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    Mujeres chilenas, fragmentos de una historia (Catalonia Ediciones) es la última publicación de la antropóloga chilena Sonia Montecino. El libro es una apuesta por describir el protagonismo de las mujeres en la historia y convocó a 53 autoras, de las más diversas disciplinas, para contar sobre el movimiento pro emancipación de la mujer de principios del siglo XX, el paso de mujeres por las guerrillas de los ’80, las historias olvidadas de las tejedoras de la Unidad Popular o la huella de las mujeres en la ciencia. El Ciudadano conversó con Montecino, quien ya planea una segunda parte.

    ¿Por qué el libro?

    – Como asistimos a una celebración identitaria del bicentenario, fue necesario convocar a una reflexión que trae una serie de preguntas acerca del rol de las mujeres en la construcción de este país. Además quise plantear unas cuantas preguntas vinculadas a los temas de género. La idea es hacer una mirada reflexiva crítica sobre la historia de las mujeres desde las épocas prehispánicas.

    Convocastes a mujeres de diversos ámbitos, como humanidades, artes y ciencias biológicas ¿en qué ámbitos echas de meno presencia femenina en el Chile de hoy?

    – Es interesante la pregunta, porque cuando nos preguntamos acerca del estudio de determinados espacios sociales, nos encontramos con que no había investigación. No es que las mujeres no estén, sino que no se han reflexionado tales ámbitos. Por ejemplo: queríamos presentar el tema de las secretarias, pero no encontramos ninguna investigación sobre ellas. También buscamos un oficio, algo extinguido pero con una tradición fuerte, como lo son las modistas. También hay participación de mujeres en sindicatos, pero pensar en una mirada analítica de todo eso no hay mucho. Más que se eche de menos la participación de las mujeres en determinados espacios públicos, no hay quien investigue aquello.

    IMAGINARIOS CONSTRUIDOS

    El imaginario de lo femenino en la historia siempre está relegado a espacios hogareños y de poca figuración pública. ¿Qué pasó con aquellas otras experiencias vitales que no entraron en tal representación como es el caso de la monja Alférez?

    – La monja Alférez es un personaje novelado, que tiene que ver con la picaresca. Hay toda una cosa extraña en su origen, porque parece que no era exactamente una monja, sino que se hace pasar por ella. O sea, hay un doble travestismo. Me parece interesante por este juego de configuraciones de género, es toda una identidad en tránsito. Diego de Rosales relata que se dieron cuenta que no era hombre porque se iba para los bosques durante sus momentos de menstruación. La historia de ella es alucinante, piensa que le pidió al Papa Urbano VIII. que la convirtiera en hombre y el papa se lo concedió. Terminó sus días como hombre en México y no como la Catalina de Erauso. La existencia de ella da cuenta que las mujeres no sólo están en los espacios típicamente femeninos. Otro ejemplo de ello son las cantineras de la guerra de 1879.

    La imagen de Inés de Suárez decapitando a los toquis tampoco responde a la identidad atribuida a las mujeres en la Colonia.

    – Esa imagen no prospera respecto a lo femenino. De Suárez inaugura una entrada violenta de la mujer en la historia de la cultura. La novela de Jorge Guzmán rescata esta figura, no así en la historia oficial, en donde se nota que se vela por los estereotipos de género tradicionales.

    Un personaje femenino que si prospera en el estereotipo oficial es Carmela Carvajal, que según se sabe la Armada se preocupó que no tuvieses pretendientes ni se volviera a casar de nuevo, relegándola al rol de la eterna espera de Arturo Prat.

    – En uno de los artículos del libro se roza un poco su figura. Hay una serie de figuras molestosas y otras que no, como es el caso de Carmela Carvajal, que contribuyó al imaginario de la mujer tradicional. A nosotras nos interesan los procesos en los cuales las mujeres aportaron a la cultura en Chile. Nos interesa destacar figuras como Belén de Zárraga entre las mujeres populares en Chile, por ejemplo.

    También Gabriela Mistral tiene distintos momentos en la historia de Chile…

    – Si Gabriela Mistral hubiese escrito sólo Piececitos de niños no habría hoy complicación, pero ella en su escritura y postura intelectual es demasiado potente para su época. Por ser su escritura de una complejidad increíble produce todas estas otras lecturas. Se conoce poco de su poesía, ya que con ella se efectuó un recorte que la presenta en su faceta más fácil: la de la maestra abnegada, sacrificada, como un ejemplo para las madres de Chile. Durante toda su primera época, antes de irse a México, Mistral tuvo mucha relación con el mundo intelectual de Chile y el extranjero. Tuvo una valoración doble en su época, ya que no todos la querían. Pero cuando gana el premio Nobel hay una necesidad de apropiación, que detona todo un proceso. Después el gobierno militar la utiliza mucho, pero posteriormente hay lecturas de mujeres, como la de Raquel Olea, Ana Pizarro o Soledad Falabella que han hecho asimilaciones desacralizadas de la Mistral. Con ellas emergen estos tránsitos indentitarios en sus escritos, en los que ya no hallamos una hablante femenina clásica, sino una hablante que se trasviste, que de repente es la tierra, otras veces un animal, una mujer o un hombre. Se abre un camino para otra mirada de Gabriela Mistral.

    ¿Podrías sintetizar su aporte el la cultura?

    – En el plano ensayístico hay una reflexión sobre América Latina y las identidades culturales, de género o de generación muy potente. Otra vertiente es su mirada sincrética hacia lo religioso. Mistral retoma desde lo indígena hasta el budismo, en la década de los ’40 se nutre de muchos escritores indios. Sus ensayos son muy contemporáneos. En un diálogo que recrea Mistral con Sor Teresa en Castilla, la chilena le pregunta de por qué el afán de construir tanto, a lo que la monja responde que es porque no escucha a los hombres, que si los escuchara no podría hacer nada. Mistral le dice que si eso no es soberbia construir y no escuchar a nadie. En clave femenina es poderosa esta imagen.

    ¿Cuáles son las condiciones de posibilidad de la emergencia de un personaje como Mistral en el Chile de los ’40?

    – Confluyen varios elementos, como el modelo de la hermana que ya es maestra primaria. En la época ya era posible el acceso de las mujeres populares al saber a través de convertirse en maestras. También están las condiciones personales de ella que propiciaron tal talento. Además en este país, en el Chile profundo, hay una eclosión de tradición popular campesina, que es fuerte. Es una tradición mestiza, la confluencia de las culturas nortinas con lo hispánico, que se ven en su poesía. Las fórmulas del canto a lo divino. Lo popular, al igual que los Parra, le entrega esta forma de entender el mundo a través de la creatividad. El problema es que lo ilustrado siempre ha querido poner el pie encima a esas expresiones.

    ¿Muy diferente a su contemporánea, Amanda Labarca?

    – Amanda pertenece a las llamadas clases medias chilenas. Hay una condición ahí de la primera entrada de las mujeres a la escritura. Amanda Labarca dispara la visión hacia un espacio más internacionalizado, su flujo más potente es el sufragismo norteamericano.

    Hay otro personaje olvidado que es ya de la década de los ’80 del siglo XX, me refiero a Julieta Kirkwood. ¿Cómo se formó su pensamiento?

    – Ella es producto de otras vertientes, como el marxismo. Su gran aporte tiene que ver con una lectura situada. Lo que hace es retomar todos los temas del feminismo con reflexiones de la segunda mitad del siglo XX y desde la historia política de América Latina. Rompe con las miradas del primer feminismo en Chile, proponiendo un modelo de acción muy integrador con la historia. Hasta ese momento el movimiento de mujeres le debía mucho a las de clase alta y Kirkwood rescata lo que ocurre con las clases populares.

    PERSONAJES ANÓNIMOS

    También, más allá de las mujeres conocidas, hay otras que jamás fueron rozadas por alguna escritura o registro de la historia. Me refiero a las tejedoras de la Unidad Popular o las encarnadoras de hoy ¿qué ocurre con ellas?

    – También las incluimos en el libro, como el tema de las mujeres indígenas, que rescatamos en 2 textos, en los que se hace una reflexión de género al interior de la tradición cultural mapuche y rapa nui. Otro es la historia de las mujeres campesinas, con un artículo de Ximena Valdés, que da cuenta de como van cambiando las identidades desde el inquilinaje a la agroindustria actual. Hay otro ámbito a indagar a futuro que tiene que ver con los oficios, como las componedoras de huesos o vertientes modernas, como las videntes y tarostistas. La vigencia de una manera de insertarte ellas con cierto poder. También está la historia de las mujeres cocineras.

    ¿Costó mucho invitar a este diálogo?

    – Sí, hay miradas radicales y conservadoras. Pese a ello se logró esta multiplicidad de enfoque para comprender el fenómeno. Hay textos de una teóloga y de una pastora protestante como de alguien que habla sobre el aborto. No puedes decir hoy la mujer es esto, como un objeto, sino que hay que asumirlas en su amplitud de posibilidades. Por ello hablamos de mujeres.

    ¿Será tan conservador el pasado como nos lo pintan, con los roles de género tan cerrados?

    – El pasado no es tan conservador como lo presentan. Desde la Colonia que hay mujeres trabajando, vendedoras callejeras, pese a que triunfa el disciplinamiento que sexualiza lo público privado. Si bien, ese es el imaginario que se transmite, eso no fue lo real. En El Mercurio salió hace unos domingos atrás un artículo de mujeres que titulaban como las no aparecidas en la historia. Estas mujeres olvidadas eran puras mujeres que pertenecían a las clases altas, que se dedicaban a hacer beneficencia, e incluso había una que mató al marido en un teatro. Leías el artículo de decías ¿y esto qué? Hay una disputa de interpretación y un gesto nuestro de que las autoras sean mujeres.

    ¿Algún tópico que te gustaría profundizar en una próxima edición?

    – Sí. La presencia de mujeres negras en el servicio doméstico de las casas coloniales. Hay una importancia cultural trascendente en el que muchas familias fueron socializadas con nanas negras. Allí hay algo a indagar.

    Mauricio Becerra R.

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