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    Para el Ministro Villarroel, que prescribió el caso de los desaparecidos de La Moneda, la única violación a la ley que encontró imputable fue al Código Sanitario, por contaminar las aguas del pacífico con los cadáveres lanzados desde los helicópteros en la Operación Retiro de Televisores. Importante consideración medioambiental del Ministro.


    Desde hace un tiempo a esta parte que se respira en el aire una premura por cerrar el círculo de acero de la “Reconciliación”, aquel engendro de nuestra democracia pactada, tirando al tacho del olvido cualquier caso que huela “a la añeja problemática de los derechos humanos”. Los chivos expiatorios ya están cumpliendo condena en los hoteles construidos para tales efectos, y todo huele a amnistía -la letra chica del contrato que firmara la concerta en nombre de todos los chilenos-, mientras frenéticos esperábamos la alegría que se quedó en el bolsillo perro de nuestros queridos dirigentes de la Concertación, que ahora vueltos peces gordos se pelean por los morlacos. La cosa se veía venir desde aquel “justicia en la medida de lo posible” que pregonara cínicamente el abogado Patricio Vetusto Aylwin, embestido de presidente por allá en los ahora lejanos 90’s; mientras ocupados estábamos esperando los conciertos de la Amnesty International con New Kids on the Blocks y Peter Gabriel como platos fuertes y un brutal ajuste del modelo económico liberal que nos dejaran los Chicago Boys, adecuado prolijamente por los economistas que volvieron del “exilio dorado” y que disfrutamos hasta nuestros días. ¿Qué hizo el tercer poder del Estado mientras desfilaban los detenidos por la Vendita Sexi, por el Nido 18, por Londres 38, por Ritoque, por La Esmeralda, por Guardia Vieja, por la Base del Belloto, por la casa de la risa que los ratis tenían en Huachocopihue (la lista es larga)? Se hicieron los desentendidos, eternizando investigaciones que llegaban kafkianamente a ninguna parte, apilándose los expedientes en los juzgados, como se apilaron los muertos en las fosas clandestinas después de los fusilamientos. El poder Judicial tiene una cuota no menor de culpabilidad con su silencio cómplice en todas las atrocidades, latrocinios, usurpaciones y un largo etcétera, que se cometieron no sólo durante el régimen del hijo de puta de perrochet y los Chicago Boys, sino que desde que se dividieron los poderes del Estado. Es cosa de escarbar en la tremenda fosa común a la que llamamos eufemísticamente “historia de Chile”. Pero, suena a delirante, a locura, cómo se le ocurre eso, en nuestro país, modelo de desarrollo y estabilidad, por favor no. El tribunal de la Suprema, los Tíos Caifases que dirimen en sus conciencias e interpretan el derecho, los códigos, leyes y decretos que configuran el entramado legal con que nos gobiernan, sufren de una demencia senil “de leve a moderada” que les impide asumir sus acciones o falta de acciones cuando se asesinaba y torturaba en los cuarteles. Callaron cobardemente y siguieron interpretando la ley en sus conciencias carroñeras. Salvo algunas honrosas excepciones -uno que otro magistrado que investigó por aquí o por allá y que fue acallado por los tribunales superiores después de algún telefonazo del perro mayor-, los tribunales se dedicaron a encarcelar rateros, monrreros y lanzas, que se hicieron tan comunes como los precarios planes de empleo del POHJ y el PEM. Habrá que esperar a la pelada que haga su trabajo, pero en los altos sillones de la Corte Suprema los buitres administrarán su parte de la carroña del poder, peleándose a picotazos en la escalera del ascenso, los otros buitres que esperan los nombramientos a las ternas. Señora, señor, mientras tanto, veamos tele. Adelante estudios.

    López

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