• EC | Edición Mundo
  • El Ciudadano | Edición Chile
  • El Ciudadano | Edición Venezuela
  • Lo de Marcelo Ríos -quien ya había ninguneado la labor de los periodistas en medio de las elecciones presidenciales pasadas- invitándolos ahora a “chupársela”, es sintomático. Hay un Chile, el que sostuvo en andas el busto de Pinochet durante la celebración del triunfo de Piñera, que ha estado fondeado durante demasiado tiempo. Uno que ante el lento pero ruidoso avance hacia la consolidación de derechos sociales, se ha tenido que refugiar en el almuerzo familiar del domingo o en las redes sociales para vomitar.

    Guardando las proporciones, así como en Estados Unidos una vez que emergió la figura de Donald Trump el racismo silenciado durante años comenzó a hablar en voz alta, en Chile ocurre lo mismo entre quienes creen que la billetera, el apellido, el color de piel o el supuesto “ascenso social” son sinónimos de privilegios.

    Como la clienta que maltrató a la vendedora de la tienda Perry Ellis del Alto Las Condes, invitándola a “mirarse la pinta” y a “aprender a callarse” por “ordinaria”. O la otra mujer que ha sido registrada en más de una oportunidad insultando y golpeando desde su silla de ruedas a vendedores de locales de estos centros comerciales, y que cerró una de sus últimas performances gritando que Piñera era el nuevo Presidente y que ella había votado por él.

    Están reclamando la anhelada llegada de los “tiempos mejores”.

    Junto con rechazar y denunciar estos actos, hay que también disputar en el terreno de lo discursivo lo que debemos considerar como genuinamente ordinario. Porque si nos escandalizamos porque la “Chiqui” Aguayo le llama pene al pene y vagina a la vagina arriba de un escenario, pero festinamos cuando el “Chino” Ríos manda a un grupo de periodistas a “chupársela”, entonces estamos atornillando al revés.

    Desde chicos nos educan para asociar la ordinariez a una cuestión de clase, asumiendo que la mala educación es exclusividad de los más pobres. Como si el “Choclo” Délano arrojando computadores con información crucial de sus delitos tributarios no fuera ultra ordinario. Como si su amigo personal, Sebastián Piñera, pegándole codazos a su propia esposa frente a las cámaras de TV no representara una escena llena de una picantería monumental.

    Y en esa disputa los periodistas tienen una oportunidad única para -junto con demostrar más amor propio- ganarle el partido rápidamente a Ríos y a todos los que actúen de esa forma. Sin embargo, no solo no lo encaran por su mala educación, como ocurrió en este último incidente, ¡sino que hasta se ríen tras ser denigrados personalmente y en su labor profesional!

    ¿No bastaría con ponerse de acuerdo entre colegas y de una vez vetar la ordinariez? Se ha hecho otras veces. Ante el maltrato de una autoridad pública, camarógrafos, por ejemplo, han dejado simbólicamente en el piso sus herramientas de trabajo como signo de malestar; pero, por sobre todo, de dignidad.

    Por otra parte, ¿dónde queda esa choreza con la que los reporteros -principalmente de CHV, canal obsesionado con la delincuencia de los sectores más pobres- enjuician a los cabros chicos que la policía arresta, preguntándoles -aún cuando no han sido condenados por la Justicia- por qué cometieron tal o cual delito?

    El deporte, la televisión, la farándula, la clase política, están llenas de ordinariez vistiendo Lacoste y manejando un Audi. Si no fue tampoco hace mucho que El Mercurio hostigaba a Gabriel Boric por no usar terno o estirarse en el hemiciclo, cuando la picantería de afanarse los recursos públicos se hallaba sentada a metros del parlamentario magallánico.

    Es necesario entrar en el juego de sujetos como Ríos, pero para quebrarles el saque y jubilarlos. Dejar esa labor de relacionador público “claudiofariñesca”, para asumir la de interpelar. De hecho, basta con simplemente no prestarles más el micrófono. Si al tipo no les das bola, simplemente ya no podrá jugar.

    Anuncios
    Loading...