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    Pelao CarvalloSe ha dicho que Pinochet traicionó a Salvador Allende, esos grises días de septiembre en Chile. Pinochet era el comandante en jefe del Ejército y en esa calidad debía obediencia al Presidente de la República que era Allende. Este dato y otros más, que hablan del “amiguismo” pretendido por Pinochet hacia Allende configuran el escenario de la traición que quedaría en evidencia esa mañana del 11 de septiembre de 1973.

    No creo que Allende se haya sentido traicionado. Sorprendido sí, pero traicionado no creo. La traición requiere de cercanía y familiaridad, de cierta cultivada intimidad, de una afinidad previa y existente aún al momento  en que la traición es puesta al descubierto. No hay traición si no es descubierta, si no queda en evidencia, si no es de algún modo pública y con, también de algún modo, escándalo. El bochorno y la vergüenza de sentirse estafada la persona traicionada, y el bochorno y la vergüenza ajena de quienes observan la traición. Para quien traiciona toda esa publicidad no es más que justificación de lo que hace. Siempre, para la traición, hay un objetivo superior, ya sea político, personal o sentimental, que la justifica, avala y respalda.

    Allende, zorro viejo, conocedor de los militares, sufridor de ellos más de una vez, no se iba a sentir traicionado por la actitud rastrera, alevosa y acomodaticia de unos cuantos generales. Sorprendido quizás, por el momento, la hora, el día, el alcance. Su muerte da cuenta de la medida de su realismo ante la situación.

    La traición en la historia humano es lo más difícil de entender y justificar. De hecho es el crimen que exige justificación. Todos los otros crímenes sólo requieren explicación. En cambio, la traición ha de justificarse, y justificarse siempre por motivos superiores. La traición es la base horrorosa que aumenta el daño y castigo a cualquier otro crimen. Cualquier crimen cometido usando la base de la traición se convierte en peor.  El resultado de una traición, los objetivos que permite lograr una traición, pueden hacerla más o menos entendible. Tal vez el único logro concreto de la traición sea aclarar escenarios borrosos, situaciones confusas, esperanzas no compartidas u objetivos disímiles que estaban sumergidos en alianzas forzosas o sostenidas en la formalidad o la rutina.

    Allende no creo se haya sentido traicionado. Él, en tanto dirigente político, como un experimentado político, no. Pero sí que sentía que se había traicionado a la sociedad, al país, a cierta cultura y cierto imaginario de país. En sus últimas palabras, trasmitidas esa mañana de septiembre por algunas radios, reprocha a los generales golpistas haber “vulnerado sus compromisos, faltando a su palabra… rota la doctrina de las Fuerzas Armadas”, que “rompieran su tradición”. Y aún más claro, en sus últimas últimas  palabras señala que su sacrificio “será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”. Traición al pueblo, a la sociedad, a las costumbres, que en ese momento decide encarnar y simbolizar. La traición a esa cultura política, a esa forma de ver y hacer país sólo se saldará con la muerte de esa cultura.

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    Allende encarna en sus últimos momentos un país que muere, una sociedad que es asesinada, una cultura que es desaparecida. Muerte, asesinato y desaparición que se basan en una traición. Una traición que no se legitima ni se explica ni se entiende por sus resultados. Los resultados de esa traición implicaron la creación de una nueva cultura política que sigue actuando en Chile: el dominio del dinero y el amiguismo, las decisiones se toman entre cuatro paredes, los negocios orientan la agenda política, una élite incuestionable maneja a su arbitrio todo lo que sucede, las voces populares (en el sentido de pueblo) se ven como un peligro y un obstáculo. Se requiere sólo obediencia e incuestionabilidad. Ese resultado cultural de la traición ejecutada el 11 de septiembre de 1973, hace más pérfida aún retrospectivamente esa traición. La transición post dictadura se puede entender como el intento de desbancar esa cultura de la traición por una parte y el intento por sostenerla por otra. Ese conflicto sigue todavía.

    La experiencia de la traición es algo común en política. Lo que aún no se trabaja, como en tiempos de Allende, es cómo entender sus síntomas y actuar ante ellos. Cómo romper no traumáticamente alianzas forzosas por formalismos o rutinas, cómo desatar objetivos disímiles disimulados en una acción o plan común, cómo dejar salir esas cosas que van por debajo, esos intereses inconfesables que solo pueden, hoy, aparecer bajo la forma de una traición. Cómo impedir los resultados catastróficos para cualquier causa que una traición acarrea.

    Allende lo sabía: consumada la traición a esa cultura y ese país que él encarnaba o decidió encarnar en ese momento, la única salida era la muerte como sacrificio, como testimonio y para instalarse como deuda moral. Porque el destino-cultura de la traición del 11 de septiembre de 1973 era la muerte, el asesinato, la desaparición y una forma de hacer las cosas que considera al pueblo un obstáculo y una amenaza.

    Por Pelao Carvallo

    9 de septiembre de 2015

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