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    Si Platón estuviese vivo en carne y hueso, creo que haría otro de sus magistrales libros para recordarnos, a través de diálogos, qué es universidad y definir cuál es su real espíritu. El que muchas veces dio cátedras a discípulos bajo los espigados árboles de Akademia (Grecia) forjó la primera casa de estudios superiores, que duró casi un milenio hasta que el emperador romano Justiniano I la cerrara el año 529 d.C. al percibir cierto ateísmo en sus preceptores.
    Aunque la teología no era uno de los principales nortes de la obra cimentada por el maestro griego, su carácter clásico –porque permanece en el tiempo- la hace ser ecuménica.
    Pero este culto al saber ya es un negocio, y eso sí que no es devoción por la educación de calidad, diosa del conocimiento de nivel superior. Es que en la actualidad, además de las ideas y otras cosas, la educación también está sometida al mercado y a su modelo.
    Es así como se puede entender la gran brecha entre la educación pública y la privada, contando esta última con mayores recursos para el desarrollo de sus pupilos con miras a la universidad.


    Empujón obligado
    andres bello
    Salir de cuarto medio obliga a seguir estudiando. Es como ir al centro y sentirse con el deber de comprar algo, lo que sea, pero comprar. Si uno no lo hace, el alma siente un dejo de frustración. Lo mismo pasa con al educación superior. Habiendo tanta publicidad rondando sería un desatino desaprovechar los ofertones y llamados que hacen nuestras universidades para llenar sus cupos.
    Pero en vez de ir a la universidad, el adolescente va directamente a buscar una carrera. De eso lo tienen muy sabido cuanta universidad privada o instituto hay en Chile. Claramente esto de la educación superior es un muy buen negocio. Es la gran tienda donde el que no “compra”, fracasa.
    Sobre esta base, la universidad, como institución, incita al estruendoso y tentador slogan “llegar y llevar”, en la que se persigue salir con un título bajo el brazo.
    Finalmente, aunque hay privilegiados que por mérito, condición social o herencia son exentos de todo pago, dicha compra se puede hacer al contado o a crédito. Pero no se olvide: compre ahora y después pague… ¡pero pague! Porque nadie se escapa.

    ¡Trabajo, trabajo, trabajo!
    Antiguamente se veía la educación como un privilegio de cierta elite, posteriormente como una inversión y actualmente, como una obligación. Para ser competente en un sistema económico -donde el recurso humano es eje y motor- hay que recibir un adiestramiento de como comportarse en él, además de cómo utilizar para nuestro beneficio aquel rol que hemos buscado y conseguido, al cual le damos el nombre de carrera profesional y creemos encontrar en la educación superior.
    Es así como la realización se ve en el trabajar y así la queremos apreciar y preservar.
    Algunos postulan a las universidades sin tener del todo claro por qué lo hacen y qué los motiva a estudiar tal o cual carrera. Pero hay un objetivo claro: conseguir un cartón. ¿Para qué?. Para trabajar.
    “Si todos entran para después tener un trabajo. Y nadie entra por querer tener mayores conocimientos.. por lo menos yo no ni nadie de mis amigos”, asegura María Paz López, egresada del liceo Armando Robles (LAR), que postuló a Pedagogía en Lenguaje y Comunicación, pero no quedó seleccionada.
    Una interpretación similar es la de Cristián Pacheco (egresado del LAR), que postuló a Odontología en primera opción pero quedó seleccionado en su segunda alternativa: Ing. Civil en Obras Civiles. Este es su testimonio:
    “Decidí entrar a la universidad para contar con una herramienta más para poder defenderme en esta vida. Creo que en este tiempo uno no es nada sin estudios, y la universidad es la clave para poder salir adelante. También es mi sueño ser un profesional…, el mío y el de mi familia” (sic).
    Además, confirma que su objetivo es seguir una carrera con el fin de trabajar y así insertarse en el mundo laboral. “También entro para adquirir educación –esclarece- pero creo que eso de incrementar el intelecto se puede ir dando con los años, haciendo algún magíster o doctorado”.
    Y aunque no se haya comprado el producto que se quería, el hecho de quedarse fuera del barco aterra y frustra. Pero hay que buscar una buena ubicación y afirmarse bien, para no sentir mareos en una travesía vertiginosa y competitiva, en donde la deserción también está presente y pueda hacer naufragar.

    Calidad y desarrollo integral
    De ello está consciente el Director de Estudios de Pregado (UACh), Patricio Altamirano, quien está convencido que en estos nuevos tiempos hay que dar un gran salto hacia la eficiencia y competencia profesional.
    “Primero que todo debemos optimizar la permanencia de los estudiantes en sus carreras y para ello es imperativo establecer una definición de las competencias básicas de las mismas”, afirma.
    Este desafío lidia entre acaparar un mayor número de alumnos dentro de una universidad, con la calidad y competencia que ofrezcan sus carreras y, además, con la proactividad que tanto alumnos como docentes tengan en la búsqueda del conocimiento.
    El académico agrega que “aunque los cambios, generalmente, provocan cierta reticencia, es ahora cuando debemos hacerlos. Y en eso estamos, al fortalecer y definir las mayas curriculares de las carreras, acordes a la realidad actual y de la zona”.
    No obstante, añade que existe un menor grupo de docentes que se opone a este cambio, método que implica una flexibilidad curricular y que da paso al desarrollo de las competencias propias de las carreras.
    “A nadie le gusta que le muevan el piso, que la manera de enseñar se la cambien. Ellos dicen que estas innovaciones –como los Bachilleratos en la Fac. de Filosofía y Humanidades de la UACh- son unas modas. Nosotros no creemos que sean tal, ya que estamos convencidos que la calidad de los contenidos, su enseñanza y recepción deben ir definidas en el desarrollo integral de las competencias potenciando, primeramente, la base”, finaliza.
    Y a esto se suma la acreditación de carreras universitarias, las que pasan por un proceso de autoevaluación y que garantizarían un sello de calidad en cuanto a condiciones curriculares, docencia, gestión y vida universitaria.
    O sea, Platón ya comenzó su libro. Y después de que todos han hablado, el dictamen de Sócrates es el siguiente:
    “El salto en modernidad y productividad que debe dar Chile, no puede venir sino acompañado por un cambio profundo en el campo educacional. La inversión en tecnología, la preparación de profesores, la modernización de contenidos y sistemas de enseñanza, los cambios en estructuras y en formas de regular y administrar la educación, son factores que deben abordarse en forma prioritaria y rápida, con mayor decisión que la observada en años recientes, y con muchos más recursos”.
    (…) El desarrollo del capital humano y del conocimiento constituye no sólo una ventaja comparativa fundamental en las relaciones comerciales, sino también en un factor de equidad en lo interno, y la base de una independencia en materia económica, elementos que garantizan la estabilidad de largo plazo, que precisa la inversión y el ahorro”. (Luís A. Riveros, rector de la Universidad de Chile. Clase Magistral “La Educación Superior en Chile y sus perspectivas para el Siglo XXI)
    Querámoslo o no, el actual modelo de mercado es quien nos rige… hasta en qué y en cómo pensar.

    De la autonomía universitaria
    La palabra universidad, etimológicamente proviene del latín medieval ‘universitas’, que significa gremio o comunidad. En tiempos de la oscura Edad Media, al igual que grupos de artesanos o comerciantes, existían comunidades de maestros y discípulos que se reunían en casas para discutir e investigar todo lo que estaba a disposición de la razón.
    Estas “universitas” eran independientes y no dependían de la autoridad para desarrollar y profundizar sus pensamientos y estudios.
    Aunque en un principio no podían ofrecer títulos (la Iglesia Católica era la única institución facultada para ello), con el paso del tiempo lograron hacerlo dado el reconocimiento de su aporte intelectual como faro de la civilización.
    A pesar de ello, los universitarios se exponían a la hoguera ya que exponer nuevos paradigmas -descubiertos o inventados- quebrantaba los dogmas.
    Es por ello que la autonomía es la característica intrínseca de lo que hoy conocemos como universidad. Y ésta debe existir desde fuera como dentro de la misma. O sea, concurso público para los estudiantes que postulan a la casa de estudios; y designación por estricto mérito académico de los docentes.
    Si la autonomía que debe reinar en las casas de estudios superiores es avasallada por preceptos externos -políticos, económicos, militares, eclesiásticos, etc.- con el fin de regularlas y/o manejarlas, tales instituciones podrían llamarse “mall de carreras”, “academia de adiestramiento” o “almacén de profesiones” pero jamás universidad. Éstas tienen (o deberían tener) por preocupación el Saber por sobre el Poder. Ya no sería una comunidad o gremio de personas en busca del conocimiento y su objetivo de iluminar nuestra civilización sería reemplazado por cualquier otro.

    Carlos López

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