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    La hija del ex policía argentino Miguel Etchecolatz, condenado por delitos de lesa humanidad cometidos en la dictadura de ese país y que recientemente fue beneficiado con el traspaso de la cárcel a la “prisión domiciliaria”, relató el horror que vivió en su casa de pequeña junto al que calificó como “uno de los genocidas más grandes de la historia”.

    “Rezábamos para que mi papá se muriera”, es el título de la carta que Mariana Dopazo publicó en la revista La Garganta Poderosa, en respuesta a la decisión del tribunal que le otorgó la prisión domiciliaria a su progenitor, que en seis juicios, ha sido condenado cuatro veces a prisión perpetua, manteniendo además varios procesos abiertos por crímenes cometidos entre 1976 y 1983.

     

    “Justo y reparador sería que Miguel Osvaldo Etchecolatz estuviera para siempre en una cárcel común, hasta el final de sus días, porque nadie puede venderme el discurso del viejito enfermo que merece ir a su casa”, sostuvo en la carta, donde también relató que su madre, esposa de Etchecolatz, le decía que era imposible que le dieran la prisión domiciliaria hasta que las llamaron y “todo se convirtió en silencio”.

    Etchecolatz estuvo a cargo de la Dirección General de Investigaciones de la Policía de la provincia de Buenos Aires entre 1976 y 1978, un tiempo en el que, años más tarde y durante un juicio oral, el ex comisario admitió haber asesinado a perseguidos políticos, aunque dijo no recordar “a cuántos”.

    En ese sentido, Dopazo, actualmente de 47 años, contó que en un momento rechazó su propio apellido, “teñido de sangre”, por lo que en 2016 la Justicia habilitó su cambio de identidad, a su nombre actual.

    “Mi recuerdo más crudo de la infancia da cuenta del sufrimiento permanente: cada vez que él volvía de la Jefatura de Policía de La Plata, nos encerrábamos a rezar en el armario con mi hermano Juan, para pedir que se muriera en el viaje”, narró la mujer, quien reconoció haber crecido entre situaciones traumáticas, porque “vivir con Etchecolatz significaba no tener paz, hacer lo que decía y acostumbrarse al miedo de abrir la boca” por temor a una respuesta terrible.

    La hija del represor describió a su padre como un hombre narcisista, que la golpeaba de chiquita y le decía “mira lo que me hiciste hacerte”, y que nunca le gustó dar explicaciones a nadie. De hecho, en la carta habló de un doble silencio de Etchecolatz, ya que nunca dio detalles de sus crímenes ante la Justicia, pero tampoco deslizó ningún dato con sus familiares.

    De esta manera, la hija de uno de los máximos represores que tuvo el régimen de facto sintetizó sus sentimientos al enterarse de la prisión domiciliaria de una persona a la que caracteriza como “una bestia”.

    “A mis 47 años, jamás creí que sufriríamos tal retroceso en Derechos Humanos, pero la fortaleza popular es enorme y debe seguir creciendo hasta meter a cada una de las bestias tras las rejas”, finalizó Dopazo.

    Agencias

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