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    El triunfo del candidato Barack Obama en las recientes elecciones de los Estados Unidos abre una serie de interrogantes en torno a las políticas de la nueva administración hacia las diversas regiones del mundo. Esto es de particular relevancia para América Latina, una “región dólar”, estrechamente ligada, para bien y para mal, a los avatares políticos de Washington.

    Antes de imaginar siquiera cuales podrían ser los nuevos planteamientos de la Casa Blanca hacia Latinoamérica, conviene subrayar que lo “nuevo” sólo erige sobre un fondo de continuidad. No cabe duda que habrá cambios, pero también mucho de lo ya conocido. Si bien la administración Obama no tiene nada de radical ni de izquierdas en ningún sentido, contrasta con fuerza con el conservadurismo a ultranza de la era Bush y su “cruzada”, tan agresiva como insensata. En rigor, Barack Obama encabeza un gobierno demócrata moderado de reformas, lo que en la sociedad estadounidense no es poca cosa.

    El gobierno de Obama hereda una de las más graves crisis financieras que ha abierto las puertas a la temida recesión económica. Por lo tanto, el programa de reformas ha de tener una fuerte componente regulatoria de los mercados y, sin lugar a dudas, una clara intervención fiscal que ya ha comenzado a producirse. El revés económico acelera las reformas y las vuelve casi imprescindibles, dándole un perfil y un giro impensado a la nueva administración. Los primeros tiempos de la era Obama estarán marcados por la urgencia y el dramatismo de la actual crisis económica.

    Los grandes protagonistas de la actual crisis global se encuentran, por cierto, en los Estados Unidos, pero también en Europa y Asia. América Latina, a excepción de Brasil y quizás México, no representa una prioridad a este respecto y difícilmente ocupará un lugar destacado en la agenda del nuevo gobierno. Lo mismo puede decirse de las cuestiones geoestratégicas que se juegan en el Medio Oriente y en el Golfo Pérsico.

    El único tema de interés inmediato para los latinoamericanos se relaciona con los Tratados de Libre Comercio que ya han sido suscritos o se encuentran en trámite. De acuerdo a las declaraciones del nuevo presidente, habrá una política muy restrictiva y de revisión de lo obrado hasta el presente en torno a dichos tratados. Estas no son buenas noticias para las economías de la región cuyas elites han orientado sus modelos inspirados por las políticas de la administración precedente. Las otras cuestiones que atañen a Latinoamérica, como son la inmigración, el narcotráfico y la situación respecto de Cuba y Venezuela, podrían ser objeto de reformas más espectaculares que sustantivas.

    Por último, la presencia de Barack Obama en la Casa Blanca va a imponer un “nuevo estilo” a la administración del gobierno estadounidense, marcando distancia con su predecesor. Así, los temas en torno a los derechos humanos, el medioambiente y la crisis alimentaria pudieran adquirir inusitada relevancia en las relaciones con Washington.

    En un mundo hipermoderno, paradojalmente estetizado y carente de estilo, acaso lo realmente nuevo sea eso: Un despliegue más estético, mediático político y diplomático, que militar. Obama imponiendo un  “nuevo estilo” bien pudiera ser el  “as” bajo la manga del primer afroamericano convertido en Presidente de los Estados Unidos.

    Por Álvaro Cuadra

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