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    Si bien visité las ramadas del parque Alejo Barrios en Valparaíso y las de Talca, comí anticuchos y me subí a un inseguro juego mecánico llamado “pulpo”, la mayoría de los días festivos los pasé en casa, sin pierno, es decir sola, haciendo una exhaustiva y neurótica revisión de la programación de la señal abierta.

    El lunes 17 de septiembre, día de feriado legal para aumentar el ritual dilapidador, apagar la sed y olvidar las penas, se transmitió por la señal pública un Informe Especial que daba a conocer un país indígena enterrado bajo la avalancha de ineptitudes gubernativas, un pueblo- que sólo será reconocido como etnia- en la blancura fría del olvido, amenazando con enarbolar la bandera argentina.

    Chile generoso con Perú –limando asperezas limítrofes- magnánimo con Haití – reforzando la ocupación norteamericana- pero negligente y tacaño con los Pehuenche que hacen soberanía, en ésta la nación captora, no fue capaz de enviar pronta y suficiente ayuda a nuestros hermanos, que afectados por el terremoto blanco vieron morir sus animales y quedar completamente aislados de los centros de salud y abastecimiento.

    Luego vino la trasmisión de Mala Leche, y el lumpen narco se apoderó de las pantallas.

    Cine chileno que retrata descarnadamente la realidad de los hijos de la democracia que sobreviven con un “mono” entre los dientes y que no saben ni quieren saber de libros de historia ni de cuentos de futuro, pues allá en ese Chile que queda a varios alimentadores y troncales de la Moneda se habita relegados, huérfanos de un Estado que sólo los recuerda cuando la bronca y la pasta los empuja a las calles a descargar la ira.

    Mientras, al aire en el canal del angelito la serie Héroes mostraba una excelente representación de quienes dieron vida a la República y a la política criolla, que desde tan tiernos inicios acarrea traición, personalismo y barbarie. Me fue imposible no recordarme de cuando fui por primera vez suspendida en séptimo año básico, luego de “interrumpir durante clases” de historia la perorata de la profesora Barrientos. Mientras ella nos intentaba reconstruir el heroísmo del padre de la patria, me levante para señalar que él me parecía más un tirano que un libertador y que temía que en el futuro Pinochet fuera vinculado a una figura prócer. Sediciosa, beligerante y profundamente pendeja (joven), abandoné obligadamente las aulas por tres días. Puedo sentir ahora que la saqué bastante barata, pues los sediciosos, beligerantes y pendejos que querían patria para todos, fueron fusilados por el Capitán General.

    Tras casi 200 años sabemos que se conquistó la “libertad” mediante consensos, sin apresuramientos a la Carrera, sin sueños de igualdad a lo Rodríguez. Finalmente la provincia señalada consiguió ser un autónomo feudo, un lugar donde el que oprime está dentro y no fuera de la frontera. Siempre dispuesto a dialogar con el vecino, incluso hacer pactos con el Imperio; siempre desconfiado del pueblo: el roto, la china, el indígena, el intelectual, el libertario. Creando logias y sectas, pactos y guerras secretas, enquistándose y parapetándose en un poder que se comparte si se mantiene el mismo pensamiento, creando una patria sin disidentes, disciplinada como un ejército prusiano.

    Tras casi 200 años, tan poquísimo tiempo para la historia del dragón rojo, me pregunto si seguimos siendo los mismos. Si el roto no es ahora el flaite y si la china no es ahora la peruana. Si el indígena sigue siendo exterminado esta vez sin picana, pero con expropiaciones, olvido y ley antiterrorista, el rompe filas silenciado con la expulsión y el libertario hostigado, ahora con carros lanza aguas, gases y manoplas. Incluso he llegado a creer que la pelolais y la pokemona son la misma y chilena mujer del siglo XIX, sumergida en las modas afuerinas.

    Estos días de regocijo que nos hacen dejar en la lejanía las protestas del 29 o las reflexiones del 11 y nos curan el espanto a puntas y pies de cuecas, feriados legales, aguinaldos y reguetones, y a pesar de los castigos escolares que pretendían hacerme entrar en razón y admirar la solitaria figura de la bandera, no pude entrar en una mística patriótica. Porque quizás soy una apátrida, que reconoce que no gritó durante todas estas fiestas ni un solo ¡viva Chile¡ aunque, cada vez que escuché el poema de Lillo repetí con una extraña nostalgia de lo no vivido tan parecida a la culpa “ y serás de los libres o el asilo contra la opresión”.

    Karen Hermosilla Tobar

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