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    La celebración de unos cumpleaños; una sopa andaluza hecha con almendras, ajo y vinagre; un colectivo libertario y la fuerza de tener 22 años y querer decirlo todo fueron los ingredientes que prepararon la revista más influyente de la cultura española durante más de dos décadas. El Ciudadano conversó con José Ribas, uno de sus gestores, quien cuenta del proceso español, de su visión de los medios y que Ajo Blanco se viene de nuevo.

    En 1974 salió el primer número de Ajo Blanco, que en tres años llegó a vender 100 mil ejemplares en una España a punto de sacudirse del franquismo. Una redacción no jerarquizada, autogestión, el poner atención a los consejos de los lectores y un sistema de distribución alternativo dieron a la transición de la madre patria contenidos y una postura crítica señera en la historia editorial.

    José Ribas en 1994 estuvo en Chile junto a Rafael Argullol, cuando preparaban una edición de Ajo Blanco. Esa vez conocieron al escritor Pedro Lemebel, al fotógrafo Álvaro Hoppe y la radio Tierra.

    ¿Habrá cambiado algo Santiago desde esa fecha?

    – No sé. Pero veo que cada vez el oriente es más opulento. Cuando vine por primera vez se percibía una situación algo confusa, Pinochet era aún comandante en jefe del ejército. Recuerdo que el día que me fui, el aeropuerto se llenó de tanques. Parece que eso cambió. En Chile hubo una transición liviana, en la que no hubo una depuración, cosa que evitó el enfrentamiento, claro que al costo de no ahondarse el sistema democrático. La democracia es un proceso lento, en el que se echa de menos que los movimientos sociales ocupen su espacio. Si la democracia no es un regalo, es una consecuencia de procesos sociales diversos y plurales. A partir de eso la educación debe formar a gente esencialmente demócrata.

    En la editorial del primer número de Ajo Blanco justificaba su existencia “porque no queremos una cultura de imbecilistas” ¿qué pasaba en aquella época?

    – España cambió en los ’70. Emergió una generación que necesitaba la libertad y lo gestionó a través de movimientos sociales. El proceso se detuvo en 1978 con los pactos de La Moncloa y la actual constitución. Antes hubo un proceso social de cambio, fue posible la transición en España porque la calle cambio. Fue un cambio en las conversaciones, la vida cotidiana, el teatro, el cine, la literatura, los medios de comunicación, los sindicatos, los movimientos sociales que pasaron a ser más asamblearios. En ese contexto había grandes movilizaciones, si ni conocíamos a los políticos. Fue la calle la que se articulo porque la gente estaba harta y quería un cambio. Claro que eso lo aprovecharon los del PSOE, que en ese momento no los conocía nadie.

    A la distancia ¿qué rol jugó Ajo Blanco en el proceso?

    – Fue la revista que articuló a esta nueva generación en una práctica propia del movimiento libertario, recuperando las tradiciones del movimiento anarquista. Para que haya democracia, debe haber demócratas y para que existan estos debe haber un proceso social de larga envergadura. Los medios que hasta el momento habían sido franquistas, comenzaron a posicionar a los nuevos líderes. Y estos tenían como misión sostener a los movimientos sociales, domesticarlos y desintegrarlos. Eso ocurrió a partir del ’78.

    ¿Cómo se mantuvieron independientes a los grupos económicos y políticos?

    – Nos debíamos a los lectores. Habíamos creado todo un sistema alternativo de distribución paralela estructurada a partir de redes, nucleadas en espacios eminentemente juveniles. Esto también fue posible porque gran parte de la sociedad estaba movilizada y había gran independencia de los partidos políticos.

    TRANSICIÓN ESPAÑOLA

    ¿Cómo vivieron la transición española?

    – A partir del ’78, por la gran promoción de la prensa franquista, convertida en demócrata de la noche a la mañana, se fueron instalando estos políticos, como Felipe Gonzáles, a quien durante el proceso no conocía nadie. En cuanto los partidos empezaron a ser fuertes, domesticaron al movimiento social. Hubo entonces pactos de estabilización y se democratizó la sociedad desde arriba.

    ¿Y el movimiento libertario qué hizo?

    – Hubo una guerra sucia contra el movimiento libertario. Se infiltró a los movimientos sociales, como ocurrió con la operación Gladio de la OTAN; la policía a su vez inyectó heroína entre los grupos juveniles más resistentes.

    ¿Pero ustedes en qué estaban?

    – Hicimos muchas cosas. Una de ellas fueron las Jornadas Libertarias Internacionales, a través de las que se intentó agrupar orgánicamente a todo el movimiento de ateneos populares libertarios. En ellos participaban ecologistas, feministas, gays, antipsiquiatras y cultores alternativos. En Barcelona participó medio millón de personas en julio de 1977. En esta jornada se debatió el problema de la cultura.

    ¿Qué conclusión recuerda de esa jornada?

    – Los participantes más jóvenes del encuentro, menos anclados en el pasado, lo primero que hicieron fue desconocer la clásica división de cultura obrera y cultura burguesa, ya que no correspondía a lo que estaba pasando, fuertemente dominado por la cultura de masas.

    A esta cultura de la televisión y del consumismo había que tratarla de otra manera, había que hacer mucha investigación y análisis para entenderla. Participantes de otros países de Europa manifestaron el mismo problema en sus sociedades.

    ¿Qué rol tuvo Felipe Gonzáles en el proceso?

    – Gonzáles y el PSOE terminan por culminar el plan económico franquista, modernizando las estructuras económicas e integrándolas dentro de la Unión Europea. Debemos reconocer que esa elitización de las decisiones generó que la sociedad civil se fuera apagando.

    LOS MEDIOS Y LAS PALABRAS

    ¿Qué peligros ves en la actual mercantilización de los medios de comunicación?

    – De la misma forma como el ciudadano se ha convertido en un consumidor, los medios ya no viven de los lectores, sino que de las inserciones publicitarias. Es mucho más importante las ayudas institucionales que los lectores. Los medios masivos ya no debieran asumir la configuración de la opinión pública ante tal pacto; el problema es que lo siguen haciendo.

    Se terminó vendiendo los lectores a los anunciantes.

    – Sí. Es muy difícil que en estos medios haya la libertad suficiente para plantear nuevos temas, mostrar los debates sociales, innovar y ahondar el proceso de democratización. En España los socialistas se cargaron el sistema educativo, la universidad está bajo mínimos. A esta casta dirigente no les interesa tener competidores y que haya menos, mejor. Estamos viviendo una gran farsa democrática.

    También asistimos a una completa manipulación del lenguaje por la publicidad y apropiación de palabras convertidas en eslóganes publicitarios o mercancías. ¿No será hora de plantear una ecología de las palabras?

    – El lenguaje está muy adulterado porque no hay correspondencia palabra – mundo. Ya no se quiere decir el significado original de las palabras. Se ha mercantilizado su significado y ya no tiene sentido. Pero como el intelectual necesita vivir de los grandes grupos mediáticos, ya sea que se comente sus libros en un periódico o para editar sus libros en una editorial, tenemos poca crítica frente a eso.

    Así ocurre con los grandes conglomerados mediáticos, como el grupo Prisa en España…

    – Sí. Ellos tienen Alfaguara como editorial; el diario El País como medio de comunicación; Claves, como revista intelectual y canal 4, como canal de televisión. Frente a ese conglomerado no hay intelectuales, porque estos para poder vivir y seguir publicando, tienen que decir aquel discurso que el medio plantea como lo políticamente correcto y lo únicamente posible.

    ¿Qué opinas del diario El País?

    – El País hay que saberlo leer, porque es un órgano de poder, no un medio de comunicación. Tiene buenas informaciones, buenos corresponsales y colaboradores, pero ese periódico jamás cuestionará nada del actual sistema. Como está muy bien hecho, manipula bien, es muy peligroso. La línea de El País es la de Felipe Gonzáles, quien en unas sesiones de octubre del 2007 defiende el Consenso de Washington a ultranza.

    También estás al tanto de la prensa independiente hispanohablante. ¿Cómo va la cosa?

    – Estamos trabajando por debajo. Puede ser interesante montar nuevos medios para la comunidad latina. Hoy la red permite eliminar la intermediación y las distancias. Intercambiar experiencias, creatividades, tiene mucho sentido. Ya hay conexiones con medios como El replicante de México; Plátano verde de Venezuela o La mujer de mi vida y Los incorruptibles de Argentina. Se trata ahora de conectarnos con colectivos pequeños de creadores, ilustradores y periodistas.

    ¿Ajo Blanco será reeditada en un corto tiempo?

    – En eso estamos. Intentaremos siempre hacerlo de una forma horizontal, que nadie mande. Crear diferentes comunidades, intereses, participaciones. Ajo Blanco fue posible porque consideramos al lector como lo más importante de la publicación; a través de colectivos por tendencias y materias crear un organigrama muy amplio de más de 6 mil personas que escribían en la revista. No buscamos a los periodistas, sino que a los lectores sociales que a través de sus correspondencias llenaban el contenido de la revista. Por lo pronto, queremos poner todas las ediciones de Ajo Blanco en la red, porque pese a ser ediciones de hace más de una década, allí hay muchos debates y pensamientos muy actuales.

    DICTADURA DEL LIBRE MERCADO

    Ocurre que muchos periodistas y pensadores de tu generación se rindieron al libre mercado ¿por qué a ti aún no te convence?

    – El problema de la concentración actual del capital es un grave problema para todos, porque conduce al mundo a un desastre. El planeta no aguanta ya y la incorporación de la población de China e India al capitalismo salvaje y el consumismo desenfrenado será un desastre. ¿Cómo quieres que aguante este planeta?

    Pero el neoliberalismo nos vendió el libre mercado como el paraíso de las libertades, claro que las posibles dadas en el mercado.

    – El que todas las clases sociales puedan acceder por niveles a determinados productos no significa que la libertad exista. Es totalitario decir que el único espacio de encuentro posible es el mercado, es tan totalitario como el estalinismo.

    También ha generado subjetividades para las que las identidades se dan en términos de los consumos que se tienen. Hoy la identidad se compra.

    – Si para mi generación la identidad se veía en la posición en la sociedad o por los libros que leías, ahora se ve en las marcas que consumes o el barrio en que vives. Es lo que hay.

    A nivel cultural se ha resquebrajado el existimo del neoliberalismo. ¿Estaremos en mejor pie que en los ’90?

    – No sé si estamos mejor, pero toda esa locura de los ’90 se ha puesto en cuestión. No sé si ocurre aquí, en Chile, pero me lo han contado que pasa en otros lados. Hay una generación muy joven que se está repolitizando. Si bien no se expresa aún en participación electoral, se expresan estos chicos en lo político social. A través de esto se transforman pequeñas realidades en lo cotidiano. Si bien ya nadie quiere esa gran revolución a la que nos convocan las supuestas vanguardias, queremos la transformación hacia un sistema más justo, sin autoritarismo, sin mandamientos, sin hegemonías dadas como recetas. No hay que confundir esta actitud con la de la posmodernidad vacua, hedonista y narcisista. Creo que la gente joven está volviendo a mirar el espacio de la polis, lejos ya del egoísmo consumista.

    ¿Sigues siendo libertario?

    – Sí. Es un asunto de valores, lo que ocurre es que el poder ha hecho fracasar muchos experimentos y experiencias. Como libertario espero que la democracia cumpla su papel, que las palabras se correspondan con los hechos. No que llegue un político X que prometió tal cosa y al llegar al poder haga justamente lo contrario. No, yo exijo compromisos. Por eso me encantó lo que hizo el cantante Lluís Llach, quien demandó a Felipe Gonzáles por habernos incluido en la OTAN, pues en la campaña electoral de 1982 había dicho que no metería al país en ese espacio de poder. Debiera haber un sistema judicial de para que cuando un político no cumple sus programa electoral, se le pueda juzgar.

    También los políticos hacen lo que nunca mencionaron en su programa, sobre todo los acuerdos de libre comercio.

    – Sí. En Europa pasa lo mismo.

    ¿Necesidad de un proceso o una revolución?

    – No creo en los cambios revolucionarios, en los cambios bruscos. Sí creo en los procesos en que se da una revolución educacional, cultural y de nuevas dinámicas sociales. No creo en las vanguardias, creo en las prácticas, las pequeñas que hay muchas, muchas.

    Mauricio Becerra

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