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    billete chile bandera

    Hay gente que no quiere ver la desigualdad como un problema de Estado. Hay políticos que no quieren soñar con un país distinto que este en el que el sueldo mínimo es una porquería que no dura quince días. Hay frases estúpidas como las del diputado Rincón que habló del sueldo de los futbolistas para justificar el sueldo propio, y hay momentos en la historia en los que dan ganas de pasar rápido el bochorno de una clase política que prefiere hacer dormir proyectos de ley que les rebajen el sueldo a costa de seguir ganando dinero con el trabajo y los impuestos de una sociedad mal pagada y entristecida.

    Podemos seguir esperando una solución o somos idiotas?

    Llevamos años hablando de los sueldos de los parlamentarios porque nos molesta que sean tan altos y siempre tiendan a subir un poco más. Nos enfurece que ganen tanto por conducir un país hacia un destino que nos sirve poco y nada; por conducir nuestro país con leyes que siempre benefician a los que tienen más en perjuicio de los que tienen menos. Y esto que puede ser una frase cliché o simplemente un alegato de indignado no es más que un sentir común entre la sociedad que no comprende que la injusticia sea la regla de medición por parte de aquellos que, suponemos, deberían estar en el congreso para ser voceros de un pueblo que los elige para representarlo.

    Juro que me da flojera volver a decir la distancia que hay entre un sueldo promedio de un trabajador y el de un senador o un diputado. Porque quizá eso ya ni siquiera sea tema. El punto en cuestión, a estas alturas, es que en momentos en el que sabemos a diario nuevos casos de financiamientos delictivos de campaña; y cuando tenemos antecedentes que nos llenan las páginas de la prensa diciendo que nuestros parlamentarios (y gobernantes) no están a la altura de las expectativas que prometen en periodos de campaña, aún son capaces de sorprendernos con noticias como la de ayer miércoles cuando votaron en contra de dar urgencia al proyecto de ley que pretendía reducir la dieta parlamentaria.

    Y es que quizá por inocencia o por pura ensoñación a veces creemos que es posible que ocurran gestos inmensos -como el de reducir los sueldos- en un país que se nos cae a pedazos en medio de casos de corrupción y de injusticias feroces.

    Rincón, escucha, deberías ruborizarte tú no por el sueldo de un futbolista sino por el de un obrero

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    El diputado Ricardo Rincón dijo la frase del día cuando señaló a BioBio que: “Cuando un futbolista gana $100 millones en un mes nadie se ruboriza, y cuando un parlamentario gana $5 millones, $6 millones o $7 millones (…) se arma por algunos -no por todos- un escándalo como si eso fuera total y absolutamente indebido”. Luego de eso uno no entiende si el diputado se está burlando o simplemente está mirando el país solamente desde la televisión y desde la belleza maquillada de las revistas de papel couché.

    A mí lo que me ruborizaría si fuera diputado sería ver que una persona trate de llegar a fin de mes con el sueldo mínimo. Si yo estuviera en la posición del señor Rincón me fijaría más en lo que gana una nana que viaja todos los días en metro antes que pensar que el punto de medición de la injusticia es el sueldo de Arturo Vidal. Porque hay que ser estúpido (y espero que no se ofenda don Ricardo) para hacer una comparación tan simplona y triste. Primero porque el sueldo de Vidal o de Sánchez lo paga la publicidad y no los impuestos de la gente que trabaja; y segundo porque al menos ellos mojan la camiseta y nos dan un par de alegrías al año con sus goles, no como los políticos que solo nos dan desilusiones y noticias donde los vemos siempre al borde de la cárcel.

    Por eso, don Rincón, antes de volver a señalar una imbecilidad de esa magnitud primero consúltele a su hermana Jimena, la Ministra del Trabajo, de cómo es la dura realidad de todos los que no somos goleadores de la Juventus y que somos quienes, a la larga, nos pelamos el lomo y le pagamos el sueldo a usted y tambíén le damos el voto para que nos construya un país mejor y no esta lápida social que es Chile cuando los diputados nos regalan un portazo en la nariz ante cualquier cambio que nos favorezca o nos haga dormir un poco más tranquilos. Porque queremos dejar de vivir en un Chile en el que los políticos ven el servicio social como un método de financiamiento y donde entienden nuestra bandera como un billete de cambio para sus intenciones personales.

    La gente en redes se enfurece y se burla. Por eso les decimos #BajateElSueldoCareRaja

    Quizá la única satisfacción que nos queda es que podemos decirle a los políticos que estamos completamente en desacuerdo con ellos y se lo decimos a la cara. Porque en una sociedad de redes ya no somos solo datos estadísticos sino que somos personas que vociferan sus opiniones con un hashtag que se reproduce y se esparce para que los diputados lo lean cuando se meten a buscar sus nombres en google.

    Hoy el HT #BajateElSueldoCareRaja ha estado como trending topic todo el día porque la gente no quiere dejar de expresarse en un día en el que nos sentimos desilusionados, engañados y pisoteados por los 40 legisladores que votaron para que no se les toque un peso en el abultado sueldo que reciben por ser quienes son.

    Y aunque probablemente usted lector pensará que un tuiteo es una raya en el agua sepa que no lo es, porque en un mundo y en una época en donde la verdad se puede cotejar a la distancia de un click cada tuiteo cuenta, cada hashtag suma y reproduce el descontento que puede terminar siendo más efectivo y más letal que un voto en una urna cada cuatro años. porque mientras sigan usufructuando de nuestros recursos (no quiero decir robando, aunque podría), y mientras pretendan permanecer dirigiendo un país por las calles por las que nos están llevando sabrán que una comunidad que se moviliza y se despierta puede llegar a ser la que termine por devolverles su calidad de peatones invisibles para las próximas elecciones. Por eso es que un grito en una protesta o un #BajateElSueldoCareRaja puesto en un muro de facebook o de twitter es también un signo distintivo de una sociedad que de a poco se despereza de las antiguas mañas que han permitido que truchos y ladrones ocupen asientos parlamentarios que ojalá mañana ocupen quienes tengan la voluntad de trabajar por el bien común antes que por el bienestar de sus propios bolsillos.


     por @arturoledezma con ilustración de @angelabarraza

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