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    Tiene 33 años y hace más de diez que se enamoró de la vida circense, decidió dejar sus estudios y dedicarse a trabajar en calles y semáforos, alegrando la vida de los ciudadanos en sólo pocos minutos. Ha recorrido gran parte de Sudamérica con su arte y este año vuelve a trabajar en una compañía de teatro catalana en el festival Santiago a Mil.


    mauricico orellana
    AMOR A PRIMERA TABLA
    – ¿Cómo fue que llegaste al malabarismo?
    – Hace harto tiempo yo estaba estudiando una ingeniería en Osorno, no sé porqué, y había un grupo de teatro. A mí siempre me había llamado la atención así que empecé a participar y me tocó la buena suerte que fuimos de gira por Argentina y ahí conocí los malabares. Allá estaban los golos y aprendí. Cuando volví a Osorno, después de un tiempo caché que yo soy nada que ver con lo que estaba estudiando y me cambié.

    – ¿Te fuiste a teatro?
    No, me cambié a Antropología en Valdivia. Mientras estaba allá empecé a trabajar en los semáforos. No terminé la carrera pero estuve como diez años viviendo y perfeccionando el malabarismo. Era gracioso al principio, porque a veces pasaban mis profesores y después se me acercaban a ofrecerme trabajos, ayudantías y ese tipo de cosas. Pensaban que trabajaba en las calles porque no encontraba nada mejor.

    – ¿Y tú que decías?
    – Que no po’, si a mí me gusta lo que hago. Además que igual deja plata y es un trabajo súper piola, soy mi propio jefe y el horario lo decido yo. Con el malabarismo he podido viajar y conocer montones de lugares.

    – ¿Qué fue lo más difícil de aprender?
    – Más que aprender, lo complicado es coordinarte. Al trabajar en semáforos tienes que ser muy bueno en poco tiempo, hacer cosas novedosas para atraer la atención de la gente y saberte los tiempos de memoria o se te pasa y no alcanzas a pasar el sombrero. A mí me pasó su par de veces, pero después, si te dedicas aprendes. La gente no lo sabe, pero éste es un oficio que necesita mucha dedicación y constancia.
    Ser payaso es una mezcla de cosas. Somos actores, acróbatas, artistas plásticos, diseñadores…

    – ¿Por qué te quedaste tanto tiempo en el sur?
    – En Valdivia me iba bien y el malabarismo prendió rápido. Al poco rato llegó mi hermano que también es malabarista y trabajamos juntos. También tuve un hijo, el León, que ahora tiene ocho años. Pero en un momento tuve que tomar la decisión de quedarme allá o venirme a Santiago y opté por lo segundo.

    ORGANIZACIÓN ES FUERZA
    – ¿Cómo fue el proceso de llegar a Santiago, organizarte con otros malabaristas y finalmente agruparse?
    – Yo llegué hace dos años y me fui a trabajar al Parque Forestal. Ahí ya estaba un grupo de gente que de a poco se fueron tomando los espacios públicos, porque en Chile está prohibido el arte callejero. En el Forestal hay gente trabajando con los malabares hace más de 10 años, como del 93 o 94, y todo el sector del frontis del Museo Bellas Artes y el MAC se ganaron a pulso. No es que estemos autorizados, pero existe cierta tolerancia entre las autoridades del parque y nosotros.
    El tema es que con un grupo de amigos, entre ellos mi hermano, se nos ocurrió que podíamos hacer una agrupación, adquirir personalidad jurídica, y luchar por nuestro arte desde la legalidad. Ahora podemos postular a concursos públicos, funcionar como una plataforma de apoyo para los que están empezando y demostrar que no somos delincuentes, que el arte callejero es un trabajo como cualquier otro.

    ¿Y lo de ser presidente?
    – Eso fue raro; yo nunca fui líder, ni presidente de curso, ni nada. Pero supongo que tengo bastante experiencia y eso sirve. Amo lo que hago, soy más bien trabajólico y eso me ayudó a conocer mucha gente. En realidad no sé bien por qué me eligieron a mí.

    ¿Cuál es la funcionalidad de Forestal Activa?
    – Posesionarnos del Parque, aunque esté prohibido. Es que la unión hace la fuerza y nosotros queremos que nos tomen en serio. Imagínate que a nivel mundial los malabaristas y payasos chilenos están súper bien catalogados; nos invitan a participar en festivales de Sudamérica y Europa y el tema agarró con fuerza. Acá también está el Circo del Mundo, que es una organización para sacar a los niños con riesgo social del medio donde crecen y nosotros también les damos ese espacio.

    ¿Se necesita tener un nivel específico para pertenecer a la agrupación?
    – No, las puras ganas y ser constante con el trabajo. No podemos ser incongruentes, porque toda la idea de formar una agrupación es para que no nos discriminen y no podemos estar poniendo condiciones. Acá hay cabida para todos y si quieres aprender tienes un montón de gente que sabe y te puede enseñar. Queremos organizar talleres y ese tipo de cosas, pero por ahora funcionamos medio artesanal, porque no tenemos los fondos suficientes.

    – ¿Se preocupan también de generar trabajos?
    – Por ahora no, aunque a veces pasa que llegan ofertas de trabajo a través de la agrupación y nosotros corremos la voz. Pero no funcionamos como una productora ni nada, cada uno va a las pegas como individuo y no nos hacemos cargo de si son buenos o no, cuanto cobran ni nada. Quizás más adelante logremos organizarnos en el tema de las tarifas, horas de trabajo y esas cosas.

    – Aparte del trabajo callejero, ¿dónde más puede un malabarista ganar plata?
    – En muchas partes, sobre todo en fiestas y con productoras de eventos. En la tele también piden bastante a los malabaristas y payasos. Yo he trabajado en comerciales y eventos, como las inauguraciones de locales y empresas. A los empresarios les encanta hacer cosas estilo circenses, espectaculares, y gastan sus buenas lucas. A veces las compañías de teatro también incluyen a payasos y acróbatas y nos buscan.

    LA VIDA DEL PAYASO
    – ¿Qué es lo más difícil de ser un payaso?
    – Uff, mantenerte activo. El trabajo del artista callejero es cien por ciento corporal y obviamente a medida que te haces viejo cuesta competir con los más jóvenes. Ahí entra el tema de la experiencia, la creatividad y saber suplir las acrobacias con ingenio. Si ya no puedes saltar como antes, empiezas a ocupar las palabras. Cuando estas en la calle, lo más difícil es mantener la atención del público porque ellos no salieron para verte, están apurados y pensando en otras cosas. Pero de pronto se topan con tu espectáculo y, si lo haces bien, se quedan y hasta aportan con su dinero.

    – ¿Qué es lo que más te satisface de tu oficio?
    – Hacer reír a la gente, que pasen un buen rato. Es que para mí el payaso es mucho más que un artista. Somos como psicólogos, terapeutas sociales, ¿cachai?. En una sociedad cada vez más estresante, donde cada uno se preocupa de su centímetro cuadrado, estamos los malabaristas para transportarte un rato al mundo de lo lúdico. Las piruetas, los colores, los chistes… todo eso te llevan al mundo del circo y de la infancia, y te olvidas un rato de los problemas.

    ¿Y la experiencia más freak?
    – Hay montones, pero una me dejó medio choqueado. Fue hace rato eso sí. Yo llegué a una esquina a trabajar y un discapacitado me tiró la media foca. Me dijo que esa era su esquina y que me fuera, porque en la calle la gente es súper territorial y si tú llegas sienten que eres competencia. Yo igual le dije que todo bien y agarré mis cosas para irme, pero el tipo agarró sus muletas y me pegó por la espalda. Ahora suena chistoso, pero en su momento quedé helado porque la primera reacción es defenderse, pero tampoco podía ir y pegarle a un discapacitado. Me pegó fuerte y me la tuve que comer nomás.

    Valeria Segovia

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