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    Durante demasiado tiempo nos hemos acomodado a aceptar una concepción minimalista de la democracia, como mero procedimiento de organización política de la sociedad. Una concepción que se ajustaba a las necesidades de aquellos que desde la ceguera de la cultura política, basada en el autoritarismo, otorgaban a la democracia un valor instrumental, en tanto permitiera la maximización de uno u otro de sus componentes ideales constitutivos, la libertad o la igualdad.


    La vulnerabilidad de la democracia a estos usos es bien conocida en todas las latitudes. Pero ya ubicados en la coyuntura actual, lo que ha terminado resultando bastante más peligroso es la actitud conservadora y acomodaticia de una clase política que durante mucho tiempo, y so pretexto de la defensa de los “enemigos externos” de la democracia, ha optado por atrincherarse en la resistencia a aceptar la evolución de las viejas normas e instituciones democráticas ante el temor a la incertidumbre de lo desconocido en que siempre se plantea la realización de la utopía democrática. La injustificada persistencia en estos comportamientos, a pesar de que cada vez resulta menos creíble recurrir a los “enemigos externos”, nos conduce irremediablemente a la languidez y debilitamiento interno de nuestras democracias. No resulta necesario recurrir a los socorridos datos de los estudios de opinión pública para constatar que todos los sistemas políticos democráticos, más allá de su nivel de desarrollo institucional, se encuentran hoy aquejados del mal que supone sustentarse en una ciudadanía que tras ser largamente marginada del sano proceso de construcción permanente de la democracia, muestra niveles bastante alarmantes de apatía política. Lo que incluso está empezando a arriesgar la legitimidad de la democracia en tanto procedimiento, en la medida que los porcentajes de participación en los distintos comicios electorales apenas bordean el 50%. Todo ello nos permite afirmar que en la actualidad resulta incuestionable la existencia de una amplia brecha entre el pueblo como objeto de poder, conjunto de los actos humanos regidos por la ordenación jurídica del Estado, y el pueblo como sujeto de poder, gobierno del pueblo para el pueblo. Se puede argumentar que esta brecha es probablemente menor a la que en el pasado. Pero, a fin de cuentas, se trata de una brecha que precisa de acciones pro-activas para ser aminorada, ya que nada nos hace creer que esto vaya a ocurrir de forma automática. Y es que una democracia sin postulados ético-políticos que actúen como guía o punto de referencia desde los que poner en cuestión de forma constante la práctica de sus ideales, se encuentra condenada a la deriva. Es una democracia incapaz de regenerarse y adaptarse a los desafíos y oportunidades que se le plantean en cada coyuntura histórica y, por tanto, incapaz de responder a aquellos que tratan de amenazarla. Por este motivo resulta preciso revitalizar los sistemas democráticos, a fin de evitar que las actuales democracias inermes se conviertan definitivamente en democracias inertes.
    En este anhelo por reducir la brecha entre la democracia real y la democracia ideal a nadie se le puede escapar la gran contribución que puede llegar a realizar el Internet. En nuestra búsqueda permanente por la utopía democrática, el uso de Internet nos ofrece la oportunidad de ser ciudadanos más libres en una situación de paridad hasta hace poco inimaginable. En una sociedad en la que el poder de sus respectivos actores pasa a ser medido por la capacidad de acceso y procesamiento de la información, la eliminación del imperativo temporal y espacial que suponen el Internet nos permite obviar las desigualdades intrínsecas que traen aparejado el condicionamiento de estos dos factores para la plena realización de nuestra libertad política. Ahora bien, al igual que el Internet puede ser una gran oportunidad para cumplir nuestra aspiración permanente de tener una democracia mejor, también puede suponer un riesgo evidente. La premisa sine qua non para poder ejercer el compromiso cívico-político en la Red es nuestro acceso a ella. Y si bien no cabe desconocer los esfuerzos llevados a cabo en los últimos años para acercarnos a la accesibilidad universal a la red en países como Chile, todavía estamos bastante lejos de alcanzar esta meta. Pero estaríamos volviendo a caer en los errores de épocas pretéritas si consideramos que por el simple hecho de contar con la tecnología vamos automáticamente a poder sacar provecho de su potencialidad para los fines que queramos proponernos. Como toda tecnología, el Internet adquiere valor en razón del uso instrumental que de ella hagamos. Lo que nos conduce hacia el terreno actualmente disputado de cómo convertir el Internet en una herramienta para la información, comunicación, reclutamiento, organización o dominación y contra-dominación en la arena política. Pero ello será tema de la próxima columna.

    José Ignacio Porras
    Director de la consultora ARSChile Ltda. Coordinador de los Programas en Gobierno Electrónico de la UtemVirtual
    [email protected]

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