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    “La encuesta CEP era esperada entre los políticos de distintos sectores y sobre todo en el Gobierno, tanto así que se gestó un análisis con los motivos de la baja en el respaldo ciudadano” (…) Dicho análisis “llegó a manos de varios parlamentarios a modo de guía para coordinar sus opiniones” publicaba La Nación del 29 de julio de 2010. “Un análisis”, vale decir la lista de argumentos que estructuran lo que se considera ahora como el súmmum de la política: la comunicación. En Chile, desde hace ya muchos años, los políticos de todas opiniones explican todo tipo de fenómenos como si fueran problemas de imagen. Pinochet y las instituciones que mandaba no fueron criminales: tenían problemas de comunicación, proyectaban malas imágenes. Lo reafirmó recientemente Miguel Otero -ex-oficial de ejército y ex-embajador de Chile en Argentina-, en la famosa entrevista al Clarín que provocó su revocamiento: “¿Usted por qué cree que nosotros desde afuera lo miramos tan mal a Pinochet? – Primero, creo que le falló absolutamente lo que era la comunicación social.”

    La Concertación creó instituciones para “construir una identidad para Chile” y habló durante veinte años de “imagen país”, imagen que la entonces directora de ProChile definía como: “un país geográficamente variado y puro, con una economía estable, abierto al mundo, donde la palabra se cumple y la gente es cálida, eficiente y emprendedora.” Cada uno medirá el grado de auto-convencimiento que se necesita a diario para reemplazar el país real por este otro, pero lo cierto es que pareciera que toda la clase política chilena está dispuesta a participar en este ejercicio. Y sigue habiendo una institución pública, dirigida equilibradamente por personas cercanas al gobierno y otras cercanas a la Concertación, la Fundación Imagen de Chile, cuya razón de ser es nada menos que inventar un Chile virtual.

    Es inútil insistir sobre el hecho de que una identidad nacional nunca se ha fabricado como quien promueve una marca (ellos hablan de “marca Chile”). Pero hay que reconocer que este pésimo storytelling, para llamarlo por su nombre, es objeto de un consenso entre todos los partidos políticos desde hace veinte años. Uno se pregunta por qué, y la única respuesta que viene a la mente es: porque los tranquiliza, les da un sentimiento de seguridad. No necesitan preguntarse qué país somos, qué país hemos sido ni cómo seremos eventualmente en el futuro.

    En un pequeño libro (es un autor que nunca escribe muy largo) titulado Lo real y su doble, el filósofo francés Clément Rosset dedica unas páginas a la estupidez. La considera de dos puntos de vista distintos: el de los que aprueban espontáneamente temas irrisorios, y el de los que los aprueban después de un examen escrupuloso. Estos últimos, dice, se creen protegidos por la seguridad de haber entendido el tema, pensando así estar a salvo de críticas. Es la forma suprema de la estupidez. Es el ejemplo de Edipo, hijo adoptivo de los reyes de Corinto que, tratando de escapar al oráculo que anunció que mataría a su padre y se casaría con su madre, huye hacia Tebas, su patria de origen. En el camino se cruza con su verdadero padre, lo mata y termina casándose con su verdadera madre. “You all know security is mortals’ chiefest enemy” declara Hécate (Macbeth, III, V). Hay certidumbres que son fatales.

    Por Armando Uribe Echeverría

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