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    Hasta las Constituciones más rascas del mundo han hecho suyo lo que el gran  Jefferson inmortalizara en la Declaración de la Independencia de los EEUU: “all men are created equal”. Incluso la Constitución del 80 no se quedó atrás, destacando en su primera frase: “Las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos.”

    Más grandecitos sin embargo, somos diferentes y algunos más diferentes que otros. No sólo en educación, vivienda, salud, apellido, capital social, áreas quemadas de tanto repetirse, sino que somos sustancialmente distintos en lo que pagamos a nuestros acreedores.

    Ya se inauguró en los EE.UU. que hay deudores buenos y malos. En Chile también. Son malos deudores los que recibieron hipotecas mayores a las del valor de su casa, que no pudieron pagar sus dividendos y que por tanto las perdieron frente a usureros como los delincuentes de Eurolatina. Este caso, como el de los “deudores habitacionales” se llama “conflicto entre privados”. Son también malos deudores los que están llenos de tarjetas de las multitiendas, forzados a recibirlas por publicidad y presiones casi ilegítimas y que por ello pagan intereses incalculables y montos indescifrables.

    Los buenos deudores pagan pocos intereses, como los que reciben préstamos del Banco del Estado, perdón Bancoestado, para comprar otros Bancos y así concentrar a los acreedores. Cuando los buenos deudores tienen empresas, pagan a sus asalariados en pesos. Cuando éstos no pueden pagar sus deudas, el fenómeno no se llama “conflicto entre privados”, sino “falta de liquidez” y el Estado les inyecta bonos soberanos. Se llaman así, porque si continúa la “falta liquidez” servirán para una soberana mierda y asumirán el nombre de “deuda subordinada” que pagaremos todos los chilenos, incluso los picantes subprime o malos deudores. Ya terminamos de pagar la deuda subordinada de 1982, así que podemos volver a empezar, porque el IVA no perdona y constituye una gran parte de los ingresos tributarios. Siempre hay que comer, aún sin trabajo. El IVA siempre está seguro. No así el Impuesto a la Renta, porque el Servicio de Impuestos Internos, SII, valora a los inversionistas, los trata bien, porque son buenos deudores y de otra manera podrían irse a sacar cobre a Jamaica o salmones al Sahara.

    Los malos deudores no pueden descontar de sus impuestos sus gastos en educación y lo que necesitan para entregar su trabajo. Los buenos deudores descuentan todo lo que usan para entregar su producto. Muchas veces no pagan impuestos, porque reciben del SII innumerables franquicias que pueden encontrarse en un Manual que ya tiene más de 150 páginas. Otras veces los “eluden” al declarar pérdidas, sea porque mandaron las utilidades al exterior o compran empresas quebradas para asumir su razón social.

    Tampoco los buenos deudores pagan impuestos por el uso de los recursos naturales que se llevan o nos venden, como el agua, la pesca, los bosques y los minerales. Los malos deudores pagan altas tarifas por la energía y el agua sin que se expliquen ni se entiendan las cuentas mensuales. Si “evaden” impuestos son severamente multados.

    Pero tenemos un Gobierno que se preocupa por los malos deudores. Por eso quiere protegerlos de la inflación. Para eso De Gregorio afirma desde el Banco Central que hay que moderar los salarios y el Ministerio de Hacienda disminuye el crecimiento del Gasto Público. De esta manera, “no habrá tanto circulante en la economía y disminuirá la demanda”, agregan nuestras autoridades económicas.

    No importa el circulante que introducen en la economía los buenos deudores con el aumento de sus utilidades, las inyecciones de dinero fiscal, sea para liquidez, o para comprar dólares.

    Los malos deudores y los no propietarios pagamos nuestras deudas en UF y los buenos deudores, dueños del capital y las empresas, pagan los salarios de sus empleados en pesos. Nuestros salarios se deprecian todos los días, es difícil alcanzar a la UF.

    La autoridad no explica por qué el crédito que ofrecen las infinitas tarjetas no constituye circulante y no produce inflación. Tampoco considera que aumentarán, a mayor desempleo y “moderación de salarios”. El 46% de los hogares tiene deuda con casas comerciales. Éstas han emitido 20.710.891 tarjetas, de las cuales hay 8.520.158 vigentes1.

    Las empresas dueñas de los servicios públicos como de la luz y el agua, cuando tienen “problemas de liquidez”  solicitan “el aporte financiero reembolsable” a los propios clientes, les pagan a 15 años sin reajuste y se ignora a qué tasa de interés. En lugares apartados las inversiones las hace el Estado, como en la electrificación rural, y luego las empresas cobran esta inversión a los clientes. Así, los campesinos chilenos, que deben ser pésimos deudores, tienen las tarifas de luz más altas. Muchas veces no pueden pagarlas, de manera que les cortan el servicio y la inversión del Estado se pierde.

    El Sistema de AFP, buen deudor, ha diezmado nuestros depósitos con sus malas inversiones, especialmente de los peores deudores: los más viejos y pobres, pero nos siguen cobrando de comisión más del 20% de lo que depositamos. Único negocio que es obligatorio pagar, aunque el producto sea malo.

    Pero hay que reírse. Como en La Broma, en los momentos más oscuros del socialismo real, tenemos que estar contentos, no podemos exigir transparencia y acceso a la información de las transacciones que se hacen con el dinero de todos los chilenos. Debemos confiar en la autoridad económica, aunque se haya equivocado sistemáticamente en todos sus pronósticos de inflación, tipo de cambio, crecimiento y montos de nuestras jubilaciones. Más aún, que se haya equivocado en la infalibilidad del mercado.

    No sonreír en Chile, es ser alarmista o populista trasnochado. Quizás hasta nos podrían llamar terroristas. No cabe duda: en Chile nacemos iguales, pero crecemos muy distintos.


    Por Patricia Santa Lucía

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