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    Es notable el parecido físico entre Andrés Vergara y Hans Pozo, su trágicamente célebre hermano por vía materna. Aunque ahora trabaja en La Unión, la distancia no le permite a Andrés alejar el dolor que siente. Según nos señala, aún se ilusiona con la posibilidad de ver aparecer a Hans o de recibir una llamada que le diga: “tranquilo, Hans está bien; se había escondido, el cadáver no era el de él, nos equivocamos”.


    Hans Pozo Andrés guarda esa secreta e imposible esperanza porque no pudo ver el cuerpo de su hermano el día del funeral, ya que éste se encontraba en un féretro sellado desde el Servicio Médico Legal. Tampoco pudo abrirlo, “porque me dijeron que su cara estaba desfigurada y que sería muy impactante verlo”, nos dice.

    UNA HISTORIA MACABRA

    La crónica de este crimen empieza el 27 de marzo. Ese día comienzan a encontrarse una serie de restos humanos esparcidos por Santiago, durante poco más de una semana.

    Las múltiples hipótesis, sumadas al gran despliegue mediático que acompaña al caso, mantienen a la opinión pública atenta a los detalles de este macabro acertijo policial.

    Los 10 trozos del descuartizado se encuentran dispersos entre las comunas de Puente Alto y San Bernardo, parecen estar lavados y muestran indicios de haber sido refrigerados. Las yemas de los dedos y los tatuajes han sido cuidadosamente cercenados para impedir su identificación.

    Con los datos del Laboratorio de Criminalística de Investigaciones y la información de los archivos carcelarios, el 6 de abril Gendarmería determina que los restos corresponden a Hans Hernán Pozo Vergara, “El Rucio”, un joven de 20 años que había estado anteriormente encarcelado. Su muerte habría sido causada por dos tiros en la nuca.

    Surgen los primeros datos que apuntan a un sospechoso concreto: Jorge Martínez, comerciante de helados, que además era jefe de inspectores de la Municipalidad de La Pintana. Los vecinos comentan que requería a Pozo sus servicios sexuales.

    Pero cuando Carabineros intentaba interrogarlo por el crimen, el sábado 8 de abril, Martínez se quita la vida dándose un tiro en el cráneo. El fiscal jefe de Puente Alto, Pablo Sabaj, a cargo de la investigación, confirma que el heladero llevaba una doble vida, relacionándose con jóvenes que ejercían el comercio sexual, entre ellos “El Rucio”.

    INFANCIA DESPLAZADA

    Andrés es un año mayor que su hermano asesinado. Es delgado y tiene rasgos muy similares a los de Hans.

    Hace poco más de un año que llegó a vivir a La Unión, a casa de una tía, buscando una oportunidad para dejar atrás las drogas. Y lo ha logrado: trabaja hace 6 meses en la cocina de un reconocido restaurante y está terminando su educación media. Antes ayudó en un taller de estructuras metálicas, en la construcción del galpón de una frutería y en un supermercado.

    La historia de la infancia y adolescencia de estos dos hermanos, transcurre -como es habitual en las familias que no tienen las mismas oportunidades en este sistema- en medio de carencias afectivas y económicas.

    Su verdadera madre, la biológica, los dejó casi al momento de nacer. Se llamaba Carmen. Hans no quería buscarla “porque le tenía un odio tremendo”, nos cuenta Vergara. Aunque vivían en distintas comunas, “siempre la veíamos cuando éramos chicos, después ya no”. De su padre nunca tuvieron noticia alguna: “No lo conocimos, no apareció nunca. Nadie sabe dónde está”. Hans fue criado por el hermano de la madre adoptiva de Andrés.

    Cuando le consultamos por su relación con Jorge Martínez, el principal sospechoso del asesinato y de quien se dijo que era el padre de Hans, Andrés nos revela que “él alguna vez tuvo una aventura con la Carmen, mi mamá biológica. Pero él no era nuestro padre, ni mío, ni del Hans. Las pruebas de ADN lo demostraron”.

    ANDRÉS Y EL CASO DEL DESCUARTIZADO

    Poco antes de llegar a La Unión, la relación de Andrés con su familia en Santiago era muy mala. Su madre adoptiva lo echó de la casa y -buscando dar un viraje a su vida- decidió venirse a casa de su tía.
    Y fue acá cuando supo la terrible noticia: el descuartizado de Puente Alto era Hans Pozo Vergara, su hermano. Primero, Andrés no quiso creerlo, “entonces vi la foto en la tele y me fui, con la mente en blanco, como un zombi. Estuve toda la noche despierto, llorando, fumando pucho tras pucho.”

    Andrés culpa a la droga -de manera indirecta- por la muerte de su hermano. Pero también sospecha que Hans vio algo que no debía: “él construyó su propia tumba con el camino que siguió, pero hay gente que sabe lo que pasó y están tapando algo”.

    Ante las afirmaciones de la prensa que señalan que Hans Pozo ejercía el comercio sexual y que era homosexual, Andrés es enfático: “puedo meter mis manos al fuego por él. Quizás por plata pudo ser, pero no creo que el Hans haya sido maricón”.

    FRATERNIDAD EN EL DOLOR

    Los hermanos se juntaban siempre, desde que eran muy pequeños, aunque Andrés vivía en La Pintana y Hans, en San Bernardo: “Cuando yo iba de visita, nos íbamos a jugar a la calle, como dos cabros chicos típicos. Andábamos perdidos tardes enteras, hasta que nos llamaba el hambre y llegábamos a tomar once”.

    Pero con el paso de los años, su relación se tornó más oscura. Vergara no puede evitar emocionarse cuando recuerda: “teníamos 13 años y nos juntábamos a puro drogarnos o a hacer las ‘movidas’ juntos. Muchas veces salíamos a robar o asaltábamos gente. Lo único que me pasaba por la mente era llegar al lugar y llevarme la plata pa’ la droga”.

    Consumían pastillas, cocaína y pasta base. Pero Andrés sabía que este camino no era el correcto: “Estuve internado en un hogar y creí haberme recuperado. Pero Hans seguía como siempre. Yo volví a mi casa y un día llegó, tras 5 meses sin verlo. Y me preguntó ‘¿adónde venden pasta?’. No quise decirle y empecé a contarle que se podía estar sin droga, pero me pegó y nos fuimos a pelear al patio. Ahí nos pilló mi mamá y se enojó, echándome a mí la culpa. Hans se hizo el leso, era inteligente para dejar mal a una persona. Yo me fui súper enojado, recaí en la droga, toqué fondo y me vine al sur”.

    INTEGRACIÓN Y OPORTUNIDADES

    En La Unión, Andrés siempre pensaba en que quería recuperarse totalmente de su adicción, para ir a buscar al Hans a fin de año, a quien sólo alcanzó a ver una vez más después de la pelea. Tras lo sucedido con su hermano, más que nunca tiene claro que no quiere más droga en su vida y que quiere seguir estudiando y trabajando duro. Pero sabe que esta integración no fue gratuita, que requirió de factores como la confianza de la gente que le empleó y también la suya propia.

    Este es el momento en que los caminos de Hans y de él se separaron en dos vías opuestas. Como muchos otros jóvenes, Hans Pozo no pudo integrarse a una sociedad que no le quería, para la que él era un paria, un delincuente y un drogadicto.

    Andrés continúa trabajando, sintiéndose afortunado de la oportunidad que ha tenido en esta sureña ciudad. Y de vez en cuando recuerda a su hermano, con quien le quedó pendiente sólo una cosa: “Nunca le dije te quiero, no sé si era porque nos veíamos poco, pero nunca se lo dije. Y siempre lo quise”.

    Jorge Quagliaroli

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