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    De la cancelación de Girlboss y Gypsy, las límites de los personajes femeninos.

    Ver una programa que solo tiene una temporada y que sabes de antemano que lo han cancelado es un acto de masoquismo. Es como salir con alguien sabiendo a ciencia cierta de que nunca vas a poder volver a ver a esa persona en la vida, que tienen ningún futuro. La única razón por la que cedí a someterme a eso fue porque Netflix me insistió tanto en que era “especial para mi” que pensé, si alguien que me conoce mejor que mi propia madre, que ha pasado por dos relaciones serias conmigo y unos buenos años de soltería me está recomendando que vea esto, lo veré. Y lo hice. Dos veces. Girlboss y Gypsy. Y, vaya qué sorpresa. Netflix tenía razón. Las amé. Las amé. Tanto como amó enfatizar con cursiva. Aquí habían dos personajes muy diferentes pero que no estaba ni ahí con seguir las reglas del juego.

    Para quienes no han visto los programas: Girlboss es, como lo indica su secuencia de inicio: “una versión libre basada en hechos reales… muy libre” basada en la vida de Sophia Amoruso, fundadora de Nasty Gal, una tienda ebay de ropa vintage que ella empezó en 2006 y que, en pocos años, logró convertirse en una mega empresa con tiendas en Los Ángeles, más de 100 empleados, hasta tener ingresos de 24 millones de dólares en 2011. Finalmente Nasty Gal quebró en 2016 y fue comprada por una compañía británica aunque de la experiencia Amoruso creo una nueva franquicia, Girlboss, del que sacó un libro y ahora funciona como plataforma para emprendedoras mujeres y medio digital. La verdad, no me interesa mucho si funcionó o no Nasty Gal, cuánto de la historia es verdad o no. Lo que sí era fascinante, era el personaje y su texto de entrada en el capítulo uno: la adultez es donde van a morir los sueños. Yo tengo 36 y no estoy muy cerca de lo que se supone que son cosas de adultos y menos aún de abandonar mis sueños y, aunque eso pueda sonar un poco ingenuo es bastante doloroso en realidad. Tener un trabajo estable, vivir sola, ahorros, casa, etc. y todas las otras cosas “adultas” son casi imposibles de conseguir siendo artista, o quizás desde la perspectiva de gente “adulta” siendo forever pendex. O, quizás es casi imposible, punto. Un estudio en Estados Unidos reporta que approx. el 95% de los millenials (quienes nacieron entre 1981 y 1991) no están ahorrando debidamente para su jubilación y que 66% no tienen nada ahorrado, lo que sube a 83% para los millenial latinos[1]. No es que se gasten todo en unas vacaciones en Tulum, es que no alcanza! El estrés es mayor porque somos testigos de que incluso nuestros padres, que se han sacrificado en trabajos que tampoco los hacen felices, les ha alcanzado para jubilar de buena forma. Volviendo a Girlboss, Sophia no puede conformarse con dejar su libertad, tener un trabajo en el que no cree, no puede hacer lo que se supone que tiene que hacer. No le importa lo que le dicen los demás y, muchas veces, es bien insoportable. Se parece a mí. Ella está tratando de crear una compañía, hacer lo suyo sin importarle lo que los demás piensan de ella. ¿Se acuerdan de Survivor de Destiny’s Child? ¿No es eso lo que tenemos que hacer todos cuando queremos crear algo diferente? Dice lo que piensa y, a veces, es bien desubicada. Me too.

    Gypsy es protagonizada por Naomi Watts que hace de la sicóloga trastornada, Jean Halloway, tiene una consulta en Nueva York y vive en los suburbios con su marido, interpretado por Billy Cudrup, (se me cayó la baba, perdón), y su hijo transgénero de 8 años. Es perversa, manipula y le miente a todo el mundo como una sicóloga satánica pero, al mismo tiempo, se siente auténtica, como que hubiese algo detrás de todo esto que ella está tratando de resolver. Se mete en la vida de los pacientes, generando lazos a sus espaldas con sus cercanos, acostándose con sus parejas, traspasa los límites y, al parecer, intenta arreglar sus vidas a la vez que disfruta de encarnar sus propias fantasías. Parece una sicópata y, obviamente, lo es pero si le bajas un poco los decibeles es bastante común y corriente. No sabe quién es y lo está explorando todo. Miente porque sabe que nadie aceptaría su curso de acción, no puede estar involucrada con tantas personas de forma honesta, al menos no según nuestros estándares morales pero eso no la detiene. Yo la quería seguir conociendo pero no habrá más Gypsy. ¿Quién era Jean? Yo me siento tan compleja como ella. No siempre puedo distinguir lo bueno de lo malo. Y, ¿qué haría yo si viviera en los suburbios atrapada por las normas de lo que significa ser una buena esposa, madre y profesional? Los sicólogos no tienen todas las respuestas, de hecho no tienen ninguna. No saben distinguir el bien del mal, saben destapar el deseo y en eso estaba la serie.

    Cuando yo era chica era muy común que se utilizara el concepto de quirky en inglés para referirse a un ideal de personaje femenino en boga. Como Meg Ryan en las películas de Nora Ephron, incluso podríamos pensar en Amélie como un personaje quirky, o el personaje de Jennifer Aniston en Mi novia Polly. Quiere decir; un personaje que es un poco raro, un poco diferente, un poco fuera de la norma pero que, al final de cuentas es inofensivo. Fue como un modelo de mujer de los 90s, medio infantil, divertida, torpe, pero al fin de cuentas, bella, buena y con el deseo de casarse, tener hijos, blablabla. Cuando empecé a escribir pensé: no quiero escribir ese tipo de personajes. Se sienten demasiado arroz, demasiado acompañamiento y poco fondo. Si no es peligrosa, ¿para qué? Si se trata de una historia de amor, tiene que ser de alto riesgo. Como el amor mismo. Debes correr el riesgo de morir, de desaparecer. Si no está ese peligro, no te has perdido en el otro y estás en control, eso no es vida. Por eso me gustaban tanto estas minas complejas, porque no estaban ni ahí con ser buenas, no estaban soñando con el modelo de mujer tradicional. Sus vidas no giraban en torno a una pareja ni a sus hijos. Sophia quiere hacer un negocio a su manera y Jean quiere saber quién es. Eran complejas. Para conocerse hay que hacerse cargo de la sombra no quejarse del síntoma. No se puede ser quirky ni buena onda cuando te decides a bucear las profundidades de ti misma. Lo duro no es que Netflix haya decidido cancelar los programas pero que, seguramente, lo hicieron porque no estamos preparados para verlos. Aún necesitamos que las mujeres sean buenas aunque ese nunca haya sido un requisito para los personajes hombres. Ellos siempre han podido ser mafiosos, sicópatas, asesinos y los vemos 5, 6, 7 temporadas con cariño y nostalgia. Clare Underwood terminó la penúltima temporada de House of Cards diciendo “My turn”, me toca, pero solo va a durar una temporada, la última.

    Camila Le-Bert

    Long Beach, California

     

    [1] https://www.nirsonline.org/wp-content/uploads/2018/02/Millennials-Report-1.pdf

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