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    El consumismo se ha transformado definitivamente en un vicio de las sociedades modernas, que cada vez -y en aumento- responden al modelo neoliberal globalizante, donde reinan los tratados de libre comercio entre países y donde el comprar cualquier cosa, hasta lo más inútil e innecesario, se justifica con la frase: “Lo compré barato”.
    Las ofertas y liquidaciones nos bombardean a través de la publicidad, que tiene como fin último persuadir a las personas para que compren, con efectivo o ‘dinero plástico’. Así, si tienes dinero, cómpralo ya. Si no lo tienes, cómpralo igual, págalo después, endéudate, paga intereses y …cae en un círculo vicioso, del que -para los ciudadanos con ingresos mínimos y con la carga de tener que pagar las mismas cuentas que el resto- se torna imposible salir.


    peso
    Así es como las personas terminan pagando el doble del precio inicial del producto, de una compra que pactaron muchas veces a largo plazo, sin darse cuenta de las altas tasas de interés que les cobraban. Sin que se note o sin que lo quieran notar.
    El consumo compulsivo o incontrolable es una enfermedad del post capitalismo. Así se deduce de un estudio que realizó la Universidad Iberoamericana, donde se dice que el 65% de las personas que van a los supermercados son compradores compulsivos y el 64% de los chilenos es influenciado por las ofertas. Estas personas desajustan su presupuesto mensual y gastan entre 20 y 30 mil pesos más de lo que tenían previsto. La conducta mencionada es una característica más notoria en las personas con mayor poder adquisitivo, es decir, el estrato ABC1 y C2. En tanto, la mayor parte de los compradores compulsivos tiene entre 36 y 50 años de edad (45%), le siguen entre 18 y 35 (41%). Y los que menos compran son las personas que tienen entre 51 y 64 años. Además, entre hombres y mujeres no hay gran diferencia.
    No somos lo que tenemos. Sin embargo, a una gran mayoría de las personas pertenecientes a las sociedades actuales, pareciera importarle cada vez más alimentar sus caprichos y satisfacer necesidades que le otorgarán mayor status y apariencia, y que compensarán sus ansias de ‘querer ser’. Este último, es uno de los conceptos más importantes y problemáticos en la sicología del consumidor, donde los estudios son categóricos al revelar que, en las sociedades consumistas, las personas -con el afán de aparentar- se esclavizan con un sinnúmero de cosas superficiales y superfluas. También el stress, y el sentirse sólo, muchas veces detonan este tipo de conductas. Incluso, actualmente existen sicoterapias con fármacos, para aprender a controlar los impulsos y la ansiedad de querer comprar incontrolablemente. Claro, porque también hay gente que no sabe por qué compra, solo lo hace, y en grandes cantidades.
    Pero está la otra cara de la moneda, donde nos encontramos con un dilema al que hay que hacerle frente: Si el sueldo mínimo de los chilenos -que bordea los $ 135.000- no alcanza para vivir dignamente ni menos mantener una familia, ¿cómo hacerlo sin caer en la necesidad inevitable de endeudarse? Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, estas personas son las llamadas ‘consumidor necesitado’, es decir, el que consume para sobrevivir, y al que, a pesar de trabajar para conseguir sus cosas, nunca le sobra el dinero, es más, siempre le falta. Otras categorías son: el ‘consumidor de bienestar’, que con sus modestos ingresos se empeña en tener un mejor status de vida, por ejemplo, un televisor nuevo lo hace sentir bien. También está el ‘consumidor existencial’, aquel que compra para ser más, es de estrato medio, muy preocupado de su posición social y del reconocimiento público. Y finalmente existe el llamado ‘consumidor modelo’, que es el que proponen las campañas publicitarias, de estrato medio-alto, muy pendiente de su apariencia física, y al que le encantan las marcas por sobre todo.
    Según el Instituto Nacional de Estadísticas, en lo que va corrido del año, el índice real de ventas de bienes de consumo registra una variación de un 6,4% en comparación con el año pasado durante el mismo período. La mayor variación acumulada se refiere a la venta de automóviles nuevos y usados, con una variación positiva de un 21,4%. Cabe señalar que el único resultado negativo se registró en el rubro alimentos, bebidas y tabaco, con una caída aproximada de un 1,7%.

    DINERO PLÁSTICO
    Frases como: ‘llegar y llevar’, ‘las 24 horas más baratas de Chile’, ‘hasta agotar stock’, o ‘aproveche, sólo por hoy’, no pasan inadvertidas para las personas que viven para comprar y para las cuales existe una amiga que pone parches a su ansiedad: la cada día más famosa tarjeta de crédito. Uno de los factores importantes en la masificación de estas tarjetas son las estrategias comerciales que han dado versatilidad a la oferta de las tiendas. Antes, el “mágico” rectángulo plastificado sólo servía para comprar dentro de una determinada tienda, en cambio hoy existen convenios con farmacias, distribuidoras de gasolina, etc., y no sólo para efectuar una compra, sino también para pedir dinero en efectivo, lo que es aún más llamativo.
    En 1993, el número de tarjetas de crédito de bancos y casas comerciales en Chile era casi equitativo y sumaba cerca de 1,3 millones. Hoy, según diversas estimaciones de estudios financieros, el número de tarjetas de crédito activas de casas comerciales es de alrededor de 8 millones, más del 75% del total de plásticos. El otro 25% corresponde a tarjetas de crédito emitidas por los bancos.
    Nos encontramos con que Falabella tiene en circulación más de 4 millones de tarjetas activas, Almacenes Paris tiene 500.000 tarjetahabientes (personas que poseen tarjetas), Ripley tiene 2,5 millones de éstas y la Polar cerca de 1,5 millones de tarjetas. Lo que demuestra el notable incremento de comprar con el dinero que no se tiene.
    Una verdadera opción que demuestra una hábil estrategia económica para evitar el endeudamiento, es tomar conciencia respecto al impacto de los mecanismos publicitarios y el consumismo, evitando la compra a crédito y contrarrestándola con la compra efectuada luego de haber ahorrado, aunque sea bastante tiempo, hasta obtener la suma necesaria para lo que se requiere. Eso sí, con el costo que significa apretarse el cinturón y en algunas ocasiones, prescindir temporalmente de algunas necesidades básicas.

    Rodrigo Vega

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