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    Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión más grande del mundo, que supo sobreponerse a la crisis del año 1929, con cerca de 160 años de historia, sucumbió hace pocas semanas a la primera crisis del siglo XXI. Tenía comprometidos aproximadamente 50 mil millones de dólares en créditos hipotecarios altamente riesgosos. Es el tercer banco de inversión que desaparece o cambia de manos en seis meses en EEUU. Y cuando un banco quiebra…La crisis que hoy vive la economía mundial se inició hace 13 meses y se debió a las «hipotecas basura» en Estados Unidos. Sólo la quiebra de Lehman Brothers significó 25 mil personas a la calle. Pero también golpeó fuerte a las bolsas financieras del mundo. Y es que cuando un banco tan grande quiebra, quiere decir que las cosas andan muy mal, pues detrás de la quiebra de un banco está la de sus principales clientes. Es el famoso efecto dominó que causa descalabros en las bolsas del mundo, más aún en la economía globalizada, donde los mercados financieros trabajan en línea y la información se conoce en forma instantánea. Han sido días negros para las operaciones financieras, cayendo todos los índices accionarios, desde Wall Street a Tokio y desde París a Buenos Aires.
    Nada parece detener la debacle financiera global. Después de la caída de Lehman Brothers, el Banco Central de Estados Unidos (el Federal Reserve) salió al rescate de AIG, la mayor aseguradora del mundo, inyectándole 85 mil millones de dólares –una nacionalización pura y simple dado que asumió el 80% de su capital- en lo que constituye la mayor intervención de su historia en una compañía privada. Así y todo, los títulos de AIG cayeron en un 45%. Y ello no logró detener la pérdida de confianza de los inversionistas, ya que otros dos de los principales bancos de EEUU, Morgan Stanley y Goldman Sachs, vieron desplomarse sus cotizaciones.

    LA BASE DE LA CRISIS

    En las últimas décadas, la globalización se ha caracterizado por el crecimiento de la pobreza y la concentración de la riqueza. Según el PNUD, una quinta parte de la población mundial vive con menos de un dólar por día, y la mitad de la población mundial con menos de dos dólares diarios. En Estados Unidos la pobreza se mide aproximadamente -y muy a grosso modo-  en unos cinco dólares diarios. Podremos imaginar entonces a cuanto asciende la población mundial sumida en la pobreza. Stiglitz, premio Nóbel de economía 2001, ha declarado que el número actual de pobres se ha incrementado en 100 millones de personas.
    El sello más notable de la presente globalización es su carácter financiero. El intercambio promedio diario en el mercado de cambios global ha aumentado de 15 billones en 1973 a más de 2 mil billones a partir del 2000 y sólo una pequeña parte –en torno al 5%-de esas transacciones tiene que ver con el pago de operaciones de comercio exterior. La especulación financiera es hoy y desde hace décadas, la más importante actividad de la economía global.
    Otro fenómeno a destacar es la desigualdad. Medida a través del coeficiente de Gini, según el Banco Mundial, a nivel planetario llega fácilmente a 0,7 cuando 1 representa la máxima desigualdad posible, superando el Gini de Brasil y otros países identificados como los más desiguales del mundo. La desigualdad también se refleja en la disparidad del consumo material. Se estima que el 20% de la población más rica es responsable del 86% del total de gastos de consumo privados, mientras el 20% de los más pobres del mundo consumen el 5% o menos de cada uno de esos bienes y servicios.
    A esto se agrega la crisis ambiental que vive el planeta y que es resultado de la creciente presión sobre los ecosistemas naturales. Hoy no existe ningún ecosistema biológico que no se encuentre fuertemente presionado por la sobre explotación de los recursos naturales, gracias a la demanda creciente que la economía hace de las pesquerías, los bosques y minerales. Esta mayor presión explica el aumento en el precio de los llamados commodities (harina de pescado, celulosa, cobre y otros minerales), lo que eleva los costos de producción y, en consecuencia, una pérdida de proyectos de inversión que no pueden cubrir esos costos.
    Estos fenómenos se refuerzan mutuamente para explicar las razones de fondo de la crisis económico-financiera global. El incremento de la pobreza y la mayor concentración de la riqueza, debido a la menor propensión al gasto de los más ricos, es decir, debido a que los pobres consumen todo su ingreso mientras que los más ricos no, hacen paulatinamente retroceder la demanda global, haciendo menos dinámico el ciclo de los negocios. Este fenómeno se va acumulando década tras década hasta que explota y es muy difícil hacerlo retroceder de la noche a la mañana.
    A lo anterior se agrega el hecho de que la desregulación de los mercados financieros y la mayor rentabilidad que ellos ofrecen hacen que cada año se desplacen flujos de inversión desde la economía real, hacia las bolsas de comercio y los mercados financieros. El conjunto de estos fenómenos permite comprender la presente crisis en el largo plazo: reducción de la demanda por creciente pobreza y desigualdad; reducción de la producción por mayor presión sobre los recursos naturales y reducción de la producción por disminución de las inversiones en la economía real que se reasignan a los mercados financieros. Todo esto significa menor dinamismo de las economías y que, en algún momento, la riqueza económica no es capaz de hacer frente a la riqueza acumulada en papeles, acciones y bonos que debido a las llamadas burbujas financieras se multiplican varias veces más que la riqueza económica real. En otras palabras,  el valor de esos papeles y acciones es superior a la suma global de activos reales y cuando los mercados financieros se percatan de ello, se desploman.
    Para Chile las consecuencias aún no se han dejado ver con la fuerza que podríamos esperar, a pesar de los tranquilizantes que ofrecen el Ministro de Hacienda y el presidente del Banco Central. Estos dos expertos ni siquiera se han dado la molestia de explicarles a los trabajadores que las pérdidas de los fondos de pensión -nada menos que aquellos que servirán para enfrentar la vejez- acumulan pérdidas por 18 mil millones de dólares debido a que se han invertido en acciones fuera del país.

    ¿QUIÉN PAGA LA CUENTA?

    La caída de la bolsa chilena no ha sido tan aguda como en Estados Unidos, entre otras causas por la “fortaleza” de nuestra economía. Esta “fortaleza” se debe a que las empresas que operan en territorio chileno y que colocan títulos en la Bolsa de Comercio, a pesar de la crisis económica, siguen mostrando utilidades. Por ejemplo, la Empresa Eléctrica del Norte Grande (Edelnor) registró un crecimiento notable de 204% en sus utilidades durante la primera mitad del año, mientras que Enersis anotó un alza de 138% respecto de igual período del año anterior. Esto se explica porque han podido elevar las tarifas eléctricas en casi un 40% en los últimos doce meses, debido a la forma y mecanismos en que se establecen dichas tarifas. Es lo que permite que la crisis no se note en la bolsa de comercio, pero que sí lo notan las familias en el silencio de sus casas.
    A pesar de las palabras atentas y conformistas de Velasco y De Gregorio que claramente están dedicadas a los grandes empresarios, uno de los efectos que también puede tener este proceso de baja en la economía norteamericana es la caída internacional del precio de los commodities, como la celulosa, el cobre, los salmones y la harina de pescado. Tarde o temprano, la recesión mundial golpeará las exportaciones chilenas y las palabras de buena crianza del ministro de hacienda y del presidente del Banco Central, serán exclusivamente un mal recuerdo o una ayuda de memoria para los crédulos e inocentes que siguen teniendo fe en las camisas blancas, los trajes elegantes y las corbatas de seda.

    Por Marcel Claude

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