— Tanto Chamamé, como Nunca corrí, siempre cobré, salieron editados bastante próximos y en ambos hay una clara referencia a la cultura pop y a la cultura popular. ¿Cómo ves que trabaja eso a la hora de escribir literatura?
— Son referentes que uno los tiene y que a la hora de sacarlos del cajón están a mano. Quizás estuvieron mucho tiempo guardados, pero lo importante es desempolvarlos. Laburando en el taller de Laiseca, él siempre decía que había que volver a ese momento en el que uno fue feliz para agarrarse de eso y cómo lo contás. No siempre para narrar algo festivo, sino también para hablar de algo más amargo. La tristeza puede venir de momentos festivos donde uno no la pasó bien.

— Sobre todo en Nunca corrí, siempre cobré se trabaja mucho con autobiografía y la ficción, ¿qué mecanismos usás para eso? ¿Dónde están los límites?
— El tema cuando usás lo autobiográfico es cuándo decidís terminarlo y el tono que elegiste. Entonces, muchas historias que sí pasaron, vos las cerrás en un momento que está perfecto para el cuento, pero sabés que hubo una coda, algo más, que te lo guardás. Es verdad que se dio esa coincidencia de que salieran casi juntas Chamamé Nunca corrí, siempre cobré, que juntos con Kryptonita son mis textos más autobiográficos. Obviamente en Chamamé y Kryptonita se van para la ficción, mientras que Nunca Corrí… es una selección que hicieron desde Evaristo Editorial y lo que más me gustó es que los pusieron en un orden cronológico. Ahí se puede ver a un Leo Oyola a los 9 años y en dónde estaba yo cuando le tocó irse al maestro Laiseca.

El tema cuando usás lo autobiográfico es cuándo decidís terminarlo y el tono que elegiste. Entonces, muchas historias que sí pasaron, vos las cerrás en un momento que está perfecto para el cuento, pero sabés que hubo una coda, algo más, que te lo guardás.

— ¿Qué te produjo volverlos a leer después de ese trabajo de reedición?
— Lo más lindo fue lo biográfico que pude encontrar ahí. Chamamé, por su parte, es la primera edición nacional a diez años de su publicación en España. A pesar del paso del tiempo pude encontrarme en todas las páginas y darme cuenta de que ahí empecé a indagar e ir hacia temas que a mí me gustaban. Nunca corrí… me parece que es un libro cariñoso, amable y sobre todo lo que uno tiene para compartir, tanto en la alegría como en las despedidas, como con mi abuelo y con Laiseca.

— ¿Qué recuerdos tenés de Alberto Laiseca?
— Él en teoría era astrólogo autodidacta, que era algo cuestionable de hecho (risas). En un momento tuvimos una compañera que sí era astróloga, le corrigió un par de cosas y nunca más la volvimos a ver. También decía que había aprendido por su cuenta el chino y yo, cuando me quise dedicar de lleno a escribir, me tatué el ideograma chino que hizo de puño y letra Laiseca para La mujer en la muralla, donde se habla del paso militar del amor: cuando creés fervientemente en algo y lo amás, no te queda otra que ir hacia adelante. Un día, tomando cerveza con él, le muestro el tatuaje y se emociona porque lo reconoce al toque. Le cuento lo mismo que a vos, el por qué me tatué eso, y él me dice: “Leo, eso lo saqué de un folleto de un delivery chino”. Ahí lo mandé a la concha de su madre pero me atajó rápido, me dijo que me estaba cargando. Tenía unos gestos que no sabías si te estaba diciendo la posta o no. Cuando se permitía esos gestos, era realmente genial.

— Además de Laiseca, ¿qué otros maestros sentís que te influenciaron?
— Hay una amplia gama, pero si hablamos solo de autores nacionales, haberlos leído a Enrique Medina como a Washington Cucurto para mí fue fundacional. Les debo mucho a los dos por diferentes cosas: me encanta la ferocidad que tiene Medina, así como el desparpajo que tiene Cucurto. También tengo la suerte de ser amigo de Ariel Bermani, pero antes lo leí y lo admiré un montón, sobre todo con la novela Veneno. Uno de mis grandes orgullos fue haber presentado su libro Furgón. Son esos libros que te permiten no sentirte un extranjero de la literatura y ver cómo pueden contar un mundo cercano al tuyo. Tanto de ellos como de Laiseca también rescato mucho el uso de la oralidad.

— ¿En qué sentido?
— La lectura en voz alta de un texto refleja si estás realmente en paz con lo que escribiste, porque lo escrito se impone por él mismo su ritmo y respiración. Es un momento conmovedor que me pasa a mí y también lo veo ahora que doy talleres, donde te das cuenta que el escritor encontró su voz. Es como si vieras fútbol y estás por hacer un gol, es algo físico. Eso lo empecé a vivenciar con Laiseca sobre todo.

La lectura en voz alta de un texto refleja si estás realmente en paz con lo que escribiste, porque lo escrito se impone por él mismo su ritmo y respiración. Es un momento conmovedor que me pasa a mí y también lo veo ahora que doy talleres, donde te das cuenta que el escritor encontró su voz.

— Al ser parte de una generación que se crió viendo películas y series, ¿qué te produjo ver Kryptonita adaptada a esos formatos?
— Es maravilloso, todavía no caigo por más de que ya hayan pasado más de dos años. Me pasa que la ves cuando la pasan en el cable, o te escribe gente de Latinoamérica que la vio y es increíble. La otra vez me contaba Carca (músico de Babasónicos y actor) que estaba en Bogotá y, desde un colectivo, una mujer saca medio cuerpo por la ventana y le grita: “Te quiero Juan Raro”. Es genial que eso haya pasado, sobre todo después de haberte sentado solo a escribir eso. No estabas imaginando que eso ocurra. Además en el cine y la tv siempre se trabaja en equipo y tenés que dejarlo ir.

— ¿Cómo es tu relación con las redes sociales?
— Cada vez leo más, por lo que no uso las redes sociales, cada vez estoy menos en Internet. Mi generación es un poco anfibia. Yo lo veo a mi nene que está con el celular, un libro abierto y está hablando conmigo. Eso seguro va a generar algo en la literatura. Por ejemplo, yo soy fanático de Tao Lin, es la experiencia que tiene un flaco nacido en determinado momento que se está vinculando así: el mail, el chat, el whatsapp. Si yo quisiera hacer algo así, no me va a salir. Yo todavía llamo por teléfono y me cagan a pedos (risas).

Por ejemplo, yo soy fanático de Tao Lin, es la experiencia que tiene un flaco nacido en determinado momento que se está vinculando así: el mail, el chat, el whatsapp. Si yo quisiera hacer algo así, no me va a salir.

— A la hora de escribir, ¿tenés algún mecanismo o rutina?
— Ahora escribo directamente en la computadora. Puedo hacer anotaciones a mano, pero cuando siento que estoy escribiendo ya tengo el Word en la cabeza. Antes me sentía culpable por eso, pero después leí un aguafuerte de Roberto Arlt y, ya en ese momento, él decía que había que tener siempre una máquina de escribir, papel, tijera y cola. Es decir, él ya pensaba en editar a su manera. Para mí es así: me imagino el dibujo del texto y le voy sintiendo la música. También armo el playlist de canciones que escucho en el momento y siempre escribo de noche: la capacidad de atención es mayor y hay menos interrupciones.

— Por último, te debe pasar en tus talleres o en distintas circunstancias encontrarte con gente que está empezando a escribir. ¿Qué consejo les das?
— Lo básico es no querer quemar etapas ni buscar atajos. Darte el tiempo necesario para que en vos macere la escritura y aparezca una voz, intereses, un mundo. Eso no es algo que no sale rápido, se necesita mucha paciencia. No hay que pretender de la escritura más que ese placer que te da escribir, esa conexión personal. Después, llegado el caso, cuando uno ve que eso está terminado, no hay que cajonearlo, hay que ir a mostrarlo. Los concursos ayudan un montón en eso. Después, está todo lo otro: si querés ser famoso, ser escritor no es el camino. La fama a lo sumo es bastante efímera. Si bien el ego es bastante importante al momento de la escritura, pero solo en soledad. Ni bien cerraste la computadora o el cuaderno, el ego queda ahí. Por último, siempre hay que leer mucho, mucho más de lo que escribís.

Por Gustavo Yuste, desde Argentina
@gusyuste

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