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    Recuerdo que desde pequeño me sentía orgulloso de poder asistir a clases. Cursé mi básica con alegría y responsabilidad, como era habitual en casi todos mis pequeños compañeritos. Cuando llegué a las esperadas humanidades (actualmente conocidas como “educación media” o secundaria), si bien la exigencia se incrementó, también lo hicieron mis conocimientos y deseos de aprender.


    Hoy día, cuando han pasado varios años desde que caminaba por las calles en uniforme escolar, siento ese ímpetu nuevamente y me identifico con los jóvenes estudiantes secundarios, que no sólo están calando profundo en nuestras conciencias, sino también han logrado -a su corta edad- hacerse escuchar y respetar.
    Las movilizaciones que han sido noticia durante los últimos días ponen de manifiesto varios problemas que afectan a la educación en nuestro país, muchos de ellos arrastrados desde la época de la dictadura militar. Sin embargo, entre las múltiples aristas de este conflicto, hay una en la que la mayor parte de los chilenos, incluso me atrevo a señalar que todos, estamos de acuerdo: algo está fallando en el sistema educacional.
    Pero es en este punto donde quiero detenerme y profundizar un poco en la falla en cuestión. Los dineros comprometidos por la presidenta Bachelet y que se destinarían a mejorar algunas de las falencias que durante este conflicto se han visto manifestadas por los estudiantes, son parte de un presupuesto ya asignado. Es decir, desde el punto de vista del financiamiento, ya estaban consideradas para ser invertidas en diferentes necesidades educacionales.
    La verdad es que el tema de los presupuestos desvía un poco la atención respecto al problema de fondo y al que deseaba aludir: la calidad de la educación. Desde que fue promulgada, la muy manoseada Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE) ha llevado al sistema educacional a convertirse en lo que está transformado hoy en día, un negocio.
    En la actualidad, cualquier particular que tenga el suficiente dinero para hacerlo, puede ser dueño de un establecimiento educacional. Y eso provoca que muchas veces el objetivo de la existencia de un liceo, colegio o escuela, no tenga absolutamente nada que ver con el de educar a nuestros niños y jóvenes, sino con el exclusivo fin de lucrar con ello.
    La raíz del problema educacional no es su cantidad, sino su calidad y ésta depende de cada uno de nosotros, ya que es responsabilidad de todos. La educación es el más efectivo medio (si no el mejor) para conseguir el fin supremo: una nación sólida, que se proyecte y permita a sus hijos lograr una vida digna y mejor, con esfuerzo, con amor a la patria, con respeto por la democracia y el Estado. Una educación consistente construye el futuro de los pueblos. Pero si el futuro depende de la cantidad de monedas que se tenga en los bolsillos, no podremos garantizar que éste sea muy esplendoroso…

    Enrique Jaramillo

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