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    El calentamiento global es un tema urgente que requiere soluciones a corto plazo. La emisión de gases de efecto invernadero (principalmente, CO2) genera el aumento de la temperatura del planeta y el debilitamiento de la capa de ozono.

    La consecuencia se relaciona con el aumento del nivel de los mares y su acidez (efectos sobre los corales y migración de peces), el derretimiento de glaciares, deforestación y desertificación (en el caso de Chile). Las lluvias tienden a disminuir y se generan efectos sobre la agricultura local. En fin, un conjunto de cambios geo-ambientales que impactan de manera decisiva en la actividad económica del mundo en general y de Chile en particular. Por ello, hay una fuerte demanda por generar soluciones globales y locales que pongan freno a este hecho.

    El calentamiento global es un problema político y económico de consecuencias insospechadas. Hay que generar políticas globales y locales que frenen su avance. Reducir emisiones, disminuir la cantidad de CO2 en la atmósfera, aumentar el número de árboles (sobre todo, en Chile), frenar la deforestación y cambiar la matriz energética son algunas de las respuestas que hay que dar para mitigar el calentamiento global y sus consecuencias.

    Es una problemática de interés político-público que ocupa un importante lugar en la agenda global y local. Ha sido un proceso largo que comienza a principios de los noventa cuando en Brasil se celebrara la cumbre de la tierra; que sentó las bases de las actuales Conferencia de las partes que se conocen como las COP que se realizan una vez al año. Desde esta institucionalidad se buscan acuerdos. Ha sido un avance lento.

    El calentamiento global se vincula con otras dos problemáticas de gran impacto social, económico y político. Ellos son la crisis alimentaria (aumento precios, reducción de la plantación de cereales, demanda creciente por alimentos) y la crisis del agua. Si a esto le agregamos la depredación de los recursos naturales, la rápida pérdida de la biodiversidad del planeta, las toneladas de basuras y desechos que se producen cada segundo en el planeta, el aumento demográfico y  la presión energética nos encontramos con una problemática medio ambiental a nivel local y global de proporciones. Un problema político y público que debe articular intereses políticos y económicos que tienen relación directa con el estilo de vida y desarrollo que impera hoy en el planeta.

    El capitalismo neoliberal que mercantiliza todos los aspectos de la vida social. Es la sociedad de consumo que se instala en el seno de estas sociedades. El crecimiento desenfrenado y la ideología de la expansión económica constante de tipo tecno-industrial generan las condiciones económicas y políticas para el calentamiento global.

    Desde la revolución industrial la cantidad de co2 medido en ppm pasó de los 280 a los 389,1 en marzo del 2010 equivalente a las 9 billones de toneladas de en la atmósfera. Son niveles altos y críticos. En dos años (entre febrero del 2007 y marzo del 2010) aumentó en 4.2 puntos las emisiones. En 20 años podemos llegar a la cota de los 450 ppm.

    La comunidad internacional en el marco de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático tiene conciencia de que hay que tomar decisiones urgentes y vinculantes que pongan freno a las emisiones que generan el calentamiento global. El avance en Copenhague es mínimo y muy cuestionado en relación a) al modo cómo se generó el acuerdo entre un grupo de países, b) a su carácter no vinculante que no obliga a nadie a nada y c) a los pocos avances logrados en reducción, financiamiento y seguimiento de metas.

    Sólo se solicita e insta a los países a mandar metas de reducción de emisiones hasta fines de Enero del 2010, un mes y medio después de terminada la cumbre de Copenhague. Hacia fines de marzo ya son 100 los países que lo han hecho. Se trata, de igual modo, de un avance.

    Lo relevante, a mi entender, es tomar decisiones vinculantes hacia el 2012 cuando se logre un acuerdo que profundice y prolongue el acuerdo de Kioto, como un Kioto II. No obstante, dos años es un plazo largo para responder y dar solución al cambio climático. Hay que avanzar más rápido.

    Lo que hay que tener claro es que las soluciones pasan por grandes transformaciones y cambios. Por ello, es tan complejo consensuar posiciones para un acuerdo global. Estados Unidos no puede frenar su expansión, China ni Brasil están dispuestos a dejar de crecer y modernizarse. India tampoco quiere perder posiciones.

    Es más, a nivel ideológico en el seno de la convención del cambio climático se da una lucha entre Estados Unidos y su modelo y el grupo liderado por Venezuela que se articula en torno al Alba (Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Cuba). He planteado en otra oportunidad que centrar el debate en este punto lo único que hará es dificultar las negociaciones. No obstante, desde el punto de vista estratégico con esta posición se logrará no sólo más plata para los países pobres y vulnerables, sino también reducciones agresivas en las emisiones de tipo vinculante y evaluable.

    La cumbre alternativa para el cambio climático convocada por Evo Morales para el próximo abril podrá generar un acuerdo común que pueda generar un grupo bien articulado de intereses sobre la base de un acuerdo fundacional en el sentido de que el capitalismo es el causante del calentamiento global. Y desde esa posición, lograr objetivos políticos que contribuyan no sólo a reducir el calentamiento global, sino también frenar la expansión neoliberal del planeta.

    Hay tres cosas que me parecen relevantes. Primero, la relación que hay entre sociedad capitalista de consumo y calentamiento global; en segundo lugar, que es la sociedad civil la que tiene que presionar por cambios; y en tercer lugar la relación entre el hombre moderno y la naturaleza.

    En relación al primer punto nos enfrentamos al dilema del crecimiento económico y la imposibilidad política, económica e ideológica que tienen los países desarrollados de ponerle freno. No pueden parar sus ritmos de expansión a costa de dejar de emitir y de calentar artificialmente el planeta. Los ciudadanos y consumidores de esos países (en su mayoría) tampoco quieren ver disminuir su calidad de vida a costa de peligros “poco identificables” de mediano y largo plazo.

    Menos aún, de dejar pasar el goce que provoca a los sentidos el hedonismo de corto plazo que domina esas sociedades. Hay, por tanto, que seguir produciendo y consumiendo. Parar la producción es frenar el crecimiento y el desarrollo. No se puede dejar de producir alimentos, ropa y objetos de consumo de todo tipo. ¿Quién está dispuesto a dejar de emitir gases de efecto invernadero a costa de ver cómo las crisis política y económica se apodera de sus núcleos urbanos y sociales?

    Vinculado a este punto encontramos a una sociedad civil inmovilizada en torno a este tema ambiental. El problema, es que las masas quieren y desean consumir. En efecto, la presión social es muy débil para apurar medidas que detengan el calentamiento global, y fomenten el reciclaje y la reconversión energética. No me refiero a los grupos ecologistas y verdes que protestan a las afueras de las reuniones internacionales o bloquean balleneros.

    Quiero poner atención en los ciudadanos que no sólo pueden generar protestas y movilizaciones, sino también tener conductas y prácticas cotidianas orientadas al reciclaje, a la conciencia energética y a la movilización verde como la comida sana, el transporte público, el reciclaje y el boicot comercial a los productos que contaminen. La clave es la reconversión energética y el decrecimiento económico.

    Depende más de nosotros mismos que de las cumbres y reuniones internacionales; Estados o gobiernos. Se pueden hacer muchas cosas desde abajo; desde la sociedad civil y desde la ciudadanía.

    Sin embargo, existen amplios sectores y masas que quieren consumir. Les gusta. Más que mal, el consumo es una de las formas de la participación social. Quieren ir al mall, al fast food o al supermarket. Comprar y tener es la consigna. Por el lado de los consumidores hay voluntad y deseo de consumo; y por el lado de la empresa capitalista hay necesidad de vender y hacer circular la producción casi infinita de objetos.

    No hay acuerdos, pero seguimos comprando a los gringos sus modas, a los chinos su bazar económico y barato y a los japoneses sus autos y tecnología, etc. Seguimos demandando combustibles fósiles y moviéndonos en auto para todos lados pudiendo hacerlo en bicicleta o con energías limpias, ¿para qué ir en una 4×4 a la oficina o al supermercado…quién necesita un Jeep para moverse en la ciudad?  No obstante, no hay que olvidar que esas economías están trabajando para satisfacer la demanda que los propios consumidores hacen; que cada uno de nosotros hacemos. Y todo al menor precio posible.

    Para esto último, tenemos que avanzar hacia una nueva relación entre hombre y naturaleza. La racionalidad económica del capitalismo en general y neoliberal en particular crea una relación depredadora con el medio ambiente. Se requiere, por tanto, una relación de respeto con la naturaleza y su biodiversidad. La mercantilización del medio ambiente ha generado un saqueo del planeta y sus recursos. El mar,  los bosques, la contaminación de las aguas son algunos de los casos que grafican esta situación de dominio sobre lo que Evo Morales llama “Madre Tierra”.

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