años de la educación media, no será recuperado en ese período. Pero, sin duda, la medida será vista como positiva, tal como sienten y reaccionan los estudiantes cuando logran la postergación de un examen.
    Los procesos educativos, qué duda cabe, han experimentado un enorme cambio y es necesario que entendamos aquello y que seamos capaces de caminar con los nuevos tiempos, tanto en el discurso como en las acciones. Y en este desafío, el papel de las universidades es servir de guía para estas nuevas acciones.
    El “calentar” los exámenes responde a una forma de educación que privilegia la memorización por sobre el desarrollo de las capacidades de análisis y de proyección que se busca en un profesional moderno. Las carreras universitarias se han venido desarrollando con currículos lineales, en los cuales pasar un curso sería garantía de un buen desarrollo profesional futuro.
    La formación moderna de profesionales habla hoy de currículos por competencia, es decir que el soporte teórico que le da fortaleza a la formación se debe compatibilizar con el desarrollo y aplicación de esa habilidad en el mundo real. El desarrollo del ser (la esencia de un profesional), el saber (el conocimiento) y el saber hacer (el desarrollo de las habilidades profesionales), son los requerimientos actuales.
    Pero aquello no se logra con los mecanismos pedagógicos aplicados mayoritariamente en la educación media y la universitaria, en la cual el profesor o docente es quien posee los conocimientos y el estudiante -poco menos que un ignorante-debe limitarse a acoger, memorizar y repetir lo que se le dice. La gran capacidad de raciocinio de los jóvenes (que quedó demostrada con los líderes de la “revolución de los pingüinos”) exige que los docentes sean articuladores del conocimiento, proponiendo problemas, acompañando en la solución y articulando la enorme disponibilidad de conocimiento que existe. Si ello no se logra, la educación no cumple con el objetivo de formar profesionales proactivos.
    Entonces, no es el tiempo el importante sino los resultados que en ese tiempo se obtengan. Es como la Jornada Escolar Completa, una excelente idea pero pésimamente implementada. El tiempo agregado a los horarios no ha sido una buena inversión, tal como lo destacaron los secundarios durante el paro, ya que no ocurrieron cambios sino que hubo más de lo mismo. Y ya “lo mismo” era de baja calidad.
    La postergación de la PSU no es mala en sí. Lo malo es creer que medidas como esas variarán en algo el mapa educativo chileno. Parece necesario, entonces, avanzar cada vez más en torno a la articulación y consecuencia del discurso, para dar los pasos definitivos que nos despeguen del sistema educativo actual en dirección a la necesaria modernización.

    Juan Domingo Ramírez

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