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  • Si algo quedó sembrado en el inconsciente colectivo universal, aparte del valor de la obra literaria de Gabriel Garcia Márquez,  fue su cercanía al pensamiento progresista, además del sensible coqueteo con la izquierda. De hecho, algunos escritores calificaron como “los demonios de García Márquez” a su eterna preocupación ante la política exterior de los Estados Unidos.

    “El Gabo” fue señalado por “sirios y troyanos” por sus elocuentes intervenciones y apariciones al lado de los grandes personajes de la izquierda latinoamericana y caribeña, aunque en vida se retrató tanto al lado de Fidel Castro como de  Bill Clinton. Aún así, a lo largo de su vida, hizo aportes a campañas solidarias  al servicio de varias causas y de los más desposeídos.

    Informes desclasificados ha venido revelando que la CIA vigilaba de cerca los pasos de Gabo. No fue gratuito cuando Gabriel García Márquez, en una conferencia de prensa tras haber ganado el Nobel de Literatura, se enfundó en su rol de periodista y les preguntó a los reporteros en México si alguno era de la CIA.

    Aunque “Gabo” nunca militó en partido político alguno, la política le acompañó toda su vida. Preocupado por la violencia en su país, se comprometió con el papel de mediador entre el gobierno y la guerrilla. Pero también hizo causa común junto a otros escritores de América Latina apoyando la independencia de Puerto Rico o criticando el visado como requisito.

    Quien fuera fundador de la Revista Alternativa y del Comité de Solidaridad con los Presos Políticos, tuvo que exiliarse en varias ocasiones ante las persecuciones del gobierno de Turbay Ayala y luego por la inseguridad y la violencia en Colombia, cuando sentía que podía ser secuestrado.

    Este 17 de abril se cumplen cuatro años de la desaparición física del escritor y periodista colombiano, un gran exponente del realismo mágico a través del cual su mirada al mundo no fue desde la estricta visión de izquierda ortodoxa apegada a lo teórico y dialéctico. Su conciencia e interés en la política le ocupó el tiempo necesario para producir escritos, reflexiones y análisis sobre el tema.

    García Márquez siempre optó sin titubeos por la defensa de los procesos revolucionarios más importantes del continente, especialmente el cubano, mientras otros escritores de su generación como Julio Cortázar, Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, Marguerite Duras, Jaime Gil de Biedma, Alberto Moravia, Pier Paolo Passolini, Alain Resnais, Juan Rulfo,  Mario Vargas Llosa y Octavio Paz, entre otros, se declaraban  contrarios.

    En 1947 siendo estudiante de la Facultad de Derecho de la Universidad de Bogotá entabló amistad con Camilo Torres, quien más adelante sería líder del Ejército de Liberación Nacional, ELN.

    En 1954, siendo ya un reconocido periodista, crítico y director de cine, cuestionó la matanza de estudiantes en el centro de Bogotá. En 1955 fue enviado a Ginebra como corresponsal del Diario El Espectador ante lo incómodo de sus publicaciones. Dos años más tarde escribiría 90 Días en la Cortina de Hierro, artículos que logró escribir relacionándolos con Checoslovaquia, Alemania y la Unión Soviética.

    En 1958 abandonó sus publicaciones en la revista venezolana Momentos a raíz de las publicaciones donde se reseñó la visita del vicepresidente norteamericano Richard Nixon.

    Tras el triunfo de la revolución cubana, en 1959, es invitado por Fidel Castro a Cuba y asiste al juicio político contra Sosa Blanco, colaborador de Fulgencio Batista. Regresó a Bogotá como corresponsal de Prensa Latina, agencia a la que tuvo que renunciar por presiones de EEUU. Ese mismo año, su primer hijo Rodrigo, es bautizado por el líder guerrillero Camilo Torres.

    En 1972 donó el premio Rómulo Gallegos al Movimiento Al Socialismo (MAS) en Venezuela y al Comité de Solidaridad con los Presos Políticos en ese país.

    En ocasión de la muerte de Allende en 1973, publica la obra Chile,  el golpe y los Gringos. La prensa colombiana publicó entonces una cita refiriéndose a la intención de Gabo de retirarse de la narrativa literaria mientras se mantuviera la dictadura de Pinochet, por lo que se dedicaría de lleno al periodismo.

    También se erigió como defensor de la causa sandinista en Nicaragua junto a su amigo, el también escritor, Julio Cortázar.

    En marzo de 1981 se le acusó en Colombia de estar vinculado al grupo guerrillero M-19, y tras la persecución de los militares pidió asilo político en México. Al año siguiente y ya premiado con el Nobel de Literatura, “Gabo” se ofreció como mediador en conflictos políticos en América Latina. Estando en Managua publicó Viva Sandino.

    García Márquez también viajó a Moscú para entrevistarse con Mijail Gorbachov e inició su apoyo económico a la Fundación para el Nuevo Cine Latinoamericano en La Habana.

    Su vida, en sí, siempre estuvo ligada entonces a pensamientos de izquierda y, por ello, sus lazos de fraternidad con gobiernos revolucionarios.

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