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    Una columnista de la Radio Bío Bío lo define, muy acertadamente a mi juicio, como un ludópata: cuando las ganancias se privatizan y las pérdidas se socializan es muy fácil acertar siempre en las apuestas, y es como el famoso desafío de Pascal, “si apuestas que Dios existe, ganas, y si no existe y apuestas, nada pierdes”, (si en la Ruleta colocas fichas en el negro y en rojo tiene cero posibilidades de perder).

    Piñera no puede contar con un panorama político más favorable a sus intereses y a su pasión narcisista: ganó la segunda vuelta a la presidencia de la nación con más del 10% de diferencia sobre su contendor, Alejandro Guiller; al celebrar el triunfo, los fachos pobres gritaban al unísono “nos salvamos”, suponiendo que Guillier tuviera algo que ver con Nicolás Maduro y el “Chilezuela”.

    Los fachos pobres, en su mayoría canutos y yanaconas, estaban convencidos de que Piñera era un genio de la economía y que, una vez finalizado el mandato de la Presidenta Michelle Bachelet, “vendrían tiempos mejores” para Chile y, sobre todo, para ellos. Aun cuando la mayoría de los electores de Piñera no eran – no son – accionistas de la Bolsa, se creen el contenido de las publicaciones de los diarios financieros, que relacionan el crecimiento del país con las alzas en el IPSA. En estos nueve meses se ha comprobado que este era uno de los tantos humos que vendía Sebastián Piñera durante su campaña, (la Bolsa ha perdido un 8% durante este período).

    El Presidente de la República se dedicó durante su compaña a denostar la política económica de Bachelet, que mantenía al país en el estancamiento y el marasmo, y juraba que “en los tiempos mejores” – durante su gobierno” – Chile volvería a ser el “jaguar” modelo de América Latina.

    Los fachos pobres, prototipo de los ilusos, están convencidos de que el crecimiento del país redundará en una mejoría en su situación económica, y es casi imposible hacerles entender que el aumento del IPC es equivalente a terminar con la brecha entre ricos y pobres. En todos estos años de transición a la democracia el coeficiente Gini, que mide la desigualdad, se ha mantenido incólume, y según una de las últimas encuestas la distancia entre ricos y pobres ha aumentado.

    Piñera, narcisista sempiterno, estaba convencido de que con los votos obtenidos en la segunda vuelta podría cambiar el país desde la A a la Z: conformó varias comisiones “transversales” suponiendo que los opositores iban a caer en el engaño de la “unidad nacional” en pos de sus proyectos, pero mientras los convocaba, los reconvenía, aplicando así el método del “garrote y la zanahoria”.

    Algunos ingenuos creen que los hombres no tropiezan siempre con la misma piedra: esta vez Piñera no repitió la estupidez de conformar su gabinete con tecnócratas, gerentes y chiquillos del Verbo Divino y chiquillas del Villa María, pues su segundo gobierno está compuesto por políticos, además de los nuevos monstruos, entre ellos “los conversos”, (Ampuero, Rojas…), y el ex ministro de Educación. Fueron tantas las equivocaciones que Piñera se vio forzado a cambiar a algunos de ellos, pero al final cayó en el error de tropezar con la misma piedra, pues su perenne narcisismo y falta de empatía con los demás, le impide ver más allá de sus narices. (Su gabinete ministerial sería el que todos los ministros llevaran el apellido Piñera – así fuera en segundo lugar, como su primo Andrés Chadwick -.

    Al Presidente actual le agrada hacer las cosas en grande: para demostrar que su gobierno es muy distinto al de su antecesora, Michelle Bachelet, propuso una reforma tributaria que favorecerá aún más a los ricos y empresarios del país, y un cambio en el sistema de Pensiones que, según él, favorecerá el pilar solidario aumentando en un largo período la miserable Pensión Básica, extendido a un 40% – los que ganan cien mil pesos hoy, terminarán, luego de muchos años, ciento cuarenta mil. Las AFP ganarán más plata que nunca, y el 4% de aporte empresarial irá a las miserables cuentas que los usuarios tienen en las AFP. Sólo agregó que este Fondo sería administrado por otras instituciones y no sólo por las AFP, (Cajas de Compensación, Mutuales, la Banca…).

    No podemos negar que dentro tanto humo al menos firmó la Ley de Identidad de Género, claro que con el costo de las mordaces críticas de los fanáticos evangélicos, que incluso, se atrevieron a encararlo el Te Deum canuto, en las Fiestas Patrias de conmemoración del 18 de septiembre.

    Los derechistas han cambiado de líder: ya no necesitan al democratacristiano Sebastián Piñera, ni siquiera la memoria del finado criminal Pinochet, pues tienen a Jair Bolsonaro, jefe de un país mucho más poderoso y decidido a terminar con los comunistas, tal vez torturándolos matándolos a todos, no a medias, como lo hizo el “Tata” en Chile.

    En nueve meses Piñera tiene al país igual o peor que un mismo período del gobierno de Michelle Bachelet: vendió mucho humo a los imbéciles que lo votaron, pero estos mismos electores se han dado cuenta de que Piñera, salvo de ser un “buen humorista”, es un pésimo Presidente, y como gran Narciso, se calificó con un seis, cuando sus mismos encuestadores – pagados por él – publican una nota de cuatro tres (4,3), dado por los ciudadanos, además de una negativa valoración para su gobierno.

    Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

    05/01/2019

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