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    La dictadura de Augusto Pinochet exhibe, como pocas, el despliegue de una violencia homicida cuyas secuelas no acabamos de asimilar. Sin embargo, más que frente a una perversión de la racionalidad estamos ante una “racionalidad de la perversión”. Esto significa que detrás de cada crimen hubo una fría decisión política justificada en nombre de la llamada “Doctrina de Seguridad Nacional”.

    El Golpe de septiembre de 1973 en Chile, fue la culminación de un plan de desestabilización concebido y financiado por la Inteligencia de Washington con años de anterioridad. En esta conspiración participaron políticos, dirigentes gremiales, medios de prensa y altos oficiales de nuestras Fuerzas Armadas. De tal manera que llegado el momento se aplicaron los más modernos procedimientos de represión, tortura y homicidio de que disponía Estados Unidos en su arsenal de Guerra Fría.

    En la actualidad se alega que muchos de los atroces homicidios y torturas cometidos durante la dictadura se debieron a “excesos” de los mandos medios, ocultando el hecho capital de que se trató de una política sistemática, planificada al detalle con mucha antelación y ejecutada calculadamente por los más altos mandos de las instituciones castrenses, con pleno conocimiento de la Junta Militar y generoso apoyo extranjero. Se trató, en rigor, de una política genocida, destinada a descabezar un movimiento popular. Esto es lo que se esconde detrás del eufemismo utilizado hasta hoy por los sediciosos de otrora: “Guerra Interna”.

    Podríamos resumir todo el acopio documental respecto al Golpe Militar en Chile como la instauración de una “racionalidad perversa”, al servicio de intereses foráneos y nacionales. Pensar las acciones represivas de la dictadura como una “racionalidad perversa”, permite explicar, por ejemplo, los asesinatos de la DINA, ordenados por el mismo Pinochet, contra el general Carlos Prats, el canciller Orlando Letelier y el ministro José Tohá: todos ellos vinculados, en algún momento, al Ministerio de Defensa Nacional.

    En la misma línea, cabe sospechar que fue esa misma perversa racionalidad la que dictaminó la muerte del general Alberto Bachelet entre muchos otros uniformados, e incluso, como se está demostrando por estos días, el asesinato del ex presidente Eduardo Frei Montalva.

    Augusto Pinochet Ugarte y sus colaboradores, utilizaron el “asesinato selectivo” para desactivar todo cuanto pusiera en riesgo el poder omnímodo que detentaban en su momento. Transformaron a las Fuerzas Armadas de Chile, para su vergüenza y deshonra, en un instrumento de represión masivo al servicio de intereses y potencias extranjeras, traicionando con ello el más elemental sentido de patriotismo.

    Muchos de los protagonistas de esta felonía, se pasean hoy, enriquecidos e impunes, amparados por una Constitución fabricada a la medida de su desvergüenza, ocupando incluso sillones en el Poder Legislativo. El Chile democrático del mañana no puede construirse sobre el revanchismo, pero en ningún caso sobre el olvido de su historia reciente. Es bueno y necesario que las nuevas generaciones de civiles y uniformados conozcan toda la triste verdad de lo sucedido.

    Álvaro Cuadra
    Docente e investigador de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP.
    Arena Pública, plataforma de opinión de Universidad ARCIS
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