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    Un diario titula: “El 67% de los maestros chilenos considera que sus alumnos le han faltado el respeto”. Esta realidad no dista mucho de lo que sucede en muchas aulas del mundo. Al respecto, el gobierno francés ha vuelto a instaurar la norma según la cuál todos los alumnos deben ponerse de pie cuando ingresa el profesor al aula de clases y decir: “Buenos días, señor profesor”. Esta es una medida adoptada por el nuevo gobierno de Nicolás Sarkozy para recuperar la pérdida de autoridad del maestro. En Canadá el 90% de los docentes sufrió agresión física o verbal. Lo mismo sucedió en España con una cifra del 70%. (La Tercera de Chile. E. Simonsen y X. Muñoz. 01.07.07)


    Aunque se quiera argumentar lo contrario, esta situación trae como consecuencia un menor aprendizaje porque si no existe un ambiente de estudio con una disciplina adecuada, difícilmente los alumnos lograrán prestar atención a la explicación del profesor. El clima del aula, con un silencio prudente influye mucho a la hora de captar los conocimientos que el profesor ayuda a descubrir. Sin embargo, no todos los profesores saben manejar con entereza este clima de aprendizaje, razón suficiente para incluirlo en su formación.

    Hoy el profesor no es el único mediador de conocimientos, también lo son la radio, la televisión, los periódicos, el cine y sobre todo Internet. El profesor debe estar preparado para luchar contra todo eso. No vaya a ser que nos encontremos con el relato en el que un estudiante le dijo a su maestro: “Disculpe, pero en la época de Internet, usted, ¿para qué sirve?” (Citado en “¿De qué sirve el profesor?”. Humberto Eco. La Nación de Argentina. 21.05.07). Precisamente la autoridad del profesor no viene solo de lo que sabe, sino de lo que es capaz de dejar impregnado en el espíritu del alumno, me refiero al buen ejemplo, a la transmisión de virtudes, de actitudes éticas y espirituales.

    La autoridad del profesor no se impone de forma despótica sino con unas clases debidamente preparadas y con una demostración fehaciente del dominio de la materia. La improvisación tiene un alto costo educativo al momento de dar clases porque quien no diseñó y dosificó bien las actividades de su clase, es casi probable que los alumnos hagan de las suyas. El secreto para desterrar el autoritarismo consiste en mirar la autoridad como un servicio que se brinda a personas que, al igual que nosotros, también van al aula con ilusión, alegría, tristezas, preocupaciones, o, simplemente, sin ganas de hacer nada. Para eso está el profesor, para hacer gala de su buena percepción, y motivar a sus alumnos hacia el conocimiento de la verdad.

    Otra causa del irrespeto hacia el profesor la encontramos en la permisividad de parte de los padres e incluso de quienes dirigen los colegios, unos por no perder el cariño y otros por no perder al cliente, terminan cediendo a los caprichos y actitudes irrespetuosas de los alumnos. Coincido con quienes piensan que la actual generación de padres permisivos está maleducando a una generación de hijos consentidos (“Anti Kafka”. Javier Cercas. El País de España. 01.07.07). Pero no es cierto que los padres permisivos de hoy son el fruto de la reacción contra el autoritarismo de nuestros padres de ayer. Al menos, estoy totalmente de acuerdo cuando se precisa que lo ideal es conseguir un punto intermedio entre el autoritarismo y el permisivismo, ejerciendo una autoridad afectuosa y tolerante. O generando la cercanía, pero a la vez el respeto (“El profesor novato pasa de curso”. Carmen Morán. El País. 01.07.07). El profesor de hoy debe convertirse en un experto al momento de dar confianza a sus alumnos, pero demarcando claramente el límite del respeto.

    Hay que tener cuidado en la educación actual cuando vemos casos que demuestran la separación del binomio “padres–profesores” al momento de ayudar a sacar de los alumnos lo mejor de sí. Si ese binomio se rompe, cualquier intento por recuperar la autoridad del profesor pierde sentido. Por ello, no sorprende ver que otra de las causas por las que el maestro pierde autoridad es cuando los padres, en algún momento de su convivencia diaria, emiten frases de reprobación hacia alguno de los profesores delante de sus hijos. Eso es sumamente peligroso porque en el alumno se genera un conflicto de autoridad pues no siente seguridad respecto a quién guardarle respeto: ¿a mi padre o a mi profesor? Y casi siempre, el que sale perdiendo es el profesor.

    Los padres se quejan con frecuencia de la indisciplina que impera en los colegios, pero no toman conciencia que muchos de ellos también han perdido el respeto en casa, donde se supone que ellos debieran tener también autoridad. Si ni en casa ni en el colegio tenemos respeto hacia las personas, ¿qué podemos esperar de las futuras generaciones?

    La educación de hoy exige que los padres trabajen conjuntamente con el profesor encargado de sus hijos para acordar planes de acción a ejecutar tanto en casa como en clase. Para darse cuenta que ambos necesitan encontrar un equilibrio donde no se respire ni autoritarismo ni permisivismo, sino un respeto acorde con la confianza y el acercamiento mutuo. Lograrlo no es tan fácil, pero si no luchamos habremos perdido el tiempo.

    CARLOS ALBERTO ROSALES PURIZACA

    EDUCADOR
    [email protected]

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