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    Mientras la Universidad de Chile está en toma, un grupo de [email protected] de la Coordinadora Universitaria de la Diversidad Sexual (CUDS), travistió a Andrés Bello, generando un debate que tensionó las políticas de identidad sexual del movimiento de estudiantes. La CUDS ha ido cobrando fuerza desde algunos años al interior del movimiento gay chileno. Deudores de la tradición queer (raro: marica) anglosajona, su apuesta no es la defensa de una minoría excluida, sino extender la invitación a una gran diversidad de disidentes de la sexualidad tradicional. Si las feministas convocan a las mujeres; los movimientos gay a los homosexuales, para la CUDS el sujeto de su lucha son las multitudes. Para conocerlos un poco más, conversamos con uno de sus dirigentes, el estudiante Felipe Rivas.

    ¿Te sientes cómodo con el mote de minoría sexual?

    – No. El concepto corresponde a una época del movimiento gay. La idea de minorías sexuales tiene que ver con apropiarse en Estados Unidos del discurso y la conceptualización hecha antes por mujeres y negros como minorías políticas que reclamaban derechos frente a la sociedad mayoritaria. Es propio de una época. Eso se replica en Latinoamérica hasta hoy. Yo prefiero otras denominaciones, como las que formula el CUDS, que es la disidencia sexual.

    ¿Podrías explicar de qué se trata?

    – Partimos de la base que vivimos en una sociedad en que la sexualidad está construida a partir de normas. Todos los seres humanos estamos producidos en un sistema que señala como debe ser la sexualidad y el género. Gran parte de la política homosexual aplica una estrategia integracionista que pone el énfasis en integrar a los homosexuales a la sociedad mayoritaria. Nosotros somos críticos frente a esa política.

    ¿Son entonces críticos del discurso de la obtención de derechos?

    – Es problemático cuando hablamos de derechos, porque uno parte de la base que los derechos deben ser para todos. Pero también hay ciertos derechos que no son tan deseosos de tener, como ocurre con el acceso a las instituciones militares. Si bien, en sociedad igualitarias y democráticas todas las personas debieran tener los mismos derechos, uno puede ir un poco más allá y cuestionar que es lo que constituye a determinadas instituciones como ‘derecho’, qué hay detrás del deseo de acceder a instituciones castrenses. Nosotros somos críticos respecto del militarismo, cuestionamos las lógicas de guerra para la resolución de los problemas. Por ello, pese a que puedes tener instancias gays que pidan el acceso, pero nosotros preferimos ser críticos a esos accesos como tales.

    El año pasado el Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (MOVILH) tomó como bandera de lucha la integración de los gays a las fuerzas armadas.

    – El tema es complejo. No soy partidario de una política radical que no considere las necesidades concretas de igualdad. Creo que esta sería un error. El desafío que nos cabe es cómo hacer coincidir las necesidades de derecho e igualdad propias de las agendas tradicionales de los movimientos gays con una perspectiva crítica que no caiga en las trampas de las políticas de igualdad.

    ¿Cuáles trampas?

    – Eso de pedir acceso a instituciones militares reafirma lógicas militaristas; o solidificar que las instituciones del matrimonio y la familia son la base de la sociedad, contribuyendo a su naturalización. Eso termina reafirmando instituciones con un historial represor del mundo gay, como el matrimonio. Es un problema eso que grupos excluidos demanden acceso a instituciones represoras, lo que es un fenómeno contemporáneo.

    MATRIMONIO GAY

    Pero el matrimonio gay es un ítem relevante en la agenda gay en Chile ¿Te sientes cómodo en esa agenda?

    – Para nada. Porque parece que la única forma de intervenir coherentemente en el debate es presentando una postura frente a cómo ha sido planteado el tema del matrimonio gay, si uno está a favor o en contra. Me incomoda esa lógica binaria del ‘a favor’ o ‘en contra’. Hoy se terminan planteando ciertas demandas gays dentro de los márgenes de inteligibilidad del sistema heteronormativo. Creo que esto pone demasiados límites a lo que puedo decir, porque visto desde una perspectiva crítica, el matrimonio es una institución producto de un ordenamiento cultural, político y económico particular. Esto conlleva un dilema ético muy denso para la disidencia sexual. La pregunta que hago entonces es: ¿Puede la sola negación del acceso a una institución legal, justificar la lucha por obtener su reconocimiento? Acaso los gays, por el simple hecho de no corresponder al modelo de matrimonio clásico, deben exigir el acceso legal y simbólico a instituciones conservadoras y represoras, como lo han sido la familia y el matrimonio, instancias que reafirman el orden heteronormativo. Desconfío de la normalización que trafica tal lucha.

    La discusión puesta en tal eje, termina configurando sus límites incluso.

    – Sí. La norma no sólo es un modelo al que los sujetos deban aproximarse, sino que también establece los parámetros de inteligibilidad de las prácticas de los sujetos. Piensa que tanto el mundo conservador como el denominado progresista en Chile consideran a la familia como la base de la sociedad. Y esa es la familia nuclear, apelación que ha generado una constelación de proscritos ajenos a ella. No creo que, como se ha instalado, la negación del acceso a la institución del matrimonio entre personas del mismo sexo y la negación de su reconocimiento simbólico, sea el gran y único significante de la desigualdad social de gay y lesbianas.

    Las políticas gay apelan a un sujeto homosexual ¿te sientes cómodo desde allí?

    – Para nada, considera que la figura del homosexual tiene una historia: el homosexual es hijo de la psiquiatría. Si bien, la lucha del movimiento gay a partir de Stonewall fue un hito con muchas promesas, las identidades gay terminaron por normalizarse a través de las estéticas del mercado y las políticas del consumo. La sexualidad no es algo natural, sino que son construcciones. Judith Butler habla de lo sexual como preformativo.

    Y Beatriz Preciado habla de la sexualidad como una prótesis…

    – Claro. La identidad y el yo como una construcción protésica. Pero es evidente que cuando uno se articula políticamente parte de un momento en que tu cuerpo ya está constituido en lo social, un así aparecimos, un nosotros que quiso articular una política. Por ello, creo que hay que buscar alternativas identitarias más inestables y menos sólidas y naturalizadas como las categorías del gay y el heterosexual.

    En Chile hay varios espacios de socialización gay como discos o bares. Incluso, algunos han querido constituir barrios gay friendly. Podríamos decir que hay mayor apertura por estos días.

    – Es parte de la misma política gay. No soy contrario al barrio gay, pero critico que se constituye en un espacio de ghetto. Es signo de modernidad que exista un barrio gay, como si fuera un peldaño más arriba de la escala social, pero también uno piensa que los estrechos márgenes del barrio Bellas Artes nos tienen un poco encajonados a gay y lesbianas. ¿Qué pasa con los gay y lesbianas de poblaciones? ¿Qué pasa con los travestís en los campamentos o en el barrio alto? Eso queda desoído cuando se piensa en esas integraciones espaciales, porque al fin y al cabo hay disidencia sexual en todas partes. Es complejo replicar esta ciudad fragmentada por clases y razas, ahora también por orientación sexual. Para el sistema es cómodo el tener a los gay encerrados en las discos cada fin de semana. Es más fácil y controlable para el poder cuando estas en un lugar delimitado y fijo, porque estás claramente identificado.

    VISIBILIDAD


    ¿Qué opinas de la tesis de que la única diferencia entre la Concertación y la derecha es lo moral?

    – A mí me parece que no. Si bien puedes encontrar en la Concertación partidos políticos que han visibilizado lineamientos de derechos a minorías sexuales, tal conglomerado político termina generando políticas que se negocian siempre con la Democracia Cristiana. Eso ha paralizado avances de minorías sexuales y temas como la legislación sobre el aborto, métodos anticonceptivos o educación sexual no se discuten.

    Eso también se explica diciendo que nuestro país es conservador, que nuestro pasado fue una gran familia patriarcal ¿será tan así?

    – Creo que sí podemos tener un pasado algo conservador, pero decir que las cosas son inertes, como si estuvieran detenidas en el tiempo, es otra cosa. Creo que no existe la familia normal, heteronormativa, porque nunca es posible poder representar ese ideal normativo. El heterosexual o el gay son conceptualizaciones totalizadoras de prácticas más fluidas.

    Me imagino a estas alturas que el movimiento gay no tiene que justificar sus demandas a otros movimientos sociales.

    – Aún hay invisibilización de nuestras demandas. La falsa tolerancia está en todos lados, la vivimos en la universidad por ejemplo. El universitario se ve a sí mismo como un sujeto progresista, pero cuando ahondas un poco más en sus valores más profundos reproducen el mismo prejuicio que gente que no ha tenido acceso a educación superior. Me acuerdo de una anécdota en la Universidad de Chile, cuando pintábamos un lienzo alusivo a la marcha del Orgullo Gay y pasó un estudiante que dijo que cómo podíamos pensar en la diversidad sexual cuando hay gente que no podía entrar a la universidad. Recuerdo que alguien le dijo: ¿Has visto a una travestido en la universidad?
    Eso pasa cuando el movimiento estudiantil plantea que las únicas razones de exclusión son económicas, pero se restringen factores raciales o de identidad sexual.

    LEY ANTIDISCRIMINATORIA

    En la última marcha gay el CUDS fue con un lienzo que decía: Pásate por la raja la Ley Antidiscriminatoria. ¿Por qué?

    – No fue una crítica a la iniciativa, sino al proyecto en sí, que es absolutamente insuficiente. La ley antidiscriminatoria tuvo su origen en el trabajo de organizaciones de la sociedad civil, discusión que integró a mujeres, indígenas, inmigrantes y minorías sexuales a través de la Clínica Jurídica de la Universidad Diego Portales, quienes lograron consensuar un proyecto de ley que se negoció con el gobierno de Lagos. Luego de que el proyecto se entregara, tal gobierno entregó un proyecto al parlamento completamente distinto, que había sido elaborado entre ellos. Si el marco tenía 80 páginas, éste tenía 3. Había mecanismos que no estaban, no se ve una institucionalidad ni mecanismos de fiscalización, no incorporaba un montón de temas de diversidad sexual ni educación. Comenzamos a trabajar para mejorar ese proyecto el 2006, pero aún está en discusión.

    Tengo una imagen: un camión con travestís gritando ‘nana peruana’ en la marcha gay a alguien que no les cayó bien. ¿Son los mismos que demandan el fin de la discriminación?

    – Lamentablemente hay que decir que ser un sujeto marginado de la sociedad no asegura para nada solidaridad con otros sujetos marginados, podemos ser tan fascistas como el que nos discrimina a nosotros. Además no existe una conciencia de que nuestras exclusiones se tienen que vincular con otras, como los temas de raza, clase, étnia o género. Eso es fundamental porque los problemas de los gay no están aislados del problema de los peruanos, las mujeres o los mapuche. Si hilamos más fino siempre hay un patrón vinculante de la discriminación.

    ¿Por qué a los gay de este lado del mundo les gustan las pelucas rubias?

    – Está lo camp o kitsch de la representación, porque las travestís no son la Barbie.

    Pero las transformistas de este lado del mundo no aspiran a la representación de la mujer mapuche…

    – Sería interesante ver ese tipo de representaciones. Veo mucha representación de esquemas propios de una cultura de masas de países que son industria cultural. Es un prototipo del gay, es parte de la construcción de la identidad. La cultura contemporánea ha figurado al gay en determinados contextos. Las construcciones hegemónicas siempre terminan por naturalizarse. Y eso no ocurre sólo acá: Hace unos años David Halperín en una universidad de Estados Unidos hizo un curso denominado ‘Como aprender a ser gay’. Todo el mundo se escandalizó porque entendieron literalmente la frase, aunque lo que el curso pretendía era indagar en ese tipo de cosas, problematizar la construcción del gay en estereotipos, como la socializad de los gay con otros gay repiten esos esquemas. Sería interesante que empecemos a asumir nuestra condición mestiza.

    Por Mauricio Becerra

    MÁS INFO:
    http://www.cuds.cl/

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