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    La debacle de la educación chilena tiene la rara particularidad de no ser culpa de nadie. Quizás, porque la educación misma, o es una empresa social sustentada en consensos profundos o es un desastre. Chile, una sociedad desmembrada por el egoísmo individual, ha parido y coronado su correlato educacional: un engendro que no tiene parangón en el planeta; un diseño a la medida de la perpetuación de los privilegios de los pocos de siempre.

    Pero la culpa de nadie es en realidad de todos.

    Culpa de los tecnócratas agorilados de la dictadura, que desmontaron pieza por pieza la educación pública chilena, a la que se podrá criticar, pero estaba basada en un ethos republicano y democrático. Este ciudadano aprendió potencias de diez junto al Gajardo, el Trujillo y el Gutiérrez, de la Población Santa Julia y también junto al Wegertseder, el Deysen y el Corradi, respectivos hijos de Médico, Ingeniero y Arquitecto, que vivían en respetables casonas nuñoinas. Todos íbamos a ese colegio porque quedaba cerca y a nadie se le ocurría pagar por segregarse.

    Culpa de los acólitos de la dictadura, que hoy en día, después de su complicidad criminal con la destrucción de la educación pública, repiten con majadería y sin pestañear, que los mejores resultados de la educación privada demuestran que mientras más mercado mejor. En suma, que el problema no es de sus hijos, que asisten a buenos colegios, sino de los hijos del resto que tienen la desgracia de asistir a los colegios malos.

    Culpa de una Iglesia que, escudándose interesadamente en la libertad de enseñanza, está siempre atenta a impedir cualquier mejoramiento de una educación laica, democrática y de calidad. Misma Iglesia siempre dispuesta recibir subvenciones públicas para su agenda ideológica privada, convirtiendo las clases de religión de los colegios públicos en lánguidas catequesis. Misma Iglesia que patrocina la discriminación en sus colegios manejados por piadosos laicos salvamundos, y que atiende en ellos a la proporción más baja de alumnos vulnerables de todo el sector privado . ¡Da gusto así la opción por lo pobres!

    Culpa de la Concertación por la Democracia que ha sido gobierno por dos décadas y no ha tenido los pantalones que demandaba la situación. Que, perdiendo una oportunidad histórica, en vez de ponerse al frente de un movimiento nacional de salvataje de la educación pública, ha preferido formar consejos asesores que desinflen el movimiento, para luego, entre gallos y medianoche, arreglar un acuerdo con la derecha para que nada cambie, y cuya Ministra de Educación ahora tiene la desfachatez de peregrinar haciendo unos “diálogos ciudadanos” de opereta. La misma Concertación que, si no hizo nada cuando campeaban los boinazos y carapintadas (y podemos entenderlo), ahora no hace nada porque entre sus feligreses y sus redes, están precisamente prósperos empresarios de la educación. Concertación secuestrada por la ideología milica, padeciendo finalmente del “síndrome de Estocolmo”: enamorada de su enemigo y pariendo sus engendros.

    Culpa de los ideólogos de la reforma educacional, que encerrados en oficinas ministeriales, han impuesto la neopedagogía constructivista al pedo del “aprender a aprender”, con el brillante resultado que son muy pocos los que aprenden algo finalmente. Gracias a la iluminación de estos señores impunes, ahora es posible llegar a cuarto medio sin haber leído  a Manuel Rojas o Carlos Pezoa Veliz, pero sí a unos oscuros autores de colecciones ad-hoc, destinadas a “acercar la literatura a los intereses cotidianos de niños y jóvenes”. Y es posible llegar a octavo básico sin saberse bien las tablas de multiplicar, por que lo importante es “que los niños aprendan el concepto” y porque ahora todo está en internet y “la memoria está obsoleta”. Gracias a estos adalides de la educación, el viejo ramo de Castellano cambió de nombre y destina horas de horas a enseñar a distinguir un texto publicitario de una poesía, pero no a leer y apreciar esta última. Gracias a ellos, los libros que se reparten a los niños, ahora están organizados “lúdicamente”, en vez de por las materias obvias. “Los Sustantivos” ya no son un subcapítulo del capítulo de “Gramática Española”. Le ponen algo así como “Juanito aprende que todo tiene un nombre”, como subcapítulo de -pongamos- “Aprendo conociendo mi barrio”, todo mientras en los colegios de la elite, quienes están destinados a sacarle plusvalía a la rotada mal ilustrada, aprenden el rigor de la ciencia a punta de memoria y lectura.

    Culpa de las Universidades y de sus Facultades de Educación, que guardaron conveniente silencio cuando la revuelta pingüina, pero ahora no se demoran en sacar declaraciones y criticar el que sea quizás el único elemento valioso y refrescante de la LGE: que busca terminar con el monopolio y abrir la docencia a profesionales y licenciados con vocación. Dicen que “existe consenso en que un buen profesor es quien tiene dominio didáctico y disciplinario orientado a procesos formativos de personas”, lo cuál es cierto, pero, ¿como se ven sus propios procesos formativos puestos ante dicha exigencia? ¿Ahora les vino el prurito por el bien público y por la calidad de la formación, cuando, casi sin excepción, dictaron por décadas programas especiales de utilería?. Estos son boliches carentes de todo rigor académico y que llegaron a abarcar el 50% de la matrícula para profesores de educación básica y que produjeron por miles titulados que hoy están mal enseñando a los niños más pobres mientras ellos y sus secuaces curriculeros aún cuentan los billetes de la subasta de títulos y grados. Todo a la vista y paciencia del Ministerio de Educación, que repetía como mantra que “lo importante en el mercado de la educación es eliminar las asimetrías de información”.

    Culpa del los “expertos en educación”, que habitando un pantano de teorías curriculeras fatuas, olvidaron que se trata fundamentalmente de saber sólidamente matemática, castellano, historia y ciencias. Y que se trata, a nivel macro, de una sola elección: terminamos o no con una educación socialmente segmentada por clases sociales.

    Culpa de la izquierda política, que insistió por décadas en asuzar la asonada estudiantil universitaria, en demanda de la más neoliberal de las peticiones: “más créditos para pagar los estudios” condimentado con “pase escolar gratis”; pero le estalló en la cara la marea pingüina del 2006, sin haber destinado una neurona a la necesaria reflexión sobre la educación pública, concepto con el que ahora hace gárgaras.

    Culpa del gremio de los profesores, que pasa mutis por el foro mientras no se mencione la evaluación de desempeño y no se toque el estatuto docente, con que chantajeó a la renacida democracia y que le da inamovilidad a unos apoltronados directores.

    Culpa del profesorado chanta, que se adueña de los pocos logros, pero socializa rapidamente los fracasos escolares, atribuyéndolos al mundo moderno, la internet, la TV, el rock, la familia, el chat y el reggaetón. Que proyecta los textos en la pizarra para que los alumnos pasen horas copiando y después dicen usar “las TIC” en su clases.

    En fin, culpa de los ciudadanos comunes y corrientes que somos padres y apoderados, que llenamos la pieza de nuestros hijos de porquerías electrónicas y después exigimos rendimiento académico, mientras trabajamos 14 horas diarias para pagar el auto nuevo y las últimas vacaciones. Que no enseñamos a los niños modales, disciplina y hábitos, piso ineludible para cualquier proceso de enseñanza, pero estamos prestos a alegar contra el profesor “fome” que nos expulsó al retoño de la sala.

    Frente a tal panorama, al jarrazo con agua para la Ministra, aparece más como un certero acto político que como un desacato a la autoridad. Pero no nos engañemos. Da lo mismo que la Ministra se lo merezca. Lo que importa es que a la señora, mal para ella, le tocó recibirlo por todos los que legaremos a las futuras generaciones un sistema de castas.

    Demonos con una piedra en los dientes. Quizás haya que ver en el jarrazo de agua más una piadosa caricia pingüina que una ofensa. Digo yo, comparado con el rotundo escupitajo del desprecio histórico, que es el verdadero menester.

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