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    Nací bajo la mirada atenta del patriarca siniestro ese, en el mundito en blanco y negro de la telefunken, a veces arrullado por los tiroteos en una noche como boca de lobo; por allá en Belloto Sur, Serena 946, Block 10, depto. 21. Me acuerdo igualmente de Cesar Antonio Santis y 60 Minutos; matinal del once, con Fabricio Levera invitando a un plato de tallarines a quien pasara por su venta de maquinaria agrícola. Al cura Hasbún deshilachando la madeja abyecta de su bífida interpretación de la historia; Félix el gato y su maletita mágica. Me entretuve con la Tía Patricia, mientras desfilaban los encapuchados a los simulacros de fusilamiento en la base aeronaval del Belloto, por ahí cerca, camino a Quilpué. Y todo bajo su atenta mirada. No se movió ninguna hoja de aquellos otoños, ninguna. Esperábamos al viejo pascuero y las metralletas de plástico, jugábamos a matarnos en las ruinas de las KPD. Alguna noche una cadena cortaba la semi tranquilidad de Belloto Sur y sonaban las cacerolas desde las ventanas, se encendían los forros en las calles hasta que las ráfagas iluminaban la negrura de la protesta y todo quedaba en silencio. Le miraba en las noticias, con su grandilocuencia de tiranosaurio, escuchaba su voz nasal, amedrentado por sus modales marciales, rompiendo ladrillos y pregonando televisores y bicicletas, en la bonanza del amanecer neoliberal. Aprendí a odiarlo lentamente, año tras año, entre jugar al pillar y la escondida. Recé por que muriera. Pero la única plegaria que se escuchaba como una letanía era “y va a caer, y va a caer”, como si fuese invencible, como si nadie pudiese enfrentarle.
    El maldito cohete low rebotó en el blindaje de su Mercedes Benz ese 7 de septiembre. Ahí me di cuenta que esa figura omnipresente y siniestra, que nos amenazaba desde la pantallita del telefunken y que mostraba los orificios en las ventanas blindadas, era un ser de carne y hueso; que podía morir desangrado, destruido, fragmentado, torturado, flagelado. Años después, cuando lo vi flamante senador autodesignado, sentándose en el sillón de aquel horripilante edificio que mandara a construir para su democracia de bolsillo, caí en la cuenta –nuevamente – que además de ser un siniestro ser humano de carne y hueso, era además un caradura, un maldito dueño de la pelota, de los arcos, del árbitro y del partido. Ahora lo veo muerto, con un par de desgarbados muchachitos ABC1 estirando sus brazos como una anacrónica juventud hitleriana. Hinchado, enfundado en su uniforme de general de generales, con tapones de algodón en la nariz, embalsamado, quieto. Cuando ya es ceniza, me doy cuenta –finalmente- que el gran patriarca no fue más que un naipe marcado de la baraja; un dado cargado, ahora inútil; una pieza más en el tablero de los usurpadores.

    Manuel López Muñoz

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