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    rojas de negri

    La gente empieza a caminar retrocediendo./ Los caballos caminan hacia atrás. /Los militares deshacen lo desfilado. /Las balas salen de las carnes.
    Las balas entran en los cañones./Los oficiales enfundan sus pistolas./La corriente penetra por los enchufes./Los torturados dejan de agitarse.
    Los torturados cierran sus bocas./Los campos de concentración se vacían./Aparecen los desaparecidos.

    Gonzalo Millán

    La reciente confesión de Fernando Guzmán no solo abre una puerta para que la justicia entre y haga su trabajo de una buena vez en los pasillos de los Derechos Humanos, sino que también abre un espacio en el que nos podemos mirar nosotros para reconocer que estamos rodeados de relatos que nunca fueron ciertos pero que son la base sólida desde donde se levanta un país que ha sabido escribir sus libros de historia con mentiras coordinadas para mostrar una realidad que no existe, pero que cobija a los que matan y roban y hieren de muerte a cualquiera, pues en este Chile de los últimos cuarenta años se le puede pasar por encima al vecino o a la constitución por igual sin que nadie diga nada.

    El cargo de conciencia al beneficio de la memoria

    No fue ni un general ni tampoco un senador el que tuvo la capacidad de escupir una verdad que le comía el pecho. Fue Fernando Guzmán, un conscripto que en el año 86 siguió órdenes de una jefatura militar que, desde Pinochet hacia abajo, se vanagloriaba de manejar un país a la perfección de los planes que trazaron a fuego sobre nuestro pueblo y sobre nuestra economía. Un pelao raso que ejecutó la sentencia de salir a la calle a meter miedo y culatazos al que se viera sospechoso y terminó viendo como ardían en el suelo los cuerpos de Rodrigo Rojas De Negri y Carmen Gloria Quintana en el inicio de una de las historias más aberrantes y feroces que se hayan contado en nuestras calles y a plena luz del día.

    Ayer supimos de la noticia de que el ex-conscripto Guzmán rompía el pacto de silencio y de alguna manera sentimos esa alegría triste que mezcla las ganas de saber la verdad y la expectativa de tener que escuchar relatos terribles que vienen a reemplazar esa mentira de plasticina colorida con que nos criaron cuando nos mintieron en los colegios y en las universidades para hacernos cómplices de ese pacto de silencio generalizado que nos metieron a la fuerza.

    Afortunadamente con el testimonio de Fernando Guzmán que hoy pudimos ver en el reportaje del programa En la mira de Chilevisión renovamos esa esperanza que solo recuperamos a ratos cuando añoramos que alguien tenga más valor que crueldad y diga el paradero de los muertos o el destino que se enviaba en memorandos sin firmar por los pasillos de los cuarteles. Hoy, al menos para el caso de Rodrigo y Carmen Gloria, tuvimos la confesión y la denuncia que esperamos por 29 años para saber que los dos quemados no se quemaron por un error involuntario sino por la acción criminal del personal de Ejército que salió a matar a la calle y que fue el mismo que un día juró ante la bandera el defender a Chile y, por el contrario, en esos años se encargó de dividir y de matar a golpes sobre el cuerpo desarmado de miles de chilenos el juramento y la valentía de un uniforme que terminó siendo un disfraz horroroso y cobarde.

    Lo que se viene, lo que se espera

    Ya tendremos tiempo mañana de buscar respuestas y de pedir explicaciones. Ya la prensa podrá -y podremos- cerrar un perímetro para buscar antecedentes (y no un coto de caza como puso la prensa oficial de la época de Pinochet) para dar con los responsables que hoy viven y gozan de una libertad y de un sueldo que le proveemos todos los que fuimos violados por sus botas y por la osadía de quemarnos vivos o de educarnos a fuego.

    Quizá podamos ver cómo los tribunales se siguen repletando de apellidos empresariales y de militares en retiro y, entonces, el escenario judicial empiece a ser un poco más llano y más justo. Quizá a partir de estos pequeños gestos de conciencia como el de Guzmán podamos ir construyendo un futuro en el que no quepa la violencia para llevar a un país a la ruina por el beneficio de un sector minoritario y, al menos, tengamos la conciencia tranquila para seguir adelante sin mirar atrás por miedo, sino con la certeza de investigar a los involucrados y a los encubridores.

    Para cerrar quiero pensar en Verónica De Negri

    No me imagino la valentía que hay que tener para combatir la muerte de un hijo, ni menos aún la fortaleza que hay que cargar en los hombros para buscar justicia en medio de un sector armado y organizado para ocultar la verdad. No me imagino 29 años de lucha ni puedo permitirme el derecho de creer sentir lo que se siente un fallo judicial o una sentencia. Pero sí me puedo permitir estas líneas finales para agradecer el ejemplo de una mujer que, como tantas mujeres durante la dictadura, han seguido dando la cara para apuntar a hombres armados y llenos de medallas que solo han podido, por cobardía, esconderse y protegerse.

    Quizá Rodrigo Rojas De Negri murió de una manera brutal, absurda, injusta, pero al menos nos queda el beneficio de que sabemos que no murió en vano porque en 29 años somos miles los que hemos reconocido en su foto y en sus ganas de luchar y combatir esa bandera de lucha que nos hace salir a la calle con su fotografía en el cuello , en la solapa, en un cartel o simplemente en el imaginario que nos obliga a enfrentar la injusticia para seguir luchando por cambiar esa maldición política fanática de todos los hijos de Pinochet que, de a poco, van siendo descubiertos y van cayendo al pozo más feo y denigrante de la historia de Chile.

    en twitter @arturoledezma

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