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    Atrás, perdido en las vueltas del río de las modas parece haber quedado el interés por lo esotérico que llenó de runas, “mancias” y leyendas lo que se dio en llamar hace unas décadas “New Age”, con su carga de pretendidas ciencias sagradas, Tarot y planetas apuntando a las individualidades de entonces.

    El despertar de las naciones andinas del antiguo imperio, pero también –en medida no desdeñable– el movimiento zapatista hizo girar la mirada de la civilización y centrarla, al menos en esta parte del mundo, en asuntos exotéricos, entre ellos lo político; la europeizante y estadounidense cultura urbana de América Latina “descubrió” que había un mundo debajo, sobre y alrededor del suyo: el mundo indígena.

    Sólo que este universo polifacético (que parecía callado por 500 años) es harto más complejo y rico de lo que se sospechaba. Es una cultura que además de resistir la invasión por generaciones puede moverse en el plano social contingente sin olvidar sus tradiciones. Y entre aquellas las viejas enseñanzas transmitidas de maestro a alumno por la palabra y el aprendizaje de la naturaleza.

    Rivera Westerberg

    En la revista digital de la Facultad de Humanidades de la Universidad Austral de Chile, con sede en la la ciudad de Valdivia, (2008) se le que este lunes 17 de marzo de 2008 se iniciará un curso de Literatura y Chamanismo, cuyo objetivo es “explorar las culturas chamánicas de raigambre indoamericana, española y africana en América Latina.”1 Con acierto, se informa que durante el curso también se “examinarán conceptos tales como alquimia, brujería, psicomagia, realismo mágico, nagualismo, santería y ritos ceremoniales y plantas de poder.”

    foto Parece a simple vista arriesgado meter en un mismo saco vertientes tan disímiles. Una segunda reflexión, empero, recuerda la primera Ley de la Tradición Hermética, en lo que ésta sobrevive en la cultura occidental: Así como es arriba, así es abajo, principio que la nanotecnología aplica con entusiasmo –dicho sea de paso– en su sorprendente desarrollo, aunque de una manera diferente a la concepción integradora esotérica.

    Habitualmente despachamos el concepto de chamanismo: decimos que es una práctica derivada del animismo (las cosas y las fuerzas naturales tiene una suerte de alma, una personalidad capaz de interactuar ritualmente con los humanos) o con más sencillez lo definimos como la curación ceremonial de enfermedades haciendo uso de una farmacopea natural basada en hierbas. Lo que es cierto, pero tristemente incompleto.

    El chamán es mucho más que un curandero, el médico-brujo (witch-doctor lo llamaron los exploradores ingleses) y algo menos que un intermediario entre los integrantes de la sociedad donde ejerce su ministerio y los dioses y espíritu de las cosas. El chamán es un individuo (varón o mujer) que ha estudiado largamente, en la práctica medicina y en otros terrenos las relciones entre el grupo al que pertenece y la naturaleza –el ambiente, el entorno, el suceder del mundo–. Sus estudios no son fácilmente explicables, son estudios esotéricos.

    Grosso modo, por esoterismo entendemos la transmisión de un tipo de conocimientos que se da a través de un “linaje” intelectual, de maestro a alumno, durante años –a veces todos los años de vida del maestro– y en secreto; es decir, lo conrario de lo que sucede, por ejemplo, en una escuela pública teóricamente abierta a todos los miembros de la comunidad. La enseñanza esotérica contiene un cláusula explícita: no se divulgará lo aprendido, el saber es secreto.

    Las razones del secreto son muchas, tal vez la más importante es que esos conocimientos son de tal naturaleza que, sin el debido entrenamiento mental y físico, podrían dañar al que pretenda caminarlos sin ese entrenamiento. Los alquimistas –y la alquimia es mucho más que una protoquímica medieval europea– solían decir que su filosofía develaba tal número de secretos que la convertía en un riesgo social en manos de alguien no templado por el proceso del aprendizaje, y no probado en el rigor de su ejercicio.

    foto La curación de males del cuerpo y de la mente, el misterio del traspaso de conocimientos, la necesaria soledad del adepto, su silencio y diescreción, en fin, convierten toda práctica esotérica –la del chamán amazónico, la de la machi mapuche o la del curandero apache tanto como la del alquimista europeo o experto en la Kabalah judío– de suyo en material literario.

    Y, sin embargo, no es mucha la literatura escrita sobre estos cimientos. En el plano de la ficción contemporánea destacan la novela de Umberto Eco El péndulo de Foucault y algunos relatos de Jorge Luis Borges. No debe olvidarse a Jorge Castañeda, el enigmático antropólogo de origen peruano que habría convivido como discípulo de don Juan Matus, el chamán yaqui cuyo nombre domina una serie de libros, desde Las enseñanzs de don Juan hasta el Don del Águila; el primero es el encuentro (cuando el alumno está preparado aparece el maestro) entre el estudiante de antropología y el “brujo”, el segundo es el final del tránsito, el cierre del aprendizaje y el solitario vuelo del adepto de la oscuridad a la luz.

    En una dimensión diferente deben mencionarse los textos de un autor “beste seller”: Martes Lobsang Rampa y la saga del Tercer Ojo y novelas siguientes.

    Todos estos escritores lograron sus obras desde “afuera” del peculiar mundo del esoterismo., y probablemente sea la novela de Eco la que mejor transmite lo abrumador de una cultura paralela e ignorada por el común.

    En el terreno de la ensayística destacan también muy pocos autores, quizá el que mejor transmite el universo esotérico es el italiano Julius Evola y su La tradición hermética occidental, que abarca con seriedad notable el universo de la alquimia; René Guénon, por su parte, resulta uno de los más brillantes estudiosos de estos asuntos; terminó sus días en la tradición sufi el esoterismo islámico. El británico Aleister Crowley bien podría ser el tercero de los autores contemporáneos que aportan para la comprensión de este curso del río de los misterios intelectuales; para estudiar magia, decía Crowley, hay que saber física y medicina –lo que se consigna aquí para subrayar la seriedad de propósito que lo animaba.

    Que una universidad, como la UACH, abra sus puertas, pues, al chamanismo representa un paso positivo; por una parte contribuye el curso quitar la aureola mítica y eliminar supercherías de una práctica vieja como la humanidad sustentada en firmes conocimientos de la naturaleza y la siquis humana, otorgándole a la ciencia indígena americana –empírica, dirán algunos– un lugar entre los desarrollos culturales de la humanidad, por otra, aunque indirectamente, contribuye a barrer el estuigma de ignorancia que por tantos años han debido soportar las culturas americanas.

    Rivera Westerberg

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