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    Que la calle mande, no los patrones

    Un lienzo penoso, si no sorprendente, pende en el frontis de la CUT de Valparaíso en calle Blanco. En letras rojas convoca al acto del 1º de Mayo, indica lugar y hora de la convocatoria y en color negro –a modo de firma- en lugar de CUT se lee: “No a los corruptos”.

    Con algún esfuerzo podemos interpretar que lo que trata de comunicar la CUT porteña es su compromiso con la probidad y esa palabra espeluznante, la “transparencia”. Con su mínima capacidad de convocatoria, su escasa presencia política y su aún menor legitimidad, la pretendida máxima organización de trabajadores aparece centrada en Valparaíso en una fácil campaña moral, pluriclasista, que en definitiva hace propio el discurso de Portales, Mariano Egaña y de la élite, de que el atraso y la miseria son el resultado de la inmoralidad, de la falta de valores y en ningún caso un producto necesario de la explotación capitalista y el ominoso sometimiento semicolonial.

    Este hecho, de por sí simbólico, es un retrato del actual orden de cosas en las organizaciones de la izquierda y los trabajadores en Chile. En efecto, la derrota que supuso la elección de Piñera -derrota propiciada por el proceso electoral y que no habría sido diversa con un eventual triunfo electoral de Guillier– ha tenido como inmediato resultado una cierta confusión y desánimo en la militancia. Esto se ha expresado en convocatorias aún débiles, aunque significativas, que no han adquirido mayor relevancia principalmente porque los diversos sectores han sido incapaces de coordinar su accionar, pero que en su conjunto permiten sostener que la crisis del régimen no se ha cerrado.

    Una buena forma de analizar este fenómeno es ver –precisamente- lo que ocurre acá en el puerto. El pasado 1º de mayo convocó algo más de 6.000 compañeros en la marcha, en un tope inferior de convocatoria, similar a la marcha del 22 de abril de la Coordinadora No+AFP y bastante menor a la protesta del Confech el 19 del mismo mes. En el resto del país las convocatorias fueron similares, con mayor fuerza en Santiago y con cierta renovada radicalidad en el movimiento secundario.

    A pesar de los esfuerzos de algunas corrientes de izquierda en la formación de otra Central –como el caso de la Central Clasista de Trabajadores– la realidad parece afirmar que a pesar de su prolongada crisis y de la vergonzosa conducta de sus dirigentes, la CUT sigue siendo la principal organización de trabajadores en el país. Los actos paralelos no logran sobrepasar el carácter “alternativo” y el activo de trabajadores, aún con presencia cada vez menos organizada (son pocos los sindicatos que concurren organizadamente a las manifestaciones), sigue viendo en la CUT su espacio natural de participación y lucha. Ni la CGT ni la CNT ni mucho menos el sindicalismo amarillo de la CAT, han logrado agrupar a los trabajadores como clase, en esta perspectiva adquiere mayor relevancia la lucha por la dirección de la CUT, recuperando este organismo para las bases y la lucha de clases.

    Pero las recientes movilizaciones han hecho evidentes nuevos hechos. El primero y más notorio es la aparición de los Autonomistas (Movimiento e Izquierda), de Revolución Democrática y en mucho menor medida de Nueva Democracia, como una presencia organizada dentro de la izquierda, disputando la conducción en realidad no a la CUT ni a la izquierda tradicional como un todo, sino que directamente al Partido Comunista. Impulsados aún por su reciente éxito en las parlamentarias y apoyados en la mayor coherencia que han exhibido organizado la oposición a Piñera, el Frente Amplio, como federación de partidos más que como un ala compacta, constituye aún un movimiento tensionado por izquierda por una base que tiende a la movilización y, por derecha, con una bancada parlamentaria que si bien es cierto ha logrado explotar las torpezas del Gobierno entrante (Salud, Hacienda, Educación, etc.) en lo sustantivo ha optado por jugar un papel “constructivo” sumándose mansamente –ni siquiera el PS las integró- a la maniobra piñerista de las Comisiones Presidenciales y votando –algunos de sus parlamentarios- el Tratado de Libre Comercio con Canadá, hecho a la medida de los intereses de las grandes mineras del país norteamericano.

    En el desarrollo de esta tensión de clase, será determinante la capacidad de los sectores de izquierda que aún subsisten en el Frente Amplio, tal es el caso del MDP, para articular un discurso de emplazamiento y denuncia a las capitulaciones de la bancada frenteamplista, la que evidentemente concentra el accionar político-institucional  del sector.

    El desenlace de este proceso está conectado con un segundo elemento, cual es la capacidad que tenga el Partido Comunista para actuar como puente entre los escombros de la Nueva Mayoría y el Frente Amplio, dando cuerpo a un antipiñerismo unificado como oposición y con proyección electoral y presidencial. Volviendo al 1º de Mayo porteño una pequeña muestra de este proceso: al llegar al Parque Italia –término de la marcha y lugar del acto central- desde el podio los dirigentes del PC, en un gesto inédito, invitaron a los “compañeros del Frente Amplio a subir al escenario” y participar del acto. Esta capacidad de maniobra, mayor experiencia y un aparato probado en este tipo de lides, abren paso –sumado a la derechización de la bancada frenteamplista- para un tipo de resolución de crisis de la izquierda, su salida institucional dentro del régimen.

    Pero para que una salida política fructifique dentro del régimen propiciando disciplina de clase, especialmente de la pequeñaburguesía, se hace necesario una burguesía fuerte, un gobierno fuerte que de certezas y una economía si no pujante, al menos estable. Ninguno, pero ninguno de esos elementos se encuentra presente en la situación política chilena ni siquiera como tendencia.

    La situación mundial, políticamente enferma con Trump a la cabeza y la epiléptica conducta del imperialismo norteamericano, también, técnicamente en quiebra, con una guerra comercial interimperialista que ayer estallaba en Corea del Norte, unos días después en Siria, hoy en Irán y mañana en Rusia o China, da cuerpo a un escenario de extraordinaria inestabilidad. Si hay algo que caracteriza a los mercados de materias primas (commodities) –mercado en el que se realiza la producción de nuestro país- es su imprevisible volatilidad y esta volatilidad se hace mayor cuando la principal potencia política, económica y militar del mundo vive su etapa de declinación, un crepúsculo que se anticipa convulsivo. La presencia de Trump en la Casa Blanca no es el resultado de una simple campaña electoral, es la expresión visible de la profunda descomposición de la primera democracia burguesa del mundo.

    Por otro lado, y día a día se hace más evidente, el Gobierno de Piñera es probablemente el más débil desde 1990. En todo el mundo, pero en Chile especialmente, que la Derecha llegue al Gobierno es un problema para la propia burguesía que debe dividirse entre administrar sus negocios y propiciar consensos sociales, como diría Serrat “sin saber el oficio y sin vocación”. Por lo mismo, cada vez que Piñera amontona sinónimos de adjetivos, lo que está haciendo no es otra cosa que ocultar detrás de ellos su absoluta impotencia para contener el movimiento social. Si lo primero que hizo fue convocar a un “Gran Acuerdo Nacional” –debe haber utilizado una expresión de ese tipo- fue porque sabía que era incapaz de desarrollar política alguna sin el concierto de su oposición.

    Estos elementos obstaculizan la institucionalización de la izquierda, y por su intermedio la adaptación del movimiento de masas a las necesidades del régimen, que es lo único que podría consolidarlo. Para que el Frente Amplio consume su intinerario demo-burgués y reformista y se transforme en una corriente del régimen, no le resultará suficiente el puente que puede tender el PC. En un proceso así es fundamental que la política salga de la calle y se contenga en los salones del Congreso, esto último es lo que frustradamente intentó Bachelet, decimos frustradamente porque su segundo Gobierno logró desmontar el poderoso movimiento que se había incubado durante el primer Gobierno de Piñera, pero a un precio altísimo, la virtual destrucción de los partidos que históricamente sustentaron el reformismo en nuestro país, ni más ni menos que los articuladores de la transición.

    Pero estos elementos no son suficientes para superar la ausencia de dirección política de las masas. Reconstruir la izquierda es, en primer lugar, reconstruirla para la Revolución Socialista no para la unidad de los “progresistas” ni para la recreación criolla de alguna variante del “Socialismo del Siglo XXI”, al estilo del Foro de Sao Paulo. La reconstrucción de la izquierda sólo puede realizarse sobre la base de una clara identidad de clase, superando la ambigüedad del “anticapitalismo”, postulando un gobierno de trabajadores en base a la acción directa y a la movilización. La izquierda, y la izquierda chilena en particular, debe aprender de su propia historia. Miles de caídos, desaparecidos, torturados y exiliados son la expresión viva, hasta hoy, de la derrota de la concepción reformista y pacifista, de que podría en nuestro país –como excepcionalidad histórica- construirse el Socialismo a partir, dentro, de la institucionalidad burguesa.

    Lo que decimos sobre el Frente Amplio, su carácter demo-burgués y reformista, no es un insulto político. Es la simple constatación de la realidad. En Valparaíso, Sharp ha desarrollado –en lo fundamental- las matrices políticas que inspiran el accionar de la bancada parlamentaria frenteamplista: todo por la vía institucional, nada fuera de ella. A pesar de los costos que ello le ha supuesto, a pesar de la quiebra completa del municipio porteño y de las acuciantes e impostergables carencias de nuestra ciudad, Sharp no se ha salido de su libreto: auditorías, sumarios, proyectos de ley, ordenanzas, etc. Todo menos movilizar a la población para exigir del Gobierno central que se haga cargo del desastre que décadas de gestiones desde la Dictadura, Bartolucci, Pinto, Cornejo y Castro, han dejado en la ciudad. Este, no otro, es el nudo de los problemas de la izquierda. Si la izquierda se asume como revolucionaria y enarbola los intereses de la mayoría explotada, entonces sí podrá reconstruirse como una expresión política de los trabajadores. Si la izquierda es capaz de interpretar las movilizaciones que a lo largo del país se están desarrollando, si es capaz de intervenir y fortalecerlas con una política de clase, entonces podrá conformarse como una alternativa real.

    La nacionalización de los recursos naturales, minería, energéticos, alimentarios, del agua, de la explotación del mar; el fin de las AFP y la instauración de un verdadero sistema de pensiones jubilatorias de reparto y solidario; la gratuidad de la salud y la educación en todos sus niveles; y en general, los reclamos democráticos que diariamente estallan en todos los rincones del país y que tienen como origen la depredación del gran capital y las transnacionales y la brutal superexplotación a la que es sometida nuestra clase trabajadora, todas estas cuestiones, no podrán ser resueltas dentro del marco institucional burgués.

    La izquierda levantando la bandera de la Revolución Socialista, debe hacerse cargo de los grandes reclamos sociales y nacionales y volcarlos a la movilización, debemos ser los primeros en plantear la unidad y la lucha contra Piñera. Esta es la disyuntiva del momento. Que la calle mande, no los patrones.

    Por Gustavo Burgos

     

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