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    foto de Jose Cardoso Ortiz

    Me enteré por el facebook de la muerte de Enrique Bacci, poeta uruguayo, que nació en Paso de los Toros en el año 1960.  Publicó libros como “Abra”, “Isabelas” o “Aguas de Te Aroha”, con este último tuve la oportunidad de conocerlo y compartir con él el proceso de edición ya que lo publicó acá en Chile en el año 2011.

    No sé si esto que escribo es una noticia -pensando que está en un medio de prensa- o simplemente es una carta que escribo a la distancia. O si es nada más un gesto pequeño, casi invisible, tenue, frágil como cualquier poeta que pasa por el mundo y que de pronto desaparece en medio de la bulla de enormes luminarias destinadas a la televisión, al fútbol, a la ropa de marca o las estrellas del rock. Y es que un poeta es una figura que a veces pasa entre nosotros “sin palabras de honor a bordo de una nube” como diría Teillier. Por eso es que entre la enorme tristeza de su muerte y la conversación cortada de repente que nos quedó pendiente con él y con su obra, es que uno, a estas alturas, no sabe ni reconoce las palabras correctas o la taxonomía que se le ofrece a la muerte de un escritor o de un amigo.

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    foto de Jorge Ernesto Olivera

    Supe de su fallecimiento por amigos que me cuentan que lo suyo fue por un infarto repentino, veloz, de sopetón. Entonces me pego al computador para tratar de decirle algo a Bacci en este idioma insistente de la escritura, en este lenguaje común de leernos y de hablar desde el texto, porque fue precisamente así como nos conocimos y me imagino que no hay otra manera de despedirlo que dejando un  par de palabras puestas en alguna parte a modo de epitafio, de memoria o simplemente de recuerdo.

    Con Enrique nos unían dos temas comunes: la poesía y el gusto por el fútbol. Alguna vez coincidió que, en su viaje a Chile y por motivo de la presentación de un libro que me tocó publicarle, nos tocó ver juntos un duelo de su selección y la mía. En casa, con un vino, riéndonos y puteándonos como se putean dos amantes del fútbol vimos como la selección charrúa goleaba por 4 a 0 a la chilena (él muy feliz, yo resignado a la goleada) y luego de eso nos fuimos a presentar su libro en un bar y amanecimos leyendo poemas y conversando historias enormes. Después de eso ya nunca más nos vimos en persona, y hubo planes de vernos que no se concretaron nunca; viajes que no se hicieron y que hoy vuelven como una deuda atroz que no se cumplirá jamás. Pero seguimos siempre al tanto el uno del otro. Por el chat de facebook, por los estados, por las fotos comentadas con cariño. Justamente ayer, sin saber aún que había muerto, le puse un mensaje en facebook por lo del duelo de ayer entre Uruguay y Chile y esta mañana, cuando me levanté pensando en que respondería diciendo algo del dedo de Jara en el culo de Cavani, me enteré que nunca vio el mensaje y que tampoco vio el partido porque partió antes de eso.

    Me van a perdonar que, como decía antes, esto no sea una noticia y termine hablando de cosas que en realidad quizá solo le importan a un grupo reducido de gente que le conoció o lo leyó. Pero al final considero más honesto hablar en primera persona antes que adoptar una solemnidad periodística que no daría cuenta ni en un milímetro de la tristeza de perder a alguien a quien se le quiso mucho.

    Los poetas son seres particulares. Tienen una fuerza enorme a la vez que una delicadeza que alarma, como una catedral que de pronto tirita con un soplido en el borde. Los poetas no participan de las grandes conversaciones del arte institucional, ni aún pueden decir con orgullo o resignación que son leídos o no los lee nadie, porque eso en realidad no les importa. Y Enrique Bacci fue un poco de esa clase de poetas que urden un lenguaje tan sereno y tan secreto que terminan siendo como un monumento puesto en mitad de un camino de tierra que no conduce a ninguna parte, pero que es vital y hermoso al transitarlo.

    Nos quedarán los libros de Enrique. Nos quedará la conversación pendiente, la botella de vino chileno que le prometí y la duda de lo que hubiera sentido al ver a su selección perdiendo anoche con dos jugadores menos (quiero pensar que se hubiera reído tanto). Yo al menos lo recordaré escuchando un disco de Gustavo Pena (El Príncipe) y atesorando -todavía más- esos libros maravillosos que me dejó firmados con tanto cariño una noche del 2011.

    Cuando se encuentren con un libro de Bacci súbanse sin temor a sus poemas, porque ese tren, que viaja cariñoso y firme por las venas de la poesía latinoamericana, es una experiencia que los conducirá en muy buena compañía.

    Hasta la poesía siempre, hermano.

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    foto de Jorge Ernesto Olivera

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