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    La derecha chilena se ha caracterizado desde siempre por carecer de una iconografía potente y un diseño cultural atractivo y realmente inclusivo. Durante décadas construyeron una imagen patronal de la cultura, exposiciones de pintura realista, clubes de rodeo y un sentido del texto más ligado a ciertos historiadores que a los horizontes de un imaginario capaz de comprender el sincretismo, el mestizaje, la complejidad cultural. Se ostenta una suerte de humor fofo que recuerda al Patito Chiquito de los Huasos Quincheros, aunque cuesta olvidarlos mofándose el día de golpe de Hortensia Bussi o cantándole en algún programa de Raúl Matas a la gorilada del horror.

    Como si fuera poco, en otros tiempos hacían hogueras con libros. El escritor Heinrich Heine escribió en 1821 “Ahí donde se queman libros se acaba quemando también seres humanos” Desgraciadamente la
    sentencia resultó profética considerando la suerte corrida por Rodrigo Rojas y Carmen Gloria Quintana.

    La oligarquía para los intelectuales es como la meningitis, si no los mata, los deja idiotas. Quiero creer que todavía vivo en Chile, país de desastres. Me dirán que la cultura no es patrimonio de nadie y les encuentro razón, pero cada figura alberga una extraña sombra por recortar.

    Nombres como Pablo de Rokha, Roque Dalton, Pablo Neruda, Julio Cortázar, Louis Aragón, Enrique Lihn, Jorge Teillier, Gabriela Mistral, Víctor Jara, Gonzalo Millán, Leo Ferré, Diego Rivera, Frieda Khalo y un largo rosario no aparecen muy seguido en las oraciones de la derecha, aunque claro tampoco pueden desconocer el peso de una tradición innegable y vigente.

    Ojo, que ellos también tenían algunos intelectuales orgánicos: Paty Maldonado, Rodolfo Navech, Juan Carlos Duque, el Negro Piñera y otros chicos que a veces le cantaban “Sigo siendo el rey” al Capitán General.

    Pero como se venía el cambio a pasos agigantados había que embellecer el rostro cultural, darle algo de seriedad mercurial al asunto porque no vayan a creer los rotos que esto es chacota. De ahí la aparición de
    Mario Vargas Llosa, Jorge Edwards y Cristián Warnken. El primero me parece un narrador magistral, de los más grandes que haya producido el siglo XX; el segundo, lo he leído siempre con gran interés, aunque su anticastrismo en ocasiones se torna majadero y el tercero, bueno… lo suyo es hacer preguntas como: ¿en qué se parece una estrella a una ballena? ¿qué crees tú que sueñan los ángeles?.

    Cuando Frei citó a Kipling en el debate con golosa inexactitud enarqué la ceja. Luego don Tatán dijo que había libros buenos y libros malos, y que sólo a los primeros había bajarle los impuestos. –Recórcholis-
    musité desde el sillón. Triste conclusión: A la clase política no le interesa la cultura ni los agentes culturales ya que intuyen que hay ahí un poder escaso (pero pujante) que cuesta domesticar.

    Es cierto que la Concertación colocó recursos para la cultura, a veces fueron más bien cifras astronómicas y alabo que eso haya ocurrido. Pero ese esfuerzo rebotó en la absurda ideología del “proyectismo” y todo se volvió una gran productora de eventos, zancos, batucadas y mimos. Una política de impactos y no de procesos. La Presidenta despertaba a la muñeca gigante que vino de Francia en vacaciones y en Chilito quedábamos los enanos de siempre llenando formularios, sorteando los rigores del invierno. –Sí, amigo, porque la cultura también es emprendimiento- decían.

    Para las campañas aparecía de pronto un amable trovador, un actor de telenovela o algún poeta de vocación homérica que escribía una loa para cantar a un proyecto socialdemócrata en lo político y neoliberal
    en lo económico.

    Siento en ese último punto que a mi generación el gobierno del arcoiris nos privó de épica, nos convenció que la historia ya había pasado y que sólo los que la vivieron en los 60 y 70 podían darse el lujo de soñar que otro mundo es posible para luego abandonar la tentativa a cambio de un proyecto de realismo político. Nos abordaba una irrefrenable nostalgia de algo que no habíamos vivido. Por ejemplo, dudo que en Chile se reedite un proyecto tan hermoso como el de la editorial Quimantú.

    Entonces así decía la muchachada de la concerta apoltronados en su sillones de cuero en alguna oficina con vista al mar “no sea romántico mijito, necesitamos un tipo práctico”, “váyanse pa’ la casa la transición la hacemos los que tenemos experiencia en estas cuestiones”, “en educación tenemos que colocarle un buen ingeniero comercial que administre” “vivimos en un mundo globalizado, cabro” Y luego empezaron con esas palabritas tan inesperadas como vacías: proactividad, coaching, cambio de paradigma, resiliencia.

    Faltó la creación de una cultura auténticamente popular y con esto último me refiero a algo significativo: la cultura popular construyó la catedral de Notre Dame, los cuentos de las Mil y una Noches, los cantos goliardos.

    Ahora la derecha llegó al gobierno y fue sintomático ver al flamante empresario bailando en el escenario presentado por el Kike Morandé, en una postal con chicos caucásicos que parecían salidos del colegio de Harry Potter. Neruda solía decir que los ricos siempre fueron extranjeros y creo que no se equivocaba.

    En la galería también estaba la gallada, el roto chileno del cual alguna vez escribió el gran Joaquín Edwards Bello: “Si le tomamos a nuestro servicio tendremos un servidor capaz de todos los sacrificios, fiel hasta la muerte”.

    Pero el país es de todos y el nuevo gobierno tendrá que diseñar una estrategia cultural, aparentemente titubeante entre la “alta cultura” y la farándula, replantear el debate entre patrimonio cultural y economía de mercado, renunciar al pasado dictatorial de verdad y forjar una voluntad inclusiva ¿la tendrán?. Las páginas hablan de un amor no correspondido. La suerte está echada, hagan sus apuestas.

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