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    En 1858, el naturalista británico Alfred Russel Wallace descubrió “un gran insecto negro parecido a una avispa, con mandíbulas inmensas como las de un escarabajo ciervo“, el cual fue visto por última vez en 1981 y luego dado por perdido.

    Este año, un grupo de científicos avistó viva una hembra con estas características en el interior de un nido de termitas en un árbol, a más de dos metros del suelo, en las Molucas del Norte, una isla poco explorada de Indonesia.

    El fotógrafo Clay Bol es el afortunado en dar con esta avispa gigante, de quien muestra imágenes asombrosas.

    Él la describe como “un bulldog volador”, por sus impresionantes dimensiones en comparación con las de su especie. “Tiene una envergadura estimada de 6 centímetros y su nombre científico es Megachile Plutón”, detalla BBC.

    Tras su hallazgo, es reconocida como “la abeja más grande del mundo”, y es del tamaño del pulgar de una persona adulta. Es hembra.

    Bautizada en colectivo

    Los exploradores la bautizaron Wallace, o Goliat, en homenaje al naturalista británico que la describió en 1858.

    “Ver realmente cuán hermosa y grande es, escuchar el sonido de sus gigantescas alas mientras volaba por mi cabeza, fue simplemente increíble”, expresó Bolt.

    Encontrar esta particular abeja gigante que se daba por extinta despierta esperanzas en estudiosos de la materia.

    Eli Wyman, experto en abejas de la Universidad de Princeton, Estados Unidos, espera que el redescubrimiento impulse futuras investigaciones para comprender estas abejas y protegerlas de la extinción.

    Robin Moore, del grupo ambientalista Global Wildlife Conservation que apoyó la búsqueda de la abeja, también se ha mostrado optimista: “Al convertir esta abeja en una insignia de la conservación, confiamos en que la especie tenga un futuro más brillante que si dejáramos que se recolectara de manera silenciosa”.

    “Efecto Cocktail”

    Por años, los científicos han tratado de recabar datos y determinar las causas de la desaparición o extinción de algunas avispas.

    En sus pesquisas, debaten sobre el uso de insecticidas, productos químicos, el hongo Nosema Ceranae, parásitos como el Varroa, la contaminación del aire, el cambio climático, especies invasoras o campos electromagnéticos.

    En el desarrollo de las investigaciones, las abejas siguen desapareciendo alrededor del mundo desde hace décadas y, en los últimos años, el ritmo se ha acelerado, alertan especialistas.

    A mediados del siglo pasado, Albert Einstein dijo: “Cuando se muera la última abeja, cuatro años después, desaparecerá la especie humana”, cita el portal Ecoosfera.

    En 2006 saltó la alarma de que colonias enteras de abejas de la miel se desvanecen sin dejar rastro. Dave Hackenberg, apicultor por excelencia, perdió gran parte de sus crías y advertía de la situación: “el abandono de una colmena resulta un comportamiento inconcebible: un suicidio colectivo”.

    Un año más tarde, “los investigadores descubrieron que una cuarta parte de los apicultores estadounidenses habían sufrido pérdidas catastróficas. Pero el desastre se propagó a otros países: Brasil, Canadá, Australia, y también en Europa, en Francia y España”.

    A protegerlas

    Existen alrededor de 20.000 especies de abejas. Además de miel, ellas fertilizan muchos de los alimentos que consumimos.

    Un trabajo de investigación de El País explica que en un panal medio puede haber unas 60.000 abejas, de las que 40.000 salen en busca de alimento. Cada obrera realiza hasta 30 salidas diarias, y en cada viaje puede llegar a polinizar un total de 50 flores.

    En una sola jornada de trabajo, una colmena puede lograr la fertilización de millones de flores.

    Los cálculos de la Asociación de Apicultores Gallegos (AGA) sugieren que una sola colmena es capaz de encargarse de fertilizar las flores en una zona de 700 hectáreas; es decir, la superficie equivalente a unos 350 campos de fútbol.

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