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    Existe una antigua frase de origen popular que dice “quien no llora, no mama”. Esta célebre expresión se refiere al sencillo hecho de que cuando uno quiere o necesita algo debe pedirlo con energía, pues de lo contrario, es posible que no se obtenga nada.

    Sin embargo, hay ocasiones en las que ese acertado refrán me parece francamente fuera de lugar, por no decir absurdo. Es el caso de lo que viene sucediendo con Osorno, casi desde el momento mismo en que la Nueva Región tiene su génesis como proyecto. Pero no quiero que se malinterprete. Es normal -siguiendo con el dicho popular- que, cuando uno tiene una petición que hacer, la manifieste, la haga pública. Pero cuando las más importantes autoridades de nuestro país ya se han manifestado, y no sólo eso: ya han legislado al respecto, siento que no es momento de seguir haciendo pucheros, sino de avanzar y comenzar a mirar hacia el futuro.
    Osorno no ha interrumpido sus pataletas y parece que no piensa hacerlo. Y nos guste o no, estos lloriqueos han provocado que muchos colegas del mundo de la política comiencen a prestar atención a sus ruegos. Todo esto sería sólo anecdótico, si no fuera porque durante los últimos días se abrió un debate respecto a la posibilidad -planteada por nadie sabe quién y producto de un mero chisme, de un “trascendido”- de que la Región de los Ríos integre a parte de la provincia de Osorno… pero con ello se excluya (mejor dicho, se haga desaparecer, aún antes de haber nacido) a la Provincia del Ranco y, por ende, la probabilidad de que La Unión sea su capital provincial.
    En todo caso, debo confesar que ya no es Osorno el motivante de mi molestia, sino la manera en que el Gobierno ha continuado dilatando la decisión de crear nuestra XIV Región y dentro de ella, la división ranquina. Aunque en la Cámara Baja aprobamos con más de un 90% de los votos el proyecto, estableciendo que -aún con los alcances que se le pudieran hacer- no podría suprimirse la provincia del Ranco, continúan siendo las manifestaciones de descontento rahuinas las que más ruido han causado. Y con ello, no sólo surge el problema de que se pasa a llevar toda la Cámara de Diputados, sino que se pierde credibilidad en un proyecto sólido y beneficioso para todos.
    Pero eso no es lo principal. Sí muy importante, pero no medularmente hablando. Siento que aunque se concretara la integración política de Osorno a la región, son las voces de la gente las que estoy en la obligación de representar. Y los habitantes de la zona continúan dándome a entender que el proyecto Nueva Región debe quedar como está planteado. Sin mayores manoseos, ni modificaciones. Ni siquiera los propios ciudadanos osorninos parecen manifestar su interés en pertenecer a la Región de los Ríos.
    Entonces…¿Qué más se puede decir, que no haya sido dicho ya? Dentro de las particularidades más importantes de un refrán se encuentra la de advertir y entregar un mensaje que sirva como enseñanza a quien va dirigido. De manera semejante a una parábola. En el caso que citaré antes de despedirme, se cumplen perfectamente estas condiciones: “El que se ríe del mal de su vecino, a él le viene de camino”

    Enrique Jaramillo

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