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    Desde los albores de la República, las leyes formuladas por una oligarquía abyecta les han permitido cebarse como cerdos, a lo largo de la historia. Sus apellidos se repiten en la cazuela de los lustros, la tendencia nepótica por perpetuarse en la hegemonía tiene un motivo natural: el poder, la concentración de la riqueza. Les atrae como la sangre a las garrapatas.


    Mientras tanto la mayoría, es decir, todos aquellos encalillados ciudadanos que miramos el fin de mes con horror fatídico, aprehendida la lección que levantarse contra el “orden institucional”, la patronal, el Estado, o como queramos llamarle; ha tenido para esa mayoría que le “saca el humito a la fabrica” –por decirlo de una forma elegante – consecuencias nefastas (genocidios, torturas, desapariciones, represión, y un largo etcétera). Nuestro rol ciudadano, nuestra libertad se resume ahora en elegir que marca consumiremos, que zapatillas, que modelo de televisor o de auto, que calzones, pañales o cementerio, y determinar en cuántas cómodas e interminables cuotas mensuales pagaremos. Nuestro ejercicio cívico de votar cada cuatro, seis, o quinientos años, es un eufemismo, un acto inútil que nada cambia, salvo para los buitres que se relamen con el negocio redondo que resulta la democracia. Elegir entre un candidato u otro resulta el mismo ejercicio que elegir con qué pasta de dientes te vas a lavar después de las comidas, sabiendo que ninguna finalmente te quita el sarro.
    ¡Ahora nos espantamos por que nos están robando!
    Señora, nos están robando hace tanto tiempo que ya ni nos acordamos. Y nosotros, (oh! La sociedad civil) abúlicos, temerosos, pasivos, sentados frente a la televisión – el nuevo opio postindustrial- haciendo zapping con lo único que controlamos en la vida; vemos cómo las grandes corporaciones multinacionales, en los 30 segundos que dura un comercial, producen los nuevos significados para nuestra sociedad adormecida, y esos significados no son más que basura, propaganda de la dominación, de la secularización del mercado. Mientras nuestra querida oligarquía, mercantil, terrateniente, política, fabril, religiosa y militar, promulga los decretos y las leyes, en la institucionalidad creada por sus abuelos (la portaliana democracia de los ilusos); firma los tratados de libre comercio para participar en la orgía de la profitación, o al menos de las migajas que caen de la mesa de las transnacionales. ¿Se ha dado cuenta que la pulpería no ha desaparecido?, cada vez que paga una de las mil cuotas de la televisión de plasma de 89 pulgadas, en donde ve desfilar la realidad construida por los nuevos encomenderos, se parece a uno de esos mineros del salitre masacrados por allá por 1906. Salvo que en esta masacre no corre sangre (o tanta sangre), si no que nos atomizan, nos fragmentan, nos deshumanizan, lo que es peor. La esclavitud tampoco ha desaparecido –usamos corbata y marcamos tarjeta, eso sí- y nos han convencido, a través de un discurso elaborado por décadas e internalizado generación tras generación – a través de las escuelas, liceos y universidades-, que es la senda natural del progreso. Vemos graciosamente en la crónica de los noticieros, cómo los usurpadores se usurpan entre ellos, cómo los timadores promulgan leyes en un Congreso edificado por las manos asesinas del cremado dictador de la República. Sólo falta que clonen a Portales para que pregone la democracia de los ilusos, para que el mentor de todos los malditos homicidas republicanos exprima la última gota del limón de pica, le saque el último jugo a los engranajes de las industrias, mientras la sobreacumulación de las inconmesurables y todopoderosas corporaciones obligan a matar de miseria a cincuenta millones de personas por día. Como ve señora, señor, el robo no ha tenido mesura. Abolieron la esclavitud y el encomendero se puso corbata. Abolieron el miedo y como buenos ciudadanos compramos la farsa como antigripales en la farmacia. Nos abrieron las puertas del calabozo y nos liberaron a punta de cañonazos. Sólo que la libertad era un pasaporte directo a las usinas, al empleo flexible, al carrusel del consumo idiota del cual nadie se quiere bajar. Era la libertad de ser nuevamente esclavizados con la sonrisa afable y un buenos días todas las mañanas.

    Manuel López

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