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    En las palabras del cardenal Ezzati se destila un odio enfermizo. Y en sus acciones queda demostrado el cinismo de una curia que sacia sus apetitos, todos, sobre la base de la ignorancia de un pueblo que en algún momento confundió sus íntimas convicciones, con la adoración a profetas falsos, sacerdotes delincuentes y organizaciones eclesiales corruptas y criminales.

     

    La iglesia católica chilena puede lucir, debiera ser con vergüenza, un largo y tenebroso historial de abusos en contra de quienes, según sus escrituras y principios, son sus más sagrados creyentes: la gente menesterosa, los perseguidos, los ofendidos.

     

    Trampeando sus preceptos originales, se ha puesto casi siempre del lado de los que debieran ser sus enemigos, si se atiende a lo que ellos mismos declaman en los púlpitos cuando re refieren a quienes acompañaban al Salvador.

     

    En un país decente declaraciones como las que se escuchó al Ezzati, despreciando vilmente a las personas trans y pasándose por el perineo sus declamaciones cristianas, deberían ser motivo de un proceso criminal por medio del cual se vea obligado a purgar merecida sentencia.

     

    Y en un país de esas mismas características, las creencias íntimas de las personas deberían ser de su propio cargo, manifestados en la intimidad de sus hogares y cultos, siendo el Estado, en el contexto de una laicidad plena y obligatoria, el que vele por esos derechos y por los derechos de todos de vivir en un ambiente descontaminado de imposiciones  y creencias que son del dominio de lo personal.

     

    Del mismo modo, sujetos turbios como el cardenal Ezzati no pueden en caso alguno ostentar una condición de autoridad que se atreva a dirigir las conciencias de todos los habitantes.

     

    Que se contente con orientar o dirigir a los que comparten sus creencias y que dejen al resto vivir sus vidas como les dé la gana.

     

    Si usted cree en Dios, cosa suya. Si no cree, también.

     

    Sobre todo si la iglesia católica hace mucho tiempo viene involucrada en escándalos demasiado mundanos como para tener la moral de pontificar acerca de temas que escapan del dominio del dogma que abrazan.

     

    Los innumerables casos de abusos en contra de niños por parte de curas inmorales, cínicos y derechamente delincuentes que han salido a la luz pública, y los infinitamente más que van a permanecer en las tinieblas, dicen mucho de una  iglesia que perdió, si alguna vez la tuvo, la brújula de la fe.

     

    Y se ha transformado en una organización mundial en la cual se acoge a pedófilos y extraviados que han hecho su agosto entre las personas que se integran a la grey para buscar consuelo y acogida.

     

    Jamás se sabrá la cantidad de niños abusados. Jamás se sabrán todos los negocios turbios en los que la iglesia católica ha traicionado sus propios preceptos y disposiciones.

     

    En Chile hubo un ejemplo de una iglesia cercana a los pobres y a los que sufren. El cardenal Silva Henríquez, cura honesto y valiente, no dudó en ponerse del lado de los perseguidos y de las víctimas de la cobarde represión militar, entre las que hubo también sacerdotes que dentro de su fe abrazaron la causa de los más desposeídos.

     

    Aún no se ha sabido cuántas vidas salvó esa iglesia por medio de la Vicaría de la Solidaridad en la época más tenebrosa de la tiranía. Ni tampoco el rol que jugó la iglesia popular y sus curas obreros en los sectores más castigados por la represión y la economía en esos tiempos aciagos.

     

    Pero toda esa rica experiencia que dotaba de sentido histórico y humano la función de una iglesia que no se alejó del pueblo, al contrario, que decidió correr su mismo destino, desapareció con la llegada de una curia embelesada con el poder  y contaminada de un anticomunismo tan profundo como su fe.

     

    La iglesia de la posdictadura fue y sigue siendo funcional a un orden económico del cual el mismo Nazareno sería un enemigo brutal.

     

    En de Nazaret no haría mal en volver a poner orden en su casa. Debería partir por expulsar a los mercaderes de su templo y, mejor aún, castigar severamente a sus representantes terrenales, esas alimañas que han sido cómplices, encubridores y coautores de delitos expresamente prohibidos por su Palabra.

     

    Entre otros muchos, debería castigar con las penas del Infierno al cardenal Ezzati por la mala propaganda que ha hecho a sus ideas.

     

    Ricardo Candia Cares

     

     

     

     

     

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