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    Miran, eso es lo que hacen, sólo miran. Algunos saludan, levantan el dedo, profesan frases bonitas que el vulgo se traga como si fuera el camino celestial hacia la salvación. Otros simplemente no les creen. Varios, mientras, se paran frente a sus caras para rajarle los ojos y gritarles mentirosos, como si la imagen en el papel de plástico fuera de carne y hueso. Ellos, mientras, sólo miran, fijos, congelados en el flash que hoy lo tiene en cada poste en el centro de la ciudad. Sonríen ante sus nombres rayados en las paredes de modestas casas que ven como único provecho de este período de votos las monedas extras que les caerán por el muro concedido.

    Un hombre pasa y se queda mirando. Piensa que el mismo individuo que dirigía su comuna, que no lo quiso escuchar cuando pidió una audiencia, que lo trató indiferente los últimos cuatro años, hoy está frente a él, en un cartel, pidiéndole que “construyan juntos”, que “sigamos adelante”, o qué sé yo otro mensaje. Pero el hombre se ve molesto, no por el rencor que significaría ayudar a este infame, sino que tanta foto y grandes listones, sólo entorpecen las banderas chilenas que cuelgan de los alumbrados y que ambientan el mal llamado mes de la independencia.

    El mismo hombre se molesta con todos los estáticos candidatos que los saludan en este momento. Porque los árboles se ensucian con sus figuras, el verde de la plaza no muy bien cuidada por el gobernante que hoy pide otra oportunidad, se oculta entre un Piñera, una Alvear, etc. Toda la ciudad es una burda propaganda. Toda la ciudad es un chiste, porque la belleza que el vecino barrendero lleva trabajando, son destruidas por su mismo empleador, que hoy le pide un sorbo de ayuda para asegurarle su trabajo.

    Así habrá que acostumbrarse hasta el veinte y tantos después de octubre. Una ciudad ajena a la verdad y al silencio que significa la libertad de ver lo natural, de ver descansar sobre la tierra el espectáculo verde que el clima de este mes regala en medio de nuestra comuna. Habrá que embriagarse obligado, sometido, apestado, ante todas esas figuras que simulan hablar de política, y que no son más que un objeto del marketing, porque ni las frases son reales, ni menos ellos, que nacieron engendrados de algún útero partidista que busca manejar y conseguir, legítimamente, la hegemonía local. ¡Qué linda es la hegemonía!, cuando es de mi gente y no de las instituciones financiadas.

    La ciudad, de todas formas, sigue ahí, sucia. Y los hombres del cartel, mientras, sólo miran, aún de noche, aún de día, sólo miran. Eso es lo que saben hacer, mirar, sólo mirar.

    Por Julio Sánchez Agurto

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