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    En la mayoría de las elecciones de este año  en Latinoamérica el clivaje será entre la izquierda y la derecha: en Colombia, entre Gustavo Pedro y Germán Vargas Lleras, o el candidato de Álvaro Uribe, Iván Duque; en México, entre Andrés Manuel López Obrador, vs  el candidato del derechista Partido Acción Nacional, (PAN), Ricardo Anaya; en Brasil, (si la justicia no lo elimina), la disputa sería entre Ignácio Lula da Silva y el ultraderechista Jair Bolsanaro.

    América Latina -como podemos ver en el anterior cuadro electoral- no está exenta de los nacionalismos ultraderechistas que han aparecido también en distintos países de Europa.

    Brasil, antes una superpotencia política y económica, está viviendo una de sus peores crisis: ya se completan dos años de recesión, es decir, con un crecimiento negativo; el presidente Temer, después del golpe mediático, judicial y legislativo contra Dilma, cuenta con un 97% de rechazo ciudadano, pero aprovechando la mayoría parlamentaria, ha intentado imponer radicales reformas neoliberales, atentando contra las pensiones y privatizando las empresas estatales y los servicios básicos, como la educación y la salud.

    Jair Bolsanaro, actualmente diputado del Socialcristiano, donde milita la mayoría de los canutos brasileros (demás está decir que algunas sectas protestantes son más conservadas y cavernarias que la iglesia católica, que son enemigos a muerte del aborto, del matrimonio homosexual, del divorcio y, en general, de cualquier cambio progresista en la sociedad), es un ex capitán que sirvió en el ejército durante la dictadura militar brasilera, que gobernó al país de 1964 hasta 1985.

    Bolsanaro, en su programa de gobierno, propone volver al autoritarismo de la dictadura militar que, para él, fue el mejor período en la historia de Brasil. A diferencia de las ideas nacionalistas de los militares brasileros de los años ’60, Bolsanaro postula hoy para Brasil un Estado mínimo y además la copia de las ideas neoliberales, aplicadas por los Chicago Boys en Chile, durante la dictadura de Augusto Pinochet.

    Para este candidato a la presidencia de la República, quien ya cuenta con el 20% de apoyo en las encuestas, y que sólo es aventajado por Lula, las ideas centrales -como las de los Carabineros chilenos, “Orden y Patria”-, son que la sociedad tiene que estar regida por Dios y gestionada por la fuerza y la coerción, es decir, bajo el dominio de las armas del ejército.

    Max Weber, en sus obras La sociología de las religiones, y Ética protestante en el espíritu del Capitalismo, analiza la relación entre la ética luterana calvinista y el capitalismo, probando que las concepciones de Lutero y de Calvino fueron un motor principal en el desarrollo de este sistema.

    Antiguamente, los partidos políticos de inspiración cristiana, las Democracias Cristianas, en América Latina respondían a las encíclicas papales -Rerum Novarum y Quadragessimo Anno-, y por consiguiente, era críticos al capitalismo salvaje, es decir, buscaban superar el individualismo y el colectivismo; hoy, cuando se  habla de partidos cristianos o socialcristianos hay que referirse a grupos que congregan, en su mayoría, a protestantes y de sectas, en su mayoría de origen norteamericano, de una moral en extremo conservadora y una sumisión al poder político mucho más radical que la concepción paulina.

    Los partidos cristianos son aliados de la derecha en la casi  totalidad de los países latinoamericanos: en Colombia se muestran cercanos al uribismo, y en Brasil están aglutinando a los sectores más antidemocráticos de la sociedad carioca.

    Los canutos, mucho más que los católicos, han penetrado en los barrios pobres de los distintos países de América Latina: la zona sur de Bogotá, en Colombia; las favelas, en Brasil y las Villas Miseria, en Buenos Aires, Argentina, inoculando en las clases populares y de menor cultura política su visión conservadora y autoritaria de la sociedad y de la vida.

    La corrupción ha logrado minar los cimientos de la democracia en Latinoamérica, pero al contrario de lo que se piensa vulgarmente, la casi imposible tarea de erradicarla, pues es consubstancial al poder, ha llevado, en casi todos los países del mundo, a que los ciudadanos, espantados por el cinismo de las castas políticas y su podredumbre moral, elijan a personajes aventureros, infinitamente más ladrones y corruptos que los políticos tradicionales, con la diferencia de que  este tipo de populismo de derecha no puede ser, ni controlado, ni expulsado del poder.

    En Brasil, la prolongada crisis política y económica está abriendo el boquete necesario para que la ultraderecha se apropie del poder. El eventual éxito de Bolsanaro es una campanilla de alerta, o lo que es peor, una pesadilla no muy  lejana.

    Por Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

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